Detalles del post: Mali saudade

07.01.08


Mali saudade
Permalink por Saravia @ 17:09:25 en África -> Bitácora: Plaza

La vida en la villa maliense de Sokoló, vista por Abderrahmane Sissako.

Una imagen de La vie sur terre, de Abderrahmane Sissako (Francia, Mauritania, Malí, 1998)

En la película titulada La vie sur terre (La vida sobre la tierra, 1998; premiada en Cannes y Cartago), Abderrahmane Sissako nos muestra cómo pasan los días en Sokoló, un poblado de poco más de 4000 habitantes situado cerca de Mauritania, junto al canal del Sahel (en la cuenca del Níger, construido en 1947, provincia de Segou). Un personaje curioso, este director mauritano-maliense diplomado en el Instituto de Cine de Moscú, que acaba de realizar otra película sobre la vida cotidiana de su país (Bamako, estrenada en 2006).

[Mas:]

Ofrece una sucesión de estampas de esta villa fosilizada por el sol, lejos de todo, en vísperas del siglo 21. La excusa, el arranque, es una carta que escribe el propio cineasta a su padre en la que le comunica su deseo de regresar de París a Malí para “filmar la vida en Sokolo, la vida en la Tierra, así como el deseo de alejarme de todo, sabiendo que pronto llegará el año 2000 y nada habrá cambiado para bien. Lo sabes mejor que yo". En efecto, Sissako llega al pueblo, se cambia de ropa, monta en bicicleta y se pasea por las calles y el campo de Sokoló, filma y escribe. Nos deja un trabajo poético-político, incluso cómico en algunos momentos.

Digo saudade porque creo que es la palabra que mejor refleja la realidad que nos muestra. Ya sé: no es una palabra bambara, ni francesa, ni siquiera inglesa. Es gallego-portuguesa, pero en mi opinión refleja mejor que ninguna otra el sentimiento de la gente de esas villas de ancestral rutina, donde nunca pasa nada, ni nada promete que pase nada en el futuro. Donde la pobreza y el aburrimiento dominan, y sólo llegan ecos distorsionados (como de otro planeta) del resto del mundo (demasiado satisfecho, demasiado ignorante).

Nos interesa conocer Solokó. una ciudad al margen de lo que se plantea nunca en el urbanismo. Ya lo dijimos: tendemos a creer que nuestra realidad es la realidad, y sin embargo lo normal (lo mayoritario) suele ser bien distinto. (Un buen artículo sobre la situación de Malí, aquí).

Comentaremos cinco fotogramas que nos muestran otros tantos espacios urbanos. (Un exhaustivo análisis, desde la perspectiva cinematográfica, en este pdf). Una película fresca, con Nana como maestra de ceremonias, recorriendo en bici calles, casas y campos de Sokoló. Voluntariamente lenta, “lejos de la velocidad loca, lejos de aquella Europa, como decía el poeta, totalmente descompuesta de gritos, de corrientes silenciosas de desesperanza”; una Europa “que se sobreestima” (de la carta de Sissako a su padre). Muestra una ciudad representativa de otro mundo, de otra vida. “En Europa estáis en lucha continua con el tiempo: os atrapa, e intentáis atraparlo. No es nuestro caso aquí, en África. Nosotros tenemos el aire y el tiempo de respirarlo. Vamos al paso del camaleón, suavemente, suavemente. Nos preocupamos de estar en nuestros campos, de producir, de vivir felices” (palabras de un habitante de una pequeña población del Chad).

Calles

El primer fotograma, una calle donde se desarrolla una vida urbana tranquila, bajo el protagonismo de unos árboles poderosos. Donde la gente camina, practica los oficios (allí está el fotógrafo, el peluquero), vende (puestos de alimentos, jabones, azúcar y otras mercancías), descansa (en bancos, bajo los árboles frondosos) o simplemente ve pasar el tiempo: en un banco corrido, o en las sillas que sacan a la calle, con el único acompañamiento de un aparato de radio para oír llegar el 2000. Allí circulan las bicis y los animales (sueltos o en rebaños de vacas o cabras), y algún pequeño carro tirado por borricos. Una sola moto: es el único vehículo a motor que aparece en toda la película (y de forma harto extraña). Ni un coche, ni un camión. Muchísimas bicis, el vehículo de transporte más utilizado en estas ciudades.

El teléfono público y la radio local son dos de los puntos fundamentales de la villa. Allí unos candorosos personajes se esfuerzan por comunicarse. Porque “la intención de comunicarse es más importante que la misma comunicación. Cuando alguien decide hablar al Otro, el gesto de amor está hecho. Si alguien intenta hablarme, existo para él” (Sissako, en Africultures, diciembre de 1998). Al iniciarse el tercer milenio se han democratizado los medios de comunicación. Pero no lo suficiente.

Todo aparece muy verde, sorprendentemente verde. Con una animación distinta a la que estamos acostumbrados a ver. No hay alineaciones geométricamente dominantes (como en el espacio rural europeo). Las construcciones son de una sola altura, y no desentona de esa imagen general ni un solo edificio. El espacio abierto es generoso, y el espacio privado no es muy atractivo. Parece que si algo se puede hacer fuera, no se hace dentro. Incluso cuando toman medidas a la “chica linda” (Nana), se hace junto a la puerta, y bien abierta. La radio, o el teléfono, están al lado de la puerta. Algunos pequeños rótulos cuelgan sobre ciertos umbrales, pero no son necesarios.

Casas

El segundo fotograma, unas casas peculiares, volcadas hacia la calle. Es significativo el espacio de ducha-baño de tan escasa privacidad como el que muestra la fotografía. Permite la conversación entre los dos protagonistas (Abderrahmane y Nana), mientras él se afeita. Todo en un entorno generalizado en un único material de construcción. Todo en barro. La imaginación material ha de cebarse en un espacio tan característico. La pared que está detrás del padre de Sissako, por ejemplo: sus arrugas son las mismas arrugas del anciano. Porque el barro es el limo primitivo, que nos devuelve a una vida inicial, básica, de panadero (“¡Modelado! ¡Sueño de infancia, sueño que nos devuelve a nuestra infancia!”, escribió Bachelard). Y no hay quien pueda evitarlo. (Sobre arquitectura vernácula de Malí, ver esto). El “redondeo” del barro en las esquinas desgastadas. La ocultación bajo el barro de los dinteles (¿trullado?). Las ruinas acaban de integrar los suelos y las paredes, y más aún en las calles estrechas, donde se acentúa esa sensación de continuidad material. Cuando la “chica linda” atraviesa en su bici el espacio urbano entre muretes caídos nos parece un paisaje lunar.

Campos

Otro fotograma da cuenta de la relación de la ciudad (¿se podrá decir ciudad?) con el campo. Un campo extraordinariamente pródigo, bonito, poblado de muchísimas bandadas de pájaros que se mueven coordinadamente de una forma realmente impresionante. Un espacio intermedio que se destina a una serie de usos útiles, generalmente agropecuarios, como nuestras antiguas eras. Con sus construcciones peculiares, tejadillos de ramas, casetas de barro. Sin caminos en muchos casos, abierto el espacio al campo en un espacio sin roturar por donde las bicis se buscan su camino. Un espacio diverso: con “corros” libres, con ámbitos arbolados de palmeras, donde los labradores se mueven a pie sobre los mínimos senderos. Lugares donde también se está, se vive el tiempo lento. Y, por lo que se ve en la película, limpios, sin objetos abandonados.

Es interesante revisar las imágenes que nos ofrece Google de Sokoló (buscar Sokolo, Segou Malí). Una zona de la villa es irregular: ¿tradicional?. Otra, al norte, bien cuadriculada, con unas manzanas muy pequeñas, breves, reiteradas. El canal envuelve todo el espacio urbano y forma incluso algunas pequeñas lagunas junto al casco. Y alrededor, una serie diferenciada de espacios. Algunos marcadamente verdes, ordenados en parcelas agrícolas (seguramente huertos). Muchos son cultivos de arroz de la “Opération Riz Ségou”. Otros parecen desérticos. Y todos, y singularmente todo el espacio urbano, poblados de unos árboles que parecen sobrepuestos, que han nacido al acaso: mantequeros (karités), nérés, tamarindos, palmeras ronier, neems, baobabs.

Humo

La cuarta imagen nos da el contraste. Sissako casi nos la escamotea, pues únicamente dura unos cuantos segundos. Pero en un momento la descripción de Sokoló abandona la paz (aburrida, pero calma) y nos informa de una calle entre basuras humeantes, amenzantes, dura. Con inquietantes signos de un desorden latente, que podría estallar. (No tiene nada que ver, pero en 2004 el Rally París-Dakar fue objeto de una amenaza de atentado de Al-Qaeda precisamente en esta ciudad, en Sokoló, en una etapa que debía transcurrir entre la ciudad mauritana de Néma y la maliense de Mopti). Porque la extrema desigualdad es una bomba de relojería. Y los ingenuos planteamientos de las “necesidades de urbanización” no calman a nadie.

Aunque podría pensarse que esta imagen se escapa, que queda fuera del discurrir de la película, algunos (Astic, Lequeret y Rullier) ven la introducción de la duda, la subversión de la narración inicial, como “la más bella invención del film”. Es una imagen nada complaciente. Antes en otras se apunta la basura (en dosis breves), aquí domina. Humo, deshechos, una carreta con un bidón (ese compañero de las imágenes de África, el bidón), otra carretilla tirada por borricos, y un chaval trabajando. También hay, antes y después, otras imágenes de chicos corriendo detrás de un balón en las calles o bañándose. Pero aquí aparece trabajando.

Nos indica el tema de la basura, que aún en pequeñas cantidades puede ser tan dura para la convivencia como en grandes lo es para la tierra. La limpieza es decisiva. Por eso los documentos sobre necesidades de urbanización como éste quedan fuera de juego. No es eso. o al menos no es sólo eso. En un rótulo que aparece en varios momentos puede leerse: “Teléfono para todos”. Y Sissako nos dice: “África es muy clara: no podrá jamás ser apaciguada por tantas bajezas y esperanzas falsas”.

Agua

Por último, la imagen de cabecera de este post. Son muy frecuentes las estampas de niños y agua en las ciudades del África occidental. Aquí, la “chica bella” del pueblo pasea en bici a lo largo de un camino junto al agua del canal, cruzándose con unos y otros. Al fondo, el campo verde. En otros momentos se muestra una explanada junto al agua donde está la gente en actitud de descanso y juego. Se bañan, lavan, cogen agua, están los camellos bebiendo, pasan pequeñas carretas con ruedas de goma, incluso grupos de tuaregs. Atrás, un pequeño bosque. Delante, una especie de playa. Lugares de ocio.

Pero dijimos saudade para caracterizar la situación que se nos cuenta en Sokoló. Ese ambiguo sentimiento de melancólico recuerdo por una alegría ausente. La ignorancia clara de una forma de vida mejor parece convertir los elementos mencionados en elementos "mágicos", casi pertenecientes a otro mundo. Como dice Jaime Rosemberg, todos los personajes que aparecen “demuestran una casi increíble falta de enojo y rencor por la situación que atraviesan, casi como resignados a lo que les tocó en suerte”. Y sigue: “Una tranquilidad que contrasta con la historia misma de Malí, repleta de golpes militares, violencia callejera e intrigas por el poder entre uniformados y civiles”. Pero hay otra violencia soterrada. La “oración” que canta el narrador (el propio Sissako), en medio de su recorrido, es contundente: “Presérvame de todo odio. No dejes que me convierta en un hombre de odio para quien no tengo más que odio (...). Sabes que no es, en absoluto, por odio a otras razas por lo que exijo orgullo para esta única raza que amo. Es por el hambre universal, por la sed universal”.

(Publicado inicialmente el 06-01-08)

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