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07.01.08


Soledades
Permalink por Saravia @ 16:11:33 en Poética -> Bitácora: Plaza

Calle Florida, Buenos Aires, 1937. Foto de Horacio Copola

Poblados y ciudades son consustanciales al ser humano. No quieren las personas estar solas, y aunque sólo fuera por eso existen las ciudades. Por compañía, por calor. (Ya Cernuda ilustró la soledad: "es una muerte distinta, rumiante, que no se acaba").

Las ciudades no son hechos de la naturaleza. Se ordenan, se deciden. Se hacen y rehacen continuamente. Y el ámbito en que se estudia cómo hacerlo y se aplican tales conocimientos es el urbanismo. Una disciplina con sus propias pautas. Conjurar la soledad, construir con economía y reconocer la dignidad de los ciudadanos son, así lo pensamos, los rasgos primeros del urbanismo. (Partimos de la tríada de elementos que planteamos en un libro anterior: "Ciudades civilizadas").

Hay ciudad, sobre todo, para favorecer el encuentro. Por lo que nos ha de venir bien hacer uso de la metáfora, que anuda, que todo lo mezcla. Hacer uso de esa leve sonoridad de vida que da brillo, frente a las ciudades monotemáticas (sin brillo, como postales de otro tiempo). Al fin y al cabo “esto es la poesía: dos soledades juntas”.

[Mas:]

Cercanía, calor, decimos. Por eso se agrupan las personas y las actividades. Ciudad es, por tanto, necesariamente densidad (la discusión sobre la densidad no es sólo un problema de sostenibilidad o de calidad urbana: va más allá, está antes). Pero nunca parece bastante el hecho de estar físicamente próximos. También para procurar la sensación de cercanía se aplican la estética y la erótica. Nos gustan las ciudades, viajamos a ellas, vivimos en ellas y en ellas nos sumergimos a diario por múltiples razones, pero también porque nos hablan. Preferimos algunas por múltiples razones, pero también, y significativamente, porque son hermosas.

Fundamental al espacio urbano es su dimensión poética, los resultados de la composición, el arte cívico. La forma en que nos hablan, la forma en que se cumple ese gran proceso de erótica que nos contó Bataille (en "El erotismo"), de tendencia general a la unión, que es la civilización. Aunque sin agobio. Sin olvidar el equilibrio del puercoespín (demasiada cercanía puede también oprimir, clavarnos las púas unos a otros). Garantizando la sensación de cercanía, en el diseño de las ciudades se procura conseguir cierta unidad.

Esta característica ha estado presente desde sus orígenes. Y pervive en el presente. La historia del urbanismo es la de la estética urbana. Es más: los orígenes de la ciudad son levemente funcionales y poderosamente estéticos. El barrio es el primer resultado, el más inmediato, de la cohesión urbana en comunidades. De hecho, para la vida urbana quizá el barrio fuese suficiente, pues constituye un mundo completo: “Nunca más volví a hallar un mundo más completo”, escribió Oswaldo Rossler. Los barrios son patria sin abrigo. Incluso en los arrabales finales, donde se observa una profusión de verdores en desorden como "mieses de ninguno", allí donde tropieza la luz del campo, son múltiples los signos de identidad vecinal. Un mundo de referencias mutuas.

El lugar también acompaña. Tanto como inquieta. La brisa del paisaje "que reposa en la durmiente planicie trae corazonadas de campo". Y esa pulsión de naturaleza permite esperar que tal vez todo el desorden presente acabe cicatrizando, algún día, como la herida cierra sus bordes. Y tal vez todo entonces se reúna, cumpliendo finalmente ese sueño de paz deshabitada que tanto tranquiliza como incomoda.

Y cuando la cruza un río, su carga verde sugiere la eternidad secreta de las fecundaciones. La embriaguez de sus márgenes de espesuras y fragancias nos recuerda que el río sólo es agua, lágrimas. No se sabe quién las llora, pero sí que la tristeza es gris y fluye, porque sólo fluye en el mundo la tristeza. A pesar de lo que ya se ha dicho, siempre el lugar ha pesado.

La propia ciudad existente también está poblada de signos de unidad. Las calles desganadas (casi invisibles de tan habituales), actúan debajo del olvido. Los dispersos olvidos, las casas olvidadas por carecer de historia. Y las ruinas, los acabamientos, al dejarnos restos de papel floreado sobre la medianera y fragmentos de escaleras que no llevarán a ninguna parte, nos abrazan como sombras más entre las sombras. Las áreas nuevas reclaman nuestra atención, confianza y algo de sentimiento. ¿Qué hacer con la ciudad para ganar su compañía?

(Publicado inicialmente el 30-10-07).

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