Detalles del post: Summertime (Los Ángeles, agosto de 1957)

10.02.08


Summertime (Los Ángeles, agosto de 1957)
Permalink por Saravia @ 17:15:50 en Años 50 -> Bitácora: Plaza

Coherencias y contradicciones entre una ciudad, su cultura urbana, sus leyes y su política.

Cruce de Wilshire y Western, barrio de Koreatown, Los Ángeles, a finales de los 50 (foto procedente de smokershack.wordpress.com)

Entre el 18 y el 19 de agosto de 1957, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong grabaron, en un estudio de Los Ángeles, la versión más famosa del Summertime de Ira y George Gershwin. Allí estaban, en el calor (supongo) de la siempre soleada ciudad, cantando la canción de Clara para dormir a su niño, de la ópera titulada Porgy and Bess. Estrenada un par de décadas atrás (Boston, 1935), todos los personajes son negros. El tema dice, más o menos, dulcemente, lo siguiente: “Es verano y la vida es fácil; los peces saltan y el algodón está crecido (...). Tranquilo, mi niño, no llores. Que uno de estos días te levantarás cantando, extenderás tus alas y subirás al cielo. Pero hasta entonces nada puede hacerte daño estando aquí papá y mamá”. ¿Nada, nadie? Fue un éxito extraordinario. Pero, ¿qué aplaudía la gente de Los Ángeles? Todavía estaba en la memoria de la ciudad el incendio del 16 de diciembre de 1945, provocado para acabar con la vida de O´Day Short, su mujer y sus hijos (papá, mamá, los niños). Su único delito fue el de haber osado comprar dos meses antes una parcela en la calle Randall, desafiando una segregación residencial terriblemente efectiva. O´Day y su familia eran negros. ¿Por qué aplaudían el Summertime?

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Los Ángeles en los años 50

Siguiendo el orden de los capítulos del conocido libro de Mike Davis Ciudad de cuarzo (Toledo, Lengua de trapo, 2003; original de 1990), indicamos una serie de hechos (quizá sólo signos) que pueden caracterizar a la ciudad de entonces.

1. La gran depresión destruyó amplios estratos de las clases medias de Los Ángeles, “adictas a los sueños” (Davis, como en el resto de las citas), y reunió en Hollywood una extraordinaria colonia de novelistas americanos y exiliados antifascistas europeos. El género negro, que arrancó en la década anterior, sobrevivía pujante en los 50. La popularidad de algunos autores (Chandler, Ellroy, James M. Cain, Bradbury) y obras (El cartero siempre llama dos veces -1934-, El largo adiós -1953- y todas las novelas de Marlowe; las Crónicas marcianas -1951-, etc.) era inmensa. Todas las ciudades son, de alguna forma, imaginadas. Pero en Los Ángeles el conflicto cultural “se ha situado siempre en la construcción/interpretación del mito de la ciudad. El sueño del paisaje de las soleadas llanuras y el impulso titánico de los primeros empresarios había desembocado, hacía no mucho tiempo, en una negra pesadilla (un antimito). Lo cierto es que la crisis con que se trabajaba era la de las clases medias, y sólo en muy raras ocasiones, la de los trabajadores o los pobres. El “muro de racismo” en la cultura era implacable. A pesar de su gran reputación, el guinista Chester Himes fue despedido rápidamente de la Warner Brothers, cuando Jack Warner se enteró de que trabajaba allí, diciendo: “No quiero negros por aquí”.

2. El poder municipal estaba cambiando. A principios de los 50 no podía hablarse de un único poder hegemónico, pues Los Ángeles se va polarizando entre las “coaliciones de desarrollo” del Downtown y el Westside, “con ambiciones culturales, políticas y económicas opuestas”. La vieja guardia se mantuvo anclada en el centro urbano, mientras que se fue desarrollando una “urbanización keynesiana de las afueras”, protagonizada por el crédito hipotecario y la comunidad judía, y estimulada por algunos movimientos insurgentes de los barrios populares. Se llegó a promover por “la vieja guardia”, en 1948, un sistema de trenes rápidos, pero la propuesta fue tachada de “socialista”, y finalmente derrotada. Y el alcalde Fletcher Bowron impulsó, con el apoyo del Westside, un programa de viviendas públicas de renta limitada, que recibió la acusación (ahora les tocaba a ellos) de promover un “socialismo progresivo”. El nuevo alcalde, Norris Poulson, devolvió el favor a los propietarios del Downtown, “dándoles lo que de verdad querían: el desalojo de 120.000 inquilinos de renta baja para allanar el camino hacia el rediseño de Bunker Hill y el Dodger Stadium”. A finales de los 50, la clave del poder “seguía estando en la especulación inmobiliaria”.

3. Las asociaciones de propietarios marcaban el territorio decisivamente. “Durante la mayor parte del siglo XX, las asociaciones de propietarios han sido los `sindicatos´ de un importante segmento de la clase media”. En ellas se organizan los propietarios de viviendas unifamiliares de una zona. A principios del siglo XX Los Ángeles estableció el precedente legal nacional de reservar áreas exclusivamente para viviendas unifamiliares “de la gama alta”. En estas zonas excluyentes se establecían restricciones contractuales que “prohibían tanto como obligaban a determinadas conductas a los actuales y a los futuros propietarios”. Conductas, sí. El propósito era asegurar la homogeneidad social y racial. Se imponía un coste mínimo por vivienda (mínimo, sí) y la exclusión de determinadas razas (y a veces de determinadas religiones) “salvo como servicio doméstico” (qué bonito). Estas áreas se caracterizaban porque se cerraban con un muro blanco que las separaba.

En los años 20 el 90% de las viviendas de la ciudad estaba fuera del alcance de los negros y asiáticos. Algunas asociaciones tenían nombres tan sugerentes como “Asociación Urbanística Antiafricana” o “Asociación de Propietarios Blancos”. En algunas ocasiones los grupos de propietarios se solaparon con el Ku Klus Klan. “Un historiador describe las afueras de Los Ángeles como el `ameno coto de caza del Klan”. La escasez de viviendas en los años 40 no hizo sino exacerbar el conflicto, e incluso se extendieron los acuerdos racistas a muchas zonas residenciales existentes, como San Gabriel o Pasadena.

4. Se puso de moda crear municipios independientes. Esa si que era una segregación efectiva. Basta ya, debieron pensar, de contribuir con nuestros impuestos a un ayuntamiento que no nos interesa. Pero no sólo eran esos los movimientos en marcha. Los ayuntamientos aristocráticos de Beverly Hills y San Marino se dieron cuenta del potencial de las calificaciones del suelo como forma de proteger el valor de las viviendas. La creación de Lakewood respondió a ambas ideas. Los promotores idearon, y la municipalidad de Los Ángeles se lo consintió, “contratar los servicios vitales (bomberos, policía, biblioteca, transporte, etc.) a los precios de coste resultantes de la economía de escala del condado (es decir, financiados por todos los contribuyentes del condado”: o sea, como Zaratán), pero quedándose con “el control de la calificación” del suelo (o sea, como Zaratán).

“No hace falta decir –señala Mike Davis- que, al proporcionar una escapatoria tan atractiva para esquivar la ciudadanía municipal corriente, el Plan Lakewood alimentó la huida de los blancos de Los Ángeles, reduciendo al mismo tiempo la capacidad de la ciudad para responder a las necesidades de la creciente población con rentas bajas y en régimen de alquiler” (o sea, como Zaratán). Podemos imaginarnos el panorama. “Esta pléyade de marrullerías locales en torno a la `operación salida´ por parte de los grupos de propietarios y camarillas de negocios es el origen del actual rompecabezas sin sentido que constituye el mapa del sur de California”, y una de sus principales consecuencias ha sido “la ampliación de la segregación residencial a lo largo de un vasto espacio metropolitano”.

5. Para concluir, un apunte de religión. La archidiócesis católica de Los Ángeles siempre ha sido una de las más importantes de los Estados Unidos (actualmente, la mayor). Siempre ha usado el “mito misionero” para “amortiguar su propio pasado”. Pero hace muchos años que ese mito tiene poco recorrido. Hay dos figuras fundamentales en la historia de la iglesia de esta ciudad de las primeras décadas del siglo XX: John Cantwell (arzobispo desde 1917 hasta 1947) y Francis McIntyre (de 1948 a 1967). El primero de ellos “era cualquier cosa menos incoherente. Los mítines de la Acción Católica local, durante los años 30, aplaudían a Franco y a Mussolini, mientras la Legión de la Decencia denunciaba la inmoralidad del celuloide de Hollywood.” El segundo, que fue el primer cardenal norteamericano de la historia, “utilizó su poder creciente para perseguir a los sospechosos de izquierdismo dentro de la jerarquía”. Se decía de él que era espiritualmente vacío (lo llamaban “Su Vaciedad”). Su posición frente a los conflictos sociales era clara. Unas veces calificaba a los manifestantes de “inhumanos, casi bestiales”. Otras veces los comparaba “con la chusma en la crucifixión de Jesucristo”. Los abusos policiales no eran más que “un viejo embuste comunista”.

Lo dicho. Un bonito panorama urbanístico, político y social, el de aquel verano de 1957.

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