Detalles del post: Fronteras sin fronteras

07.01.08


Fronteras sin fronteras
Permalink por Saravia @ 16:03:18 en Democracia -> Bitácora: Plaza

¿En qué se fundan las fronteras? ¿Cómo se pueden argumentar? La mejor defensa que he leído es la que presenta Rafael del Águila en un reciente libro colectivo sobre la inmigración (“Tolerancia, respeto y democracia ante la inmigración”, en R. del Águila, coord., Inmigración. Un desafío para España, Madrid, Pablo Iglesias, 2005). Sigámosle en sus consideraciones sobre este crucial debate para el urbanismo y las ciudades (que ya tratamos en otros lugares: por ejemplo aquí).

Tres planteamientos

Pero antes de establecer su posición, este catedrático de Ciencia Política trata de poner orden en los argumentos que ofrecen otros autores en sus respectivas defensas del mantenimiento, refuerzo o eliminación de unas fronteras que en nuestros días ni son ni pueden ser lo mismo que en el pasado. Los organiza en tres grupos. El primero se fundamenta en el universalismo moral y defiende la total apertura de fronteras. Su principal representante es, seguramente, su colega canadiense Joseph H. Carens (ver un texto suyo, sobre los que se quedan: “On Belonging”). Este grupo considera que la apertura de fronteras es una regla ineludible de justicia que sólo excepcionalmente podría ser limitada. Para ellos, los derechos del emigrante son universales y deben prevalecer, pues se fundamentan en el principio de igual dignidad de las personas. Cualquier consideración basada en diferenciar los derechos por el lugar en que se nace es un aristocratismo incompatible con el proyecto democrático. Del Águila lo critica por “irrealista y peligroso”.

[Mas:]

Un segundo grupo, el de “nosotros y ellos”. Es la posición comunitarista e identitaria, que circunscribe ciertos derechos a grupos concretos de seres humanos, en función de una serie de obligaciones especiales que tienen precisamente como miembros del grupo. Suponen que las consideraciones de equidad e igual dignidad sólo se deben a los connacionales, a los que comparten “el demos identitario”. El fundamento de la frontera estaría en la existencia del grupo mismo, de modo que su estabilidad, su identidad, su esencia cultural, racial, religiosa, lingüística, etc., es lo que importa. Entienden que las diferencias identitarias son lo suficientemente valiosas como para justificar el principio de exclusión. Un reciente representante de esta línea: Pasqual Maragall, quien escribió (en El País del 28-08-05), a propósito de la trilogía clásica de la Revolución francesa, que "la diversidad es un valor tan decisivo como la igualdad", y que ya había sugerido (entrevistado en la SER, en 2000) la conveniencia de sustituir esa trilogía por la de "identidad, cohesión, subsidiariedad". Del Águila también critica estas posiciones: “El poder de convicción de esta variante es relativo, dado que se sostiene en la asunción más que dudosa de que la homogeneidad y la protección de la identidad sin mezcla es un bien superior al de la igual dignidad de todos los seres humanos sin distinción (precisamente) de razas, etnias, y demás”.

El tercer grupo de argumentos en el debate sobre las fronteras es de sesgo voluntarista y liberal. Al igual que los anteriores también defienden que ciertos derechos sólo corresponden a determinados grupos de personas: a los de “dentro” frente a los de “fuera”. Pero ahora no vinculan el grupo de privilegiados a una comunidad natural previa o a una esencia identitaria dada, sino a un pacto voluntario que llevaría a establecer un orden político, un gobierno y un estado para su protección y desarrollo de una vida política libre. Una asociación establecida en el principio de apropiación de ciertos territorios, y que se fundamenta en su ocupación previa o en el trabajo que a ellos se incorpora. Es decir: “la propiedad, como quería Locke, como fundamento del gobierno”. Un representante de esta línea, particularmente agresivo: Giovanni Sartori (ver entrevista con Hermann Tertsch). Del Águila señala algunos problemas de esta línea de argumentación. Por un lado, dice, “la atribución de derechos de propiedad sobre el territorio sólo tiene sentido si existe ya un espacio jurídico en el que esos argumentos se hagan buenos (...), e, igualmente, el pacto de asociación que corre paralelo al acto de asociación está atrapado por la misma paradoja: el contrato se decide dentro de un espacio, la comunidad política, pero no puede decidir sobre ese espacio. El demos no puede decidir democráticamente sobre la constitución del demos (...). En resumidas cuentas, no hay una buena manera de justificar ni el cierre territorial ni el cierre poblacional, ni los límites espaciales, ni los límites en el demos mediante esta estrategia”.

Órdenes concretos

¿Cuál es, entonces, la posición de Rafael del Águila? Por de pronto señala una convicción ética y una intuición práctica. Por un lado le parece ineludible “comenzar a pensar sobre la inmigración en términos universalistas, en términos ligados al respeto que debemos a los seres humanos en general”. Y por otro lado, cuando se pregunta: ¿son, por tanto, las fronteras simple violencia sin fundamento?, responde: “La verdad es que me resulta difícil admitir esta conclusión”. Y se aferra a una idea que va a ser la fundamental de su discurso: “Dicho con la elegancia de Hannah Arendt: el derecho más básico de todos, el derecho a tener derechos, está vinculado a la existencia de órdenes políticos particulares (subrayado mío, MS), es decir, a la existencia de Estados. Y allí donde los Estados no existen, también están ausentes aquellos derechos”. He subrayado "particulares" porque en ese término pone toda su esperanza para salir del atolladero al que le han llevado las críticas a todas las posiciones reseñadas. “Es importante, continúa, trabajar dentro de esos órdenes concretos (vuelvo a ser yo el que subraya: MS), y eso es importante, porque los vínculos reales entre nuestra moral y nuestra política, los derechos y la democracia, los medios que utilizamos y los fines que perseguimos no existen por sí mismos, no están dados de una vez y para siempre, sino que han de ser continuamente entretejidos en lo concreto, recreados una y otra vez, incansablemente. Creo que este conjunto de asunciones es el que justifica la existencia de fronteras”.

La existencia de órdenes concretos justificaría las fronteras. Pero ¿cuántos órdenes, de qué tamaño, cuántas fronteras? ¿Vale como Estado Luxemburgo, o es demasidao pequeño? ¿Estados Unidos es demasiado grande y convendría subdividirlo? ¿Es el 192, el total de los estados actuales, el número más adecuado de "órdenes particulares"? Ya que Europa puede eliminar fronteras internas, ¿podría hacerse lo mismo con África? ¿Y con Asia? ¿Con un par de "órdenes concretos” en el mundo sería suficiente? Si se descubre vida en otro planeta, ¿el planeta Tierra podría entonces considerarse como un orden concreto, un solo y único Estado, contrapuesto y diverso al de Alfa Centauro? En fin, una cosa es que haya que partir de un orden concreto, frente a una supuesta tabula rasa (que nadie defiende), y otra que necesariamente deba haber muchos órdenes (y por lo tanto, muchas fronteras) para que la justicia pueda desplegarse.

Decía al principio que Rafael del Águila nos presentaba la mejor argumentación en defensa de las fronteras, y ahora le trato sin contemplaciones. Pero soy injusto. Su propuesta de “conjugar la tensión hacia la universalización de ciertos derechos con el refinamiento de las comunidades políticas particulares que puedan generarla y desarrollarla” es intelectualmente honesta y práctica. “Tejer desde la democracia (particular) los derechos (universales)” es un eslogan asumible, sin ninguna duda. Pero nada impide que ese trabajo desde lo concreto tenga por objetivo (alcanzable, desde luego) la supresión de las fronteras. Incluso manteniendo diferencias entre unos y otros territorios, como en la actualidad se dan dentro de tantos Estados. El que “ningún grupo pueda sobrevivir o tomar decisiones si la entrada en él puede realizarse sin ningún requisito ni impedimento”, no exige necesariamente que las fronteras deban tener el sentido que hoy tienen. ¿Qué impediría, por ejemplo, que para formar parte de uno de esos grupos, bastase algo parecido al actual empadronamiento (un requisito de entrada en la comunidad de votantes de una ciudad)?

En cualquier caso, lo que me resulta más llamativo de la argumentación de este especialista en ciencia política es la mala conciencia que parece asaltarle. Una carga que le lleva a “pensar la frontera permeable y porosa”, evitando “las tentaciones simétricas de decretar su cierre o su apertura totales”. Una especie de “fronteras sin fronteras”, bienpensante, pero poco convincente. Tan poco persuasiva que acaba resultando trágica. Con honradez, escribe: “Sabemos que sin discriminación en razón de nacimiento no podemos mantener las fronteras y sin ellas no podemos mantener un orden de vida democrático y libre. Esto es parte de la tragedia de la acción política en el campo de la justicia y de la inmigración”. ¿No hay otra fórmula que la de admitir la discriminación?

(Publicado inicialmente el 23-11-07).

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