Detalles del post: El "farsi caotico" de la ciudad contemporánea

22.02.08


El "farsi caotico" de la ciudad contemporánea
Permalink por Saravia @ 00:17:36 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

Lectura de La città de Paolo Perulli

Productos de Arcosanti-Garden. Foto: focus.de/reisen

Farsi caotico significa hacerse caótica. La ciudad contemporánea se hace caótica día a día; y mantenemos esta expresión en italiano porque suena bien. Farsi caotico. El reciente (y excelente) libro de Paolo Perulli, titulado La città. La società europea nello spazio globale (Milán, Mondadori, 2007) se dedica a explorar la idea de ciudad en este espacio caótico del pensamiento de la ciudad. Sabemos desde hace tiempo que la metrópoli moderna “se desata” del lugar (literalmente “se desliga”), de los límites del lugar en que se asienta, tanto en horizontal como en vertical. Una ciudad desmesurada y suelta que ya anticipaban Spengler o Jünger hace bastantes décadas. Decía el primero: “Para después del 2000 preveo ciudades de diez a veinte millones de habitantes, distribuidas sobre vastos paisajes, con edificios tales que dejarán enanas a las mayores construcciones de nuestro tiempo, y con sistemas de tráfico que hoy nos parecerían demenciales” (Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, 1918). Y así lo intuía Jünger: “A partir del Dosmil viviremos una época de paz mundial, en ciudades desmesuradas, rodeadas de obras de arte helenístico y contando con una técnica potente y perfeccionada. Por primera vez el globo terrestre estaría regido por una sola mano; no existirían ya `márgenes´ en el sentido antiguo” (Ernst Jünger, Junto al muro del tiempo, 1959). En el comentario de los márgenes acierta, pero en el de la paz y el arte: vaya puntería, amigo Jünger.

[Mas:]

La explicación de Perulli a la cita de Jünger es más aguda: “La ciudad se convierte en mundo, se identifica con sus confines globales. Y en el fin del espacio se realiza necesariamente el fin de la historia: paz mundial, estado global. Pero entre la profecía de la decadencia de Occidente y la idea de un estado mundial, el siglo se cierra verdaderamente en el dramático ataque al símbolo de la potencia occidental: la ciudad es una vez más teatro y protagonista de nuestra contemporaneidad”. Lugar de conflictos, “que no produce síntesis”, sino metamorfosis, permanente cambio de forma. El libro, por tanto, se dedica al reconocimiento de “las formas y los significados, ambos en plural”, que la ciudad ha conocido en el siglo XX. Un discurso, insistimos, para el que el autor no dispone de ninguna síntesis.

Lo cual no reduce un ápice el interés del libro. Todo lo contrario. A lo largo de una docena de capítulos va presentando las diversas facetas de la compleja ciudad contemporánea, sin forzar una visión única del conjunto. Presenta la ciudad como forma compleja de naturaleza política, económica y sociocultural; la variedad de escalas y de esferas territoriales; el proyecto urbano entre la aceleración y el riesgo, desbordamiento e incertidumbre. Habla de las relaciones entre ciudad y técnica; de la ciudad como nodo en una sociedad de flujos; y de los aspectos simbólicos y culturales de la ciudad. Comenta los nuevos modelos: ciudad-región, ciudad-red, ciudad global; los procesos de gobernanza postmetropolitana; y la arquitectura de la globalización. Explica los debates sobre globalización, innovación y política urbana; sobre la ciudad como capital social; o de la idea de ciudad como instalación, como fundación. Para concluir el libro con un vistazo a “la ciudad, mañana”.

Este conjunto poliédrico de visiones de la ciudad no exime de reconocer facetas inquietantes. Como la de centrarse en pequeñas comunidades, más o menos cerradas, que se opongan al gigantismo urbano contemporáneo, que se entiende ingobernable. Un ejemplo de esta actitud (no tan aislada) lo tendríamos en la utopía proyectada por Paolo Soleri en 1970, luna nueva ciudad de 5000 habitantes denominada “Arcosanti”, y que sólo hoy ha podido ponerse en marcha, en construcción sobre el desierto de Arizona, a 110 km de Phoenix. Porque domina la sensación de caos, el farsi caotico de la ciudad contemporánea.

No deja de tener importancia este término, el caos, nuevamente en boga. Hay quien ha visto esta nueva emergencia como un síntoma de cambio general, global, en el “sistema hegemónico” mundial. Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver (Caos y orden en el sistema-mundo moderno; Madrid, Akal, 2001) comparan la situación actual (“un periodo de transformaciones políticas radicales”) con la de otros dos periodos anteriores que consideran muy similares. Se vivió, dicen, una sensación parecida de caos generalizado en la transición de la hegemonía mundial holandesa a la británica del siglo XVIII, y en el paso de la británica a la estadounidense a finales del XIX y principios del XX. En cada uno de estos periodos el cambio afectó a la totalidad del sistema, que se sentía como un caos total, y sólo al final la nueva potencia hegemónica conseguía reorganizar el sistema para resolver (a su favor) las contradicciones subyacentes a esa situación de (aparente) caos. Es una tesis atractiva, desde luego.

Pero también podemos atender a las fuentes del orden para intentar entender el caos urbano actual; pues no por casualidad el urbanismo se asocia a la “ordenación” urbana; y los planes generales lo son “de ordenación urbana”. Porque, a fin de cuentas, ¿qué es el orden? (¿Y tú me lo preguntas?). En el libro de Antonio Escohotado Caos y orden (Madrid, Espasa, 2000) se explica en la primera página: “Los diccionarios definen algunas palabras con una sola línea, mientras otras les exigen varias columnas de acepciones. Un caso eminente de esto segundo es la voz `orden´, importada del latín ordo, cuyo sentido arcaico parece ser fila o hilera (concretamente de los granos que forman la espiga de trigo)”. Qué bonito. Aunque esta imagen tan atractiva del orden duró poco, y pronto se aplicó la palabra “a las filas de los legionarios, y desde entonces su significado fluctúa del retrato a la norma. Es ubicación o lugar –tanto en el espacio como en el tiempo- de cualesquiera elementos, y es también regla, mandato”.

Pero, como hemos dicho, en los últimos tiempos la comprensión del mundo ha comenzado a desvincular esta idea de orden de las de uniformidad y equilibrio. El orden y el caos se entremezclan. No se identifica ya el primero con lo simple y permanente, sino también con “lo múltiple, temporal y complejo”. Y Escohotado continúa: “Hechos a una civilización-fábrica, a su vez instalada dentro de un universo-reloj, el propio progreso tecnológico empuja a un escenario de perfiles todavía borrosos aunque muy distinto, donde las representaciones del orden deben adaptarse a una situación de pluralidad e inestabilidad (...). A diferencia de nuestros ascendientes, ya no nos es posible separar lo ordenado de lo caótico, ni poner en duda que la innovación es ante todo fruto de una realidad en desequilibrio, gracias a la cual el azar irrumpe creativamente”.

Sorprende, en este panorama, la enorme simplificación y “orden” con que se aborda la cuestión económica. Hemos hablado de que “el orden debe adaptarse a una situación de pluralidad”. ¿Se hace así en economía? Algunos economistas vienen planteando, desde hace tiempo, “un proyecto económico y político” que se centra en una idea de economía plural: “Una nueva manera de actuar de la economía, cuyo resorte no sea la búsqueda del beneficio ni de la competencia, sino la implicación ciudadana (sobre una base asociativa) y la utilidad social. Porque no es deseable, ni quizá posible, dejar a disposición del mercado los servicios personales. Porque la mejora de la calidad de vida debe ser el resultado de la confluencia de iniciativas, a nivel local, más que de la extensión del servicio público. El reconocimiento de nuevas instituciones económicas, cuyas formas de financiación y estructuras tienen que diversificarse, puede inaugurar un nuevo modelo de desarrollo, en las antípodas de una sociedad dual, en la que unos son los servidores de otros; y también en las antípodas de una sociedad donde el mercado domina la vida cotidiana” (Hacia una economía plural; varios autores, Madrid, Miraguano, 1999).

Caótica, sí. Una ciudad crecientemente caótica, pero simpática. Que quizá nos pida un orden más plural, y una economía mucho más diversificada. Antes de que la “nueva hegemonía” que se está cociendo en alguna parte (¿China-India, tal vez?) nos indique el nuevo orden (legionario) a que debemos someternos. (Un estudio sobre desarrollo urbano, pluralismo y justicia, Moa Tunström, “The vision of the good city. The Swedish contemporary city in rhetoric and practice”; Örebro University).

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