Detalles del post: Urbanismo del trabajo

10.03.08


Urbanismo del trabajo
Permalink por Saravia @ 23:02:09 en Lecciones -> Bitácora: Mundos

Guión de la sexta clase de teoría del curso 2007-2008 (11 de marzo de 2008), sobre el derecho al trabajo

Rolls-Royce Manufacturing Headquarters, West Sussex, Gran Bretaña, 2003. Proyecto de Grimshaw Arch. (imagen procedente de grimshaw-architects.com)

La consulta de los viejos textos urbanísticos puede resultar sorprendente: muchos de los argumentos y propuestas se dirigen fundamentalmente al mundo del trabajo, de la actividad, de la producción. Sin embargo en la actualidad estas cuestiones se remiten a media docena de fórmulas repetidas acríticamente, y no parecen llevarnos a ninguna reflexión sobre el papel de la ciudad, de la ordenación urbana, en esta materia.

[Mas:]

1. Datos sobre la importancia de la ciudad en la economía

Citemos, para empezar, un párrafo de La ciudad y los derechos humanos: “Hablar de ciudad es hablar de dinero. Ya se ha dicho que el capitalismo nace en las ciudades. Y éstas siempre han mantenido una relación vigorosa con la economía: en la actualidad representan una proporción cada vez mayor del crecimiento económico de los países”. Un texto sobre la historia de esta relación: Paul Bairoch, De Jéricho à Mexico. Villes et économie dans l´histoire (París, Gallimard, 1985). El peso de la importancia de las ciudades en la economía de sus países: entre el 55% del Producto nacional bruto en los países pobres y el 85% en los de ingresos altos.” Algunas ciudades son más grandes social y económicamente que algunos países. Y conviene tener en cuenta que la economía mundial se dirige en diez ciudades (según un informe de Mastercard Worldwide, 2007): Londres, Nueva York, Tokio y Chicago, en los primeros puestos. La lista se completa con tres ciudades asiáticas (Hong Kong, Singapur y Seúl: un estudio sobre las dos primeras, ver aquí), dos europeas (Frankfurt y París), y otra norteamericana (Los Ángeles). Madrid está en el puesto 16 y Barcelona en el 33. Shanghai (32), Pekín (46) y Mumbai (45), tienen grandes perspectivas de subir en la clasificación (y arrasar). Sólo una ciudad africana, Johanesburgo, está en este club de las 50 más poderosas.

La práctica urbanística, como no podía ser menos, ha estado atenta a este hecho. Y no pocas veces ha reclamado cierto protagonismo. Incluso en determinados momentos lo ha convertido en el eje central de su actuación. Como cuando ha propuesto organizar la ciudad pensando sobre todo en la rentabilidad económica de sus empresas, en un funcionamiento más eficaz de las mismas, fomentando su concentración, el aprovechamiento de las llamadas economías de escala (y el “principio de aglomeración, o de sinergia”), unos mejores servicios, etc. Se ha creado así una práctica tópica del urbanismo en este campo, que las nuevas circunstancias del mundo del dinero, pero también (es lo que ahora más nos interesa) el del trabajo, obliga a revisar con atención. Uno de los más conocidos campos de investigación y propuesta se ha referido a las pautas de localización (de industria, comercio, residencia, etc.). Para las fórmulas clásicas de localización, ver aquí un apunte.

Pero la economía ya no es lo que era. En los últimos años se ha visto trasformada radicalmente: papel de la economía financiera, impacto de China e India, tasas de crecimiento de zona Euro, variable papel de EEUU, impacto del cambio climático, etc. Para el caso español, puede verse el informe 2006 del Banco de España. El dinero en metálico y el atesoramiento de dinero está desapareciendo; su poder no reside en quien lo tiene, sino en quien goza de la posibilidad de que se lo presten, prometiendo ganancias futuras. Las relaciones entre los grandes conglomerados empresariales son cada vez más estrechas. Las privatizaciones, incluso de servicios básicos. El poder de los estados. Se asiste a la emancipación del poder económico de los vínculos que tenía con el poder político (hasta hoy la creación de dinero era un privilegio exclusivo de la autoridad política). Creciente importancia de organizaciones jerárquicas, coercitivas y centralizadas que son las empresas globales. La economía se concentra en determinados sectores y en muy pocas manos: cada vez en menos. Papel de los creadores de opinión. Diferencia creciente entre países ricos y pobres. Nueva agresividad del capitalismo: las economías del shock.

Para lo que nos importa, la economía urbana, nuevas pautas derivadas de los cambios del modelo económico general. Recursos naturales, vinculados a la urbanización: importancia creciente de los señores del aire, del agua y del suelo. Los gobiernos municipales, papel ambivalente: como agentes en el extranjero de sus ciudades, y seductores de las empresas para que se instalen en su término (desarrollo de urbanización e infraestructuras, políticas de subvenciones, exenciones fiscales u otras ventajas económicas directas, como regalar el suelo, con el riesgo de embarcarse en aventuras económicas costosas, y de inciertos resultados. Muchas veces, políticas aberrantes). Las ciudades occidentales ya no aspiran a atraer empresas de las viejas ramas productivas (que incluso las expulsan), sino a poderse dotar de lo que parece tener más atractivo: nuevos parques tecnológicos, grandes áreas terciarias; nuevos centros comerciales suburbanos, polos turísticos, centros de ocio, espectáculos deportivos y culturales, sedes económicas y administrativas. Impacto en la residencia (de calidad) e imagen (rascacielos, frentes marítimos). Zonificación brutal (más elitización que nunca). Los nuevos términos en boga: competitividad, innovación, sinergia. Y la preocupación por la imagen de la ciudad, para vender el producto ciudad (un ejemplo llamativo: el plan de rascacielos de Frankfurt de 1998, diseñado para competir en imagen con las ciudades norteamericanas; ver, como aperitivo, este breve artículo).

2. Consideraciones sobre el derecho al trabajo

Esta nueva economía ha supuesto cambios drásticos (en algún caso brutales) en la situación de los trabajadores. Y lo que aquí nos preocupa es precisamente este asunto: el trabajo. El derecho al trabajo ha sido uno de los primeros derechos históricamente reivindicados. En un principio más como libertad de trabajar que como derecho a la actividad. Pero en seguida pasó a entenderse como esto último. El pensamiento socialista lo ha reivindicado como medio de autorrealización del individuo, y por eso se trata de un derecho. En coherencia, las políticas asistenciales del Estado y de los municipios, han tendido a favorecer al menos la existencia de trabajo, de una actividad económica suficiente para garantizarlo.

La política urbanística, como una parte de esas políticas más generales, ha procurado, en un principio, mejorar las condiciones de esta actividad en la ciudad, de modo semejante a como se planteaba hacer con la vivienda o con otros usos: acondicionando los propios espacios industriales y mejorando su relación con el resto de la ciudad. Desarrollando, por ejemplo, una buena red de comunicaciones, pensada tanto para la distribución de los productos como para facilitar los movimientos de los trabajadores; adecuando de esta forma la relación trabajo-vivienda y la relación con los servicios apropiados, como las guarderías que facilitan el trabajo de la mujer, etc. También tratando de evitar los conflictos del mundo del trabajo con los otros mundos urbanos (no otra cosa está en el origen de las propuestas de zonificación de usos, por razones de adecuación medioambiental; pero también se encuentra ahí el origen de la normativa sobre las actividades productivas de mediados del siglo XIX: el control del ruido y de la polución, y la evitación de otras molestias o peligros). Y en los planes generales de hace unas décadas se intentaban cuadrar las previsiones de población y las de empleo, de forma que ni sobrasen ni faltasen puestos de trabajo en la ciudad planificada.

Ahora las cosas no son así. O al menos no lo son como antes. El mundo del trabajo ha cambiado. Richard Sennett (y otros autores) lo ha resumido en una imagen: se ha pasado de la “carrera” (el canal por el que se encauzan las actividades profesionales de toda una vida) al job (palabra que en inglés designa un trabajo, un empleo, pero también un fragmento de algo que podía acarrearse). Y ha cifrado la clave de los mismos en la nueva flexibilidad del trabajo. Con ella se han alterado las condiciones del trabajo y de paso las formas de vida de la gente: Sennett habla lisa y llanamente de la “corrosión del carácter”. Una identidad laboral débil, y la pérdida del “orgullo del oficio”. Menos autoridad moral y menos motivación (o muy diferente). Nuevos modelos de “operadores” (antes llamados obreros), más dispuestos a la precarización e intensificación del trabajo hasta extremos inusitados, disgregados y con muy escaso apoyo de la acción sindical. Se les ha llamado “obreros sin clase social” (ver artículo de Stéphane Beaud y Michel Pialoux, “Obreros sin clase social”, en Trabajadores precarios: el proletariado del siglo XXI, coord. por Rafael Pedro Díaz-Salazar Martín de Almagro, 2003).

Ya no valen las pautas urbanísticas tradicionales. Cambios en la vida urbana, en el trabajo, en el hogar (ya trabajan hombres y mujeres, también teletrabajo, etc.), en el ocio (motorización). Y ¿qué hacer respecto al paro estructural, respecto a la población que por edad, sexo, formación, lugar de origen, etc., no tiene acceso al trabajo? En los desastres (momentos críticos, catástrofes, inundaciones, terremotos, etc.) todas las manos son bienvenidas y pronto se organiza la ayuda. ¿Cómo no va a ser posible organizar la ciudad en el día a día (algo más fácil que en los momentos catastróficos) para que todas las personas puedan ser trabajadores?

Karl Polanyi nos da una pista (asumida por el relator de la ONU para informar sobre el urbanismo en España, de la que se informa en este post): “Por un lado, existe el compromiso del Gobierno para promover los derechos sociales, pero por otro lado está el poder del mercado y de la especulación. Podemos tener tantos planes de vivienda y tantas leyes como queramos, pero si no hay medidas para contrarrestar esa especulación y proteger a los más vulnerables, es imposible aplicarlas”. El problema no es tanto diseñar políticas específicas urbanísticas como el plantear un movimiento paralelo al del mercado único, en defensa activa de la sociedad. Un contrapoder fundado en el principio de la protección social. (Un libro sobre este asunto: J. L. Coraggio, La gente o el capital: desarrollo local y economía del trabajo, Ed. Espacio, 2004. Un artículo: Tony Sorensen, “The nature of planning: economy versus society?”, en Town Planning Review, 74, 2003).

3. Algunas propuestas urbanísticas

El urbanismo sigue siendo necesario para la economía de las ciudades. Pero conviene equilibrar características de los espacios de trabajo. Recordar lo que exigen algunas empresas para su localización en una ciudad (ver proyecto @22 de Barcelona). O comparar las características de los parques científicos o empresariales con las de los viejos polígonos o espacios industriales de las carreteras, etc. Huelga decir lo que un urbanismo basado en los derechos humanos puede opinar sobre estos asuntos. Se supone que se trata de favorecer a todos los habitantes, y no a un grupo privilegiado. Así que no es difícil entrever por dónde deberían ir los tiros. Que sin duda llevan a poner en primer plano la defensa del trabajo digno.

También, sacar a la luz los trabajos ocultos, dispersos y menos valorados. Servicio doméstico, limpieza, etc. Buscar alguna forma de representación en la ciudad, como tienen otros: los arquitectos, por ejemplo, otro trabajo disperso, que no se concentra en algún lugar (como la universidad) que pudiese ser representativo, tienen sus colegios o sus escuelas, con sedes muy rumbosas. (O la Policía: ver The Police Building en el Soho de Nueva York).

Mezcla de residencia y empleo, incluso (o prioritariamente) los de carácter manual: por ejemplo, los huertos urbanos, aunque para ello habría que arbitrar medidas especiales de calificación (sistemas generales, por ejemplo; o vinculándolos a las reservas de suelo libre o dotacional). También artesanías, o empleos informales, a los que hacer sitio (ver el Plan Maestro del Espacio Público de Bogotá).

Establecer, y dignificar urbanísticamente, los edificios de equipamiento básico, que comentábamos en otra clase, para que allí se pueda informar sobre la organización del trabajo (el trabajo y la seguridad social forman parte de un mismo sistema: dar y recibir, cualquiera debe poder trabajar y recibir asistencia social en su consideración de miembro de la sociedad; recordar que hay derecho al trabajo y derecho a la asistencia social).

Tranquilidad. Frente a la vorágine de la flexibilidad, de la innovación forzada, hay que oponer, una vez más, la dignidad: dirigir las políticas urbanas hacia una mejora de las condiciones generales de la ciudad, sin la obsesión por conseguir a toda costa, y como objetivo prioritario, el atraer más empresas que el vecino. Recordar la distinción entre dos tipos de capitalismo: el anglosajón y el renano (ver artículo de J. Estefanía, en El País, 2005). Que trasladado al ámbito urbanístico supone optar entre menos o más regulación. La mejora pasaría por procurar objetivos claros y concluyentes; como los de favorecer la accesibilidad a los lugares de trabajo (con una política de mezcla de usos, o una decidida política de transporte público), mejorar las condiciones ambientales generales de la ciudad (para la residencia y la industria, sin discriminar), o equilibrar conservación e innovación. Viejos objetivos, pero vigentes. Y todo esto no como una política a la defensiva, sino más bien como planteamiento de una nueva política radical; de reacción frente al desbaratamiento del trabajo.

Además, la actividad económica sigue atada a determinadas ciudades (asociadas: ver la entrevista con Saskia Sassen: "No hay ciudades gobales solteras"), que busca por razones en buena parte no controlables desde el gobierno municipal. Pues parece que lo que más interesa a los empresarios después de los costos y las condiciones de explotación de su negocio, es la calidad de los servicios que puede proporcionarles el medio urbano, más que las subvenciones o reducciones de impuestos.

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