Algunos bocetos para el centro de Valladolid, junto al ferrocarril

Umberto Saba escribió: “Volverán a este barrio, o a otro como éste, los días en flor”. No hablaba de Valladolid, sino de Trieste. Pero ¿por qué no ha de servir ese deseo también para esta ciudad? ¿Por qué no pensar en un espacio más atractivo, más amable -en nuestra opinión, por supuesto-, un espacio más vivo en el centro de Valladolid, junto a las vías? ¿Por qué conformarnos con la propuesta del equipo de Rogers, que no convence a nadie? Aprovechémosla, recojamos su trama, los parques lineales y la espina verde; y algunos elementos estructurantes, pero modifiquemos otras de las propuestas planteadas. Cambiemos, sobre todo, ese tono tan poco cálido de que está impregnada y démosla, si nos es posible, más vida, más calor, más cercanía. Parafraseando a Luis García Montero, ¿quién quiere un espacio de traje y corbata si se puede tener un paisaje urbano de vaqueros? ¿Qué impide plantear la construcción de una pradera alta, limpia y verde como el de la fotografía, sobre las cubiertas planas de los edificios de los nuevos barrios, conectadas por puentes y pasarelas, para andar y estar allí algo más cerca de las estrellas? ¿Qué lo impide?
Urbanismo depredador en la novela de Abderrahmán Munif

El libro de Munik Ciudades de sal (Barcelona, Belacqua, 2006), se sitúa en una serie de poblados beduinos de un imaginario país, entre los años 1933 y 1953, y alude a varios temas urbanísticos básicos: cómo los grandes promotores aplastan a los pequeños propietarios, cómo se transforman radicalmente los mejores paisajes en beneficio de las grandes explotaciones, cómo se crean nuevas ciudades de la noche a la mañana, y cómo en ellas, aún en nuestro siglo, se sigue discriminando sin vergüenza a la población por su origen y nivel de ingresos. Las ciudades que aparecen (en especial Harrán) son los verdaderos protagonistas colectivos de la historia. Pero nos interesa seguir los pasos de algunos personajes muy concretos (Wadha, Jazna), y ver cómo esas mismas transformaciones urbanas sumergen implacable y despiadadamente sus vidas en la tristeza.
Un viejo texto de Barthes sobre la Torre Eiffel, en el debate en torno a los símbolos urbanos
No hay símbolo urbano como la Torre Eiffel. Es el más claro, el más radiante, el más fantástico. Pero ¿cuál es su mayor valor?, ¿cuál su potencial?, ¿qué nos dice?, ¿qué nos quiere decir? Habrá que reclamar la ayuda de Roland Barthes, con un librito antiguo, su enormemente atractivo ensayo sobre La Torre Eiffel (Barcelona, Paidós, 2001. El texto original del mismo título se publicó en París en 1964). Recordémoslo.
El miedo en la selva de Amos Tutuola

El fascinante relato (y de alguna manera divertido) titulado Mi vida en la Maleza de los Fantasmas, del nigeriano Amos Tutuola (Madrid, Siruela, 2008; original de 1954), puede ayudar a hacernos una idea del encaje de la ciudad occidental en la mentalidad africana, donde el miedo está presente como insomne y diaria pesadilla. Un miedo que tiene su lugar propio, su casa, en la impenetrable espesura de la selva.
Críticas a la ley del suelo de 2006 desde la perspectiva de los derechos

Se cumple ahora un año desde la entrada en vigor de la nueva ley de suelo, elaborada por el gobierno socialista (Ley 8/2007, de 28 de mayo). Qué desperdicio. Qué ocasión perdida. Qué pesadez con vincular derechos y deberes.
Vistas largas desde lugares públicos

Los miradores sobre las lejanías, sean campo o ciudad, son amabilidades que ofrece el espacio público. Christopher Alexander, en ese magnífico libro sobre Un lenguaje de patrones (coautores: S. Ishikawa y M. Silverstein; ed. esp. en Barcelona, G. Gili, 1980), establece un patrón de ciudades que llama “lugares elevados”. Lo argumenta así: “El instinto de trepar a algún lugar alto desde el que mirar hacia abajo para inspeccionar nuestro mundo parece un rasgo fundamental de la naturaleza humana”. Y si esto es cierto, deberíamos construir “por toda la ciudad lugares altos que actúen como hitos. Puede ser un elemento natural de la topografía, torres o partes de las cubiertas de los edificios más elevados. Pero en cualquier caso debe llevar aparejada la posibilidad de trepar físicamente hasta ellos”. Por supuesto, nada que objetar. No lo ilustra con las vistas que pueda haber desde el despacho de un magnate, que tanto gustan ofrecer algunas películas, sino con una imagen de Cartier-Bresson de un mirador topográfico, de los muchos que fotografió. En él, un grupo de escolares y una pareja de novios.
De cómo la ciudad se dibuja en los textos de Alejo Carpentier

El título del libro habla por sí solo: El amor a la ciudad (Madrid, Alfaguara, 1996). En realidad es el título de un artículo que publicó Carpentier en el periódico habanero Tiempo el 10 de diciembre de 1940, y que se recoge íntegro en el libro que comentamos. Porque se trata de una compilación de artículos, conferencias, pequeños ensayos y crónicas que fue escribiendo nuestro autor entre 1925 (con 21 años, cuando estudiaba arquitectura en La Habana, o acababa de dejarlo por el periodismo) y 1973 (con 69 años, ocupando un cargo diplomático en la embajada de Cuba en París). Pero no sólo el título es atractivo y valioso. En sus páginas van apareciendo, entre muchas más cosas, algunas imágenes de ese "amor de mis amores" habanero, profundamente vívidas y expresivas. Porque La Habana es la ciudad andada y desandada intermitentemente a lo largo de toda una vida, que la literatura colorista de Carpentier nos entrega afectuosamente en este libro.
Un toque de existencialismo en la vibrante vida cultural de la ciudad

El 5 de enero de 1953 se estrena en el pequeño Théatre de Babylone de París la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot. Dividida en dos actos, nos muestra a un par de vagabundos (Vladimir y Estragón) que esperan en vano, bajo un árbol junto a un camino, a un tal Godot. Nunca se llega a saber quién es Godot ni qué asunto han de tratar con él (Godot sí que es un gran MacGuffin), pero un muchacho les asegura que vendrá... mañana. Ya está. Realmente en la obra no pasa nada, y de ahí que el crítico Vivian Mercier resumiese de esta forma sumaria sus dos actos: "nada ocurre, dos veces". Fue considerada una obra propia del existencialismo, esa “etiqueta filosófica periodísticamente vulgarizada, que sirvió para designar toda una leyenda parisiense de bohemia y rebeldía moral” (José Mª Valverde), que hablaba del absurdo, la búsqueda imposible, la angustia, la carencia de sentido trascendente de la vida humana y cosas parecidas. Poco después, una de las musas del existencialismo, Edith Piaf, en un paréntesis de su tormentosa vida (una auténtica montaña rusa), canta “La vie en rose” en el Olympia de París. El público, casi todo mujeres, parece literalmente encantado (ver la foto de arriba). Habían pasado sólo diez años desde el final de una guerra terrible, pero ya la vida, con sentido o sin sentido, parecía ser como siempre había sido, como siempre debería ser. Como siempre sería. Poco importa que desde entonces hayan transcurrido otros 55 años: nada pasará, cuantas veces haga falta.
Dos escritores en El País: Fernández Galiano el 5 de agosto y Zizek dos días después

Zizek recuerda los peligros de la poesía y la vinculación de “una (especie de) poesía” en la limpieza étnica de la antigua Yugoslavia, mientras Fernández Galiano minimiza la situación de los derechos humanos en China al aplaudir las nuevas grandes obras de arquitectura de ese país. Es curioso: el último cita a Zizek, en un artículo anterior; pero da la impresión de no haberle entendido.
Ry y la historia de Madame Bovary

Ana Frank veía un castaño desde su ventana, según contaba en su diario. Cuando, ya muy viejo y enfermo, y para evitar el peligro de su caída incontrolada, el Ayuntamiento de Amsterdam pretendió talarlo, se organizó una monumental campaña para conservarlo, haciendo todos los esfuerzos técnicos y económicos que fuesen necesarios. Y ganaron, tanto en la opinión pública como en los tribunales. No es algo aislado. Una ola sentimental, vinculada al movimiento turístico, recorre el mundo; y un aluvión de acontecimientos, historias, leyendas o novelas renacen entre las casas y las calles de nuestras ciudades. De los patitos de Boston a los mercados medievales de tantos lugares; de las imágenes de Gardel, Evita y Maradona en los balcones del Boca de Buenos Aires a las monumentales exposiciones sobre el desembarco en Normandía del Memorial de Caen. De la ruta del hereje de Valladolid a la identidad urbana vinculada a los muros de Lucca. Pocos lugares quedan, si es que alguno hay, al margen de esta avalancha de nuevos recuerdos. Comentaremos un caso más. Pero singular: porque casi no hay ciudad, y el acontecimiento es mayúsculo. Llena todo el espacio urbano y él solo reclama la visita. Se trata de una población encantadora, activa, viva, muy atractiva por sí sola. Pero Madame Bovary lo inunda y de algún modo arruina. El espacio pasa de ser ámbito residencial a sala temática de un gran museo o parque de atracciones. ¿Cuál es el límite?
A partir de un viejo artículo de Juan García Hortelano sobre los puentes

Un breve artículo (poco más de 1000 palabras), publicado en el verano de 1987 por Juan García Hortelano, nos permite ordenar las ideas sobre los puentes. Está recogido en la recopilación de Manuel de Lope titulada Crónicas correspondidas (Madrid, Santillana, 1997), donde figura como publicado en El País entre julio y agosto de 1987, pero no hemos conseguido encontrarlo en la hemeroteca de este periódico. En cualquier caso, poco importa de dónde procede el original, una vez a nuestro alcance. Leamos, pues, "El vuelo constante", y reordenemos su contenido: no por gusto (siempre es preferible, y mucho más en este caso, la lectura del texto original), sino para fijar ideas. Como los chicos con los apuntes.
Graves carencias de una ciudad sin futuro

Tombuctú. Después de tantos mitos, historias y leyendas, parece que finalmente se nos va. Se diluye en el desierto lentamente, y da la impresión de que lo hace sin remedio. A quienes amamos esta ciudad desde lejos nos gusta, en la distancia, visitarla, aunque sea a través de los relatos de otros. Hoy sugerimos leer el reciente (y muy interesante) libro de Marq de Villiers y Sheila Hirtle Tombuctú. Viaje a la ciudad del oro (Barcelona, Península, 2008). Hagamos un repaso de algunas informaciones.
Un cúmulo de monstruos, demonios, contrahechos, criminales, apestados, gafos, ojipelambrudos, rabudos, gryllas, cinocéfalos, sabandijas, cerdos, culos, pezuñas, zarpas, heno, escombros y apocalipsis diversos en la ciudad de hoy.

Los encontramos aquí y allá, sin orden ni concierto, en grotesco hacinamiento. "Asados de usureros en salsa de abogados" (esto es de Rabelais, y esto lo parece) junto a danzas macabras y bailes de esqueletos. Grupos de violentos jugadores de la vida al lado de saturninos artistas de la decrepitud. Feroces periodistas melancólicos haciendo aquelarre con grupos de políticos lujuriosos. Un hombre abrazado por un cerdo, y un cortejo de jinetes desnudos en torno a un grupo de mujeres tocadas con cuervos y pavos reales (¿quién no lo ha visto alguna vez?). Los cuadros más conocidos de El Bosco representan la eterna lucha entre el Bien y el Mal; un combate que actualmente tenemos de nuevo bien delimitado. Y surcamos la historia, hoy como entonces, en una tronchante “nave de los locos” que nos conduce a quién sabe dónde. Porque, tal como sucedía en aquellos tiempos, se ha perdido todo referente y estamos sumidos en un relativismo demoníaco (como dice el Papa) y una neutralidad moral irresponsable (como prefiere denominarlo David Cameron). Ya no reina la cabeza, sino el vientre. ¿O no es así?
Fuentes de beber por toda la ciudad

No hablamos de fuentes ornamentales, sino de beber. Es verdad que el rumor del agua en la calle es, casi siempre, música celestial. Pero no querríamos que el tamaño de esa seducción nos hiciera olvidar algo elemental: la necesidad de caños para beber en la calle. ¿A qué puede responder que hayan ido desapareciendo las fuentes de beber del espacio urbano? ¿Ya no tenemos sed? ¿Basta con los bares? ¿Hay que entrar y consumir en un café para poder beber agua? Por lo que sabemos, únicamente Roma ha sabido mantener el tipo.

Los vagabundos ni se crean ni se destruyen: sólo cambian de lugar. Todo el mundo lo sabe. Cuando molestan en algún sitio, basta con hacerles la vida imposible, y se acaban mudando (de lugar). Dependiendo de la conducta del personal responsable, de su elegancia, de su seny, las fórmulas serán igualmente finas, distinguidas y delicadas.
El juego de una canción infantil

Entre las decenas de canciones que nos dejó escritas Vinícius de Moraes encontramos esta delicia: A casa. La letra original dice así: “Era uma casa muito engraçada / Não tinha teto, não tinha nada / Ninguém podia entrar nela, não / Porque na casa não tinha chão / Ninguém podia dormir na rede / Porque na casa não tinha parede / Ninguém podia fazer pipi / Porque penico não tinha ali / Mas era feita com muito esmero / na rua dos bobos numero zero”. Su traducción al castellano podría ser, más o menos, así: “Era una casa disparatada / No tenía techo, ni tenía nada. / Nadie podía pasar adentro / porque la casa no tenía suelo. / Ni se podía dormir en ella / porque tampoco tenía paredes. / Nadie podía hacer pipí / pues ni retrete tenían allí. / Estaba hecha con mucho esmero / en la calle de Los Bobos, número cero”. Una magnífica versión de lo que debe tener una vivienda... ¿boba?
Un sistema de gestión de los barrios comerciales que está a punto de llegar a España

En el último número de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global (nº 101, 2008) se publica un artículo de Helena Villarejo sumamente interesante (que reseñamos y resumimos a continuación con cierta extensión). Se titula “Espacios públicos gobernados privadamente”, y se refiere a los Business Improvement Districts, los BID que tanto se han difundido en los centros urbanos de numerosas ciudades y que amenazan con incorporarse rápidamente a nuestro paisaje urbano, quizá bajo la denominación de “Centros Comerciales Abiertos” (defendidos en el programa electoral del PSOE de 2008). Suponen de alguna manera la muerte de la calle.
Impresiones de una visita

Durante un mes, Miguel Gentil se dedicó a recorrer las calles de Beijing como un aficionado a la antropología urbana. Algunas de sus impresiones (incisivas, sutiles, incitantes), que iba enviando por e-mail a los amigos, se recogen (literalmente) a continuación, gracias a la cortesía y generosidad de su autor. Los textos se acompañaban de una serie de fotografías, como la del encabezamiento, “tomadas al vuelo, sin reducir el paso. Algunas están movidas, porque son imágenes que duraban menos de un instante en la vista. Tampoco nosotros pudimos enfocar, sólo buda no se desenfoca jamás”.
Sobre la forma de entender la participación en la Sociedad Valladolid Alta Velocidad

El pasado 17 de julio se programó en 20 minutos un "encuentro digital" con el Consejero Delegado de la Sociedad Valladolid Alta Velocidad, el señor Antonio Cabado. Es de agradecer la iniciativa del periódico, pero con la de cosas que tendrá que hacer el señor Cabado, y vistos los resultados, no se le debería haber molestado. Es más: para otra vez nos contestaremos nosotros solos, no se preocupe, señor Cabado.
La infancia de Amos Oz

El libro de Amos Oz titulado Una historia de amor y oscuridad (Siruela, 2004), de base autobiográfica, es un texto intensamente vivo: placentero y agradable, pero a la vez inquietante y duro. Como la vida misma. Grato y muy ameno, con un permanente sentido del humor y cariño hacia todos los personajes que nos los hace, con sus pequeñas historias, entrañables. Pero a la vez duro por la forma en que sobrevuela esos pequeños relatos la historia de los judíos; y sobre todo, por las críticas igualmente implacables hacia aquellos mismos personajes. Cariño y dureza a partes iguales, y para todos. Pero el juicio final sobre aquellos años (un auténtico “juicio final”, que se lee en el capítulo 58, desde “el deterioro que rodeaba a la vida de mis padres...” en adelante) es demoledor. Tremendo. En cualquier caso, siempre está el autor jugando con sentencias ambivalentes como ésta, que pone en boca de su abuelo Naftalí: “De eso se trata: un poco de perversidad y el hombre es un infierno para el hombre. Un poco de generosidad y el hombre es un paraíso para el hombre”. Ya decimos: vivo y vital.
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