Detalles del post: Silencios de fotografía

09.02.08


Silencios de fotografía
Permalink por Saravia @ 10:54:05 en Poética -> Bitácora: Plaza

Imágenes de la "poesía urbana" de Luis García Montero

Valladolid al atardecer, visto desde una pasarela de la ronda este (Foto de Pucelano 1986, procedente de skyscrapercity.com).

Según nos explica Laura Scarano en la introducción de la Poesía urbana de Luis García Montero (Sevilla, Renacimiento, 2002), la ciudad “dispara el fluir poético”. Y es así porque, lo sabemos, está hecha de ladrillos, pero sobre todo de palabras. Es la médula del habitar humano, que siempre te acompaña, donde quiera que vayas. “La ciudad irá contigo adonde vayas”, escribió Kavafis. Te sigue y te conforma. Te rechaza y reclama. Se funde en ti, y hace tu mundo. La “poética de la experiencia” de García Montero le lleva a “una identificación tal entre poeta y ciudad que disuelve la distancia entre sujeto y objeto” (nuevamente Scarano). Una poesía en vaqueros, una mirada de pertenencia radical a toda la ciudad, dirigida a rescatar la cotidianeidad de la existencia urbana.

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Seguramente no debería hacerlo, pero me gusta desmontar los poemas y quedarme únicamente con algunas de sus piezas. Es alta traición, pero qué le vamos a hacer. Una vez desencuadernados los poemas, reordeno los fragmentos por categorías y muestro el alijo capturado al modo en que la Policía presenta a la prensa, bien ordenadas también sobre una mesa, con sus correspondientes etiquetas, las armas encontradas en el zulo.

Objetos animados

Los elementos urbanos, cobran vida. Las motocicletas hablan “en el idioma obrero de las motocicletas”. Los semáforos tiritan: “Yo bajé a la ciudad / en esa hora incierta, / presentida, / donde tiritan todos los semáforos”. Y los vehículos aparcados no son sino cadáveres metálicos: “Junto a los coches muertos a un lado de la calle”. Cuando vivos, se agitan y vibran: “Rojo temblor de frenos por la noche”. No hay objeto sin edad, sin etapas vitales. Hay piedras viejas y jóvenes escombros: “Este silencio de jóvenes escombros / que a costa de no ser se sobreviven”.

También encontramos, en un mismo giro, personificación y metáfora: “Y la radio sonando / con voz de plata”. Porque la ciudad es, toda ella, un único ser vivo, que se enfría en la noche: “Hace frío en la calle, suavemente, / casi de despertar en primavera, / de ciudad que no ha entrado / todavía en calor”. Me gusta especialmente la ordenada imagen de las grandes calles al caer la noche: “Porque los coches saben su camino / y van como animales en querencia / a la casa”.

Lugares de bienestar

García Montero es partidario de la felicidad: “A vosotros que fuisteis conmigo partidarios / de la felicidad, en las noches sin fin”. Un gozo que se subraya simplemente con el curso de las horas. Primero: “Comparto en soledad la jubilosa / caída de la tarde”. Después: “Mientras la noche avanza solitaria y perfecta”. Y en ese contento nada es neutro, todo tiene sentido. Los lugares de la ciudad se hacen amables.

Las casas viejas junto a las aceras, o las grúas, estirando el cuello: “Y nada es neutro. / ni siquiera las sombras de las casas antiguas / preguntando / su paisaje perdido en las aceras, / ni siquiera la grúa / que lejana, / hermosa como un cisne, / tiende su largo cuello y lo descansa / sobre el alero gris del horizonte”. Los cines, los cafés, los bares y los merenderos. Los cines, con su alboroto de entradas y salidas: “Cines de primavera se anuncian en las calles / con tumultos difíciles”. Los cafés, en sus últimas horas: “Café de luces espesas, / salta la noche en astillas, / cuando las últimas sillas / son bosque sobre las mesas”. O siempre: “Deshoja el bienestar de su café”. Los bares, como refugio: “en los bares abiertos igual que las heridas”. Los viejos merenderos, con melancolía: “Cuando los merenderos de septiembre / dejaban escapar sus últimas canciones”.

Las calles son, con frecuencia, piezas de luz equívoca. Sobre todo, si hay árboles: “Fundidos con la luz están los árboles / delante de la casa”. Su historia, su misma antigüedad, las emparenta con los caminos. “Nunca las calles nuevas son caminos”. Aunque siempre, en cualquier caso, “callejea el amor por estas calles”. Cuando las vías están especializadas en el tráfico rodado, se metalizan. “Autopistas lavadas por la lluvia”. Y cuando los espacios públicos se hacen plaza y jardín, se sitúan en los corazones de la ciudad y encuentran el momento justo (seguramente septiembre), parecen calmar, con cultura y criterio, la vida urbana: “Pero septiembre, / cómplice de los árboles, propone / una sabiduría de plazas y jardines, / y la luz de otoño”.

Y qué decir de los artefactos, de las máquinas. La vida del autobús, al comenzar la semana: “Cuando los estudiantes llenan el autobús / y un tumulto de cuerpos con la cara lavada / se apodera del lunes”. El sentido del tranvía, contigo dentro: “Recuerda que yo espero al otro lado / de los tranvías”. El aire de los ascensores, cuando tú no estás: “Hay un rumor vacío de ascensores / querellándose solos, convocando / mientras suben o bajan tu nostalgia”. Y siempre “la inquietud dolida / de la puerta cerrándose”. Las maletas como compañía: “Personajes extraños, / ancianos con maletas y mucha dignidad”. Y todas las cosas empleadas, a tiempo completo, en estar ahí, con nosotros: “Se acostumbran las cosas a su oficio de ser / compañías lejanas bajo un dulce mareo”.

También están presentes fenómenos difusos. Luz: “Agitada / -como si fuese joven llegara corriendo- / enrojece la luz por las paredes / de la ciudad / y hay un brillo en los árboles metálico”. Lluvia: “Tú, / tan desaparecida, / tragada por la tierra como lluvia de paso”. Frío: “Cuando el frío resbala por los troncos / enfermos de los árboles”. Luna: “Se sostendrá la luna en las ventanas”. Silencio: “Hay un silencio de fotografía”.

Y el campo en la ciudad. Con la hierba: “Igual que se confunde con el campo / la hierba de las tristes ciudades provincianas”. Los huertos: “Viene del huerto claro / y va, la luz de noviembre, caminando hacia el frío”. Los grandes ríos: “Ríos que de tan grandes / ya no esperan el mar para sentir la muerte”.

Finalmente

“Porque esto es la poesía: dos soledades juntas”. Simples palabras, garabateadas como el grafiti más urgente: “Son palabras escritas sobre un muro, / saben menos de amor que de tristeza”. Que quizá sólo sean útiles, como los leones del Serengeti, para apaciguar la siesta: “Y pienso en la poesía: es quizás como esta / seducción fabricada por los oficinistas / para soñar el sueño tranquilo de su siesta”. ¿Para qué entonces vestirla de traje y corbata?: “Ya sé que no es eterna la poesía, / pero sabe cambiar junto a nosotros, / aparecer vestida con vaqueros”.

Es cierto que “al recuerdo se vuelve igual que a los veranos, / con ganas de tocar el mar”. Pero más cierto aún que esa pérdida es la condición (feliz) de la cercanía: “Nos duele envejecer, pero resulta / más difícil aún / comprender que se ama solamente / aquello que envejece”. Y por eso esta ciudad, tan mayor como yo, ya tan bregada, es inevitablemente mía: “Y sin embargo / esta ciudad es mía, / pertenece a mi vida como un puerto a sus barcos”.

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