Detalles del post: Del plano a la realidad

19.03.08


Del plano a la realidad
Permalink por Saravia @ 21:09:31 en Black or White (2007-2008) -> Bitácora: Mundos

Notas de gestión de la Plaza Mayor de Salamanca

Vista de la plaza, procedente de sogonow.com

Adjunto aquí unas notas sobre la construcción de la Plaza Mayor de Salamanca, cumpliendo el compromiso de clase. Me baso en el magnífico libro de Alfonso Rodríguez G. de Ceballos (La Plaza Mayor de Salamanca, Centro de Estudios Salmantinos, 1977). No he podido consultar el más reciente (en dos volúmenes) del mismo título, dirigido por Alberto Estella Goytre y publicado por Caja Duero en 2005. Las notas se enfocan desde la perspectiva de la gestión; es decir, de los (mútiples) problemas existentes y sobrevenidos para hacer realidad lo proyectado en el plano. Con una observación: siempre son las mismas historias, presupuestos escasos y mal calculados, desatención de las consecuencias sobre algunos propietarios menores, la aparición de listillos y, sobre todo, la enorme afición de los españoles a los litigios. Pleitos tengas.

[Mas:]

1. La decisión (1728)

Desde el siglo XVII había un corral a espaldas de San Martín, que ocupaba el centro del recinto amurallado. Allí se trasladaron toda clase de mercados (grano, aceite, carne, pescado...). Y allí llegaban las cuatro calles principales de la ciudad. Los topónimos reflejaban el orden de los puestos: línea de carniceros, línea de fruteros, línea de carboneros, línea de lenceros, acera de pretineros (fabricantes de cueros), línea de las casas consistoriales (estaban en el centro, entre los portales del lino y del trigo).

Era un espacio enorme (más del doble o el triple del actual): lo dicen todos los cronistas y viajeros. Aunque por la acera de San Martín había ido perdiendo terreno. En el centro, una línea de "cajones" (casillas de madera, con un portal y un piso), salvando un desnivel. En la acera de Lenceros había 10 casas copropiedad del Ayuntamiento y la parroquia de San Martín, que se arrendaban a mercaderes. En Petriñeros estaban los edificios más suntuosos, algunos con soportales. Un esquema, aquí.

El 9 de julio de 1728 el municipio acordó hacer un proyecto monumental de plaza. Un corregidor dinámico, emprendedor y habituado a este tipo de trabajos, había llegado de Valverde del Camino (Huelva). Era Rodrigo Caballero, y contaba entonces con 60 años (vaya marcha). Militar, con mentalidad ilustrada, había vivido en casi toda España. En 1728 expuso su idea al municipio, y dio tres razones: 1ª) ornato, monumentalidad; 2ª) llevar los puestos de comercio a soportales, por comodidad y para no incomodar al tráfico; 3ª) un escenario para festejos. Aludía como modelos a la Plaza Mayor de Madrid, el Cuadrado de Córdoba (la Corredera) y la pobrecilla plaza del Ochavo de Valladolid.

2. Autorización real (aprobación)

La ciudad contaba para comenzar la obra con 41.677 reales, a los que se esperaba sumar, al año siguiente, 250.000 más. Se pensó desde el principio en construir sólo la mitad, y con la renta obtenida de los alquileres de las primeras casas (4000 ducados anuales, es decir, unos 44.000 reales), pagar el resto de la obra.

Se nombraron comisarios diputados de la obra y se iniciaron los trámites para conseguir la aprobación real a través del Consejo de Castilla. Todo esto (y otros trámites más), en el mismo 1728. Para apoyar la petición al rey el municipio abrió una información entre notables de la ciudad que, convocados por el alcalde, declararon bajo juramento las necesidades y móviles que hacían necesaria la plaza (qué cosas había que hacer entonces). Y el 25 de agosto del mismo año Rodrigo Caballero encargó a Alberto Churriguera, maestro de obras de la catedral, la redacción de un pliego con 11 condiciones a las que habría de someterse la obra de los dos primeros lienzos (las líneas de San Martín y de los cajones, que antes vimos).

La plaza proyectada era un cuadrilátero con lados variables, entre los 75-83 metros. La parroquia de San Martín era intocable, por supuesto. El lado de poniente, el más largo, iba paralelo a las antiguas edificaciones. Y las casas preexistentes en un profundo saliente de SO a NO no le permitían otra cosa (ver plano aquí). Se acompañó la petición al rey con plano y monteas. El proyecto de la plaza, hecho a todo correr en 1728, se plasmó en unos planos que se han perdido (queda la copia que hizo su sobrino). Calculó el coste en unos 66.000 ducados (726.000 reales). El proyecto se incluyó en la provisión real, y así fue refrendado.

El 17 de octubre el Consejo de Castilla ordenó se le enviase relación exacta de la obra que se pensaba acometer, indicando plazos y rendimientos que produciría. Se estimó que estaría concluida en 6 años. El Consejo quería evitar nuevos arbitrios sobre el contribuyente, o empréstitos (hay que decir que finalmente el erario real no puso un duro). La provisión real autorizándolo se expidió el 12 de enero de 1929 (atención a los plazos: todo va rapidísismo).

3. Comienza la primera fase (1729-1735)

Entre enero y marzo de 1729 se pregonó públicamente. Pero no apareció postor alguno que quisiera tomarla por ese presupuesto. Entonces el corregidor solicitó del Consejo (y éste accedió) que la fábrica se hiciese por administración, desechando el sistema tradicional de posturas y remates (por contrata). En consecuencia se nombraron maestro mayor (al propio Churriguera), sobreestantes y tenedores de los materiales de obras, llevándose rigurosa cuenta. El corregidor (viejo lince) redactó un minucioso reglamento para ordenar los trabajos, atribuciones y competencias: no hay caso igual de tanto rigor en la historia de la arquitectura nacional. Fue aprobado en marzo de 1929 y permitió gran celeridad. De hecho, en 1932, cuando cesó el corregidor, estaban casi construidos los dos lienzos comprometidos. (El aparejador había sido un hombre de confianza de Churriguera: "Cabeza redonda").

4. Se presenta un chaval y fallan los cálculos

En agosto de 1729, a los tres meses de comenzada la obra, se lee en el Consistorio un memorial al alcalde de un tal Andrés García de Quiñones: un chaval de 20 añitos que quería medrar. Era un dibujo con el frontis del pabellón real de la plaza Mayor, en el que había puesto mucho más ornamento que el del propio Churriguera. Una cosa mucho más aparatosa. Hiperbarroca. Recordemos que el pabellón real, que pone en comunicación la plaza con la de Carboneros (hoy del Mercado) en Churriguera casi no destaca del resto: sólo le distingue la espadaña o peineta. Recordemos también que el edificio principal del proyecto era el de las Casas Consistoriales, y que lo costeó por completo la ciudad.

Las cuentas fueron, como tantas veces, el cuento de la lechera. Hubo un acuerdo con la parroquia de San Martín (propietaria de la mitad de las casas de Lenceros), por el que el Ayuntamiento construiría las nuevas casas y la parroquia percibiría anualmente dos plazos de 4.560 reales. Pero acabaron fallando todos los cálculos económicos, y hubo que ir a empréstitos. De 1729 a 1732 se gastaron 1.073.112 reales en esa primera fase de la plaza, superando con creces lo presupuestado por Churriguera.

En 1732 se empezaron a alquilar las nuevas casas: el 13 de agosto entró un mercader de paños, y poco después otro de lienzos. Pero pocos más. No se llegó con los alquileres a los ingresos previstos. Y hay que decir que el Ayuntamiento se reservaba, al alquilar, los soportales y sitios durante las fiestas. Al concluir esta fase la gente hizo, como siempre hace, sus cancioncillas: "Media plaza, medio puente, medio claustro de San Vicente".

5. Quince años de interrupción: primer litigio

Los otros dos lienzos se querían comenzar a construir en 1733. Pero se empantanó el proyecto. Varios pleitos sucesivos lo estancaron. El primero, en el lienzo de oriente, lo inició el Conde de Grajal (ver parcelas). Hay que señalar que, según se estipulaba, los propietarios debían reconstruir su casa conforme al proyecto o vendérsela al Ayuntamiento. De hecho, también había habido quejas con los frailes del Monasterio de La Moreruela, pues su patio pasaba a ser calle, si bien se acabó demostrando que el tal patio era calle desde antaño, que los frailes lo habían usurpado, y se acabó el problema. Pero el Conde de Grajal fue más correoso. Decía que pedía luz (la posibilidad de abrir algunos cuartos hacia los soportales) y sobre todo notoriedad: quería "ornato de torre que denotara antigüedad y lustre".

El Real Consejo paró la obra en 1738. Y Alberto de Churriguera, aburrido, abandonó Salamanca. Le sustituyó su sobrino Manuel de Larra Churriguera (también en su puesto de la catedral). Al año siguiente el Ayuntamiento pidió al Consejo no hacer excepciones con el conde, pues sentaría precedente. Pero éste, comportándose como muchos de los actuales arquitectos (que quieren levantar su torre donde sea, para destacar sobre el común de las casas) arguyó que su "ornato de torre" interesaba "más a la causa pública que la seca igualdad que se quería construir". ¿Ofrece la plaza Mayor de Salamanca "seca igualdad"? El Ayuntamiento, para contraatacar, comenzó el expediente de declaración de ruina de la torre del palacio de Grajal. Finalmente, después de 6 años de litigio, se falló a favor de la ciudad.

6. Segundo litigio

En el otro lienzo hubo otro litigio. Se comenzó la construcción del nuevo Ayuntamiento, pero los propietarios de la misma acera, apelando nuevamente al Consejo de Castilla, consiguieron que en 1742 (aún estaba sin resolver el caso anterior) se parase también aquí la obra. Eran varios litigantes: uno perdía su casa (luego le acabaron compensando en otro lugar), otro perdía unos cuantos pies de fachada y vistas.

Después de un año, el Consejo instó a que se nombrasen técnicos que pudiesen acercar las posturas, pero no se avanzaba. Y en 1943 apareció, oh sorpresa, Andrés García de Quiñones, ya con 34 años y arquitecto de los jesuítas. También, como antaño, con una propuesta: si se desplazaba la línea, si se avanzaba, la plaza se hacía más cuadrada y se afectaba sólo a una casa. El Ayuntamiento (cuya casa quedaría algo más estrecha) vio, no obstante, los cielos abiertos.

Pero era un asunto técnico: debería informar sobre el asunto un tercer arquitecto, ni Larra ni Quiñones. Lo hizo Juan García Berenguilla, un extravagante "peregrino" (así se llamaba), que decía poder predecir hundimientos. Se puso totalmente del lado de Quiñones, y dijo de Larra que su proyecto (y de su tío) estaba mal calculado, mal compuesto y que dificultaba el paso de los carruajes. Un desastre. Recomendó incluso abandonar los cimientos realizados. Como consecuencia, se echó a Larra y se contrató a Quiñones (¿dije que trabajaba para los jesuítas?).

7. Cuando parecía ya todo encarrilado

En 1744 se habían resuelto todos los problemas. ¿Todos? No: Ahora Larra exigió explicaciones y también pleiteó. Se atascó la obra, una vez más. En 1748 un nuevo corregidor llegó al Ayuntamiento y repasó los pleitos pendientes, entre los que estaba, naturalmente, el de la plaza. Impulsó su solución. Se llamó al famoso arquitecto Sacchetti, quien recomendó a fray Antonio de San José Pontones (que vivía en la Mejorada de Olmedo) para que se desplazase a Salamanca e informase: volvió a darle la razón a Quiñones.

8. Finalmente, la plaza... casi completamente terminada.

El 23 de mayo de 1750 el rey Fernando VI expedía cédula ordenando la ejecución de la obra. Si bien en el decreto ponía sus condiciones. Entre ellas, el requisito de uniformidad: "atendiendo a que la mayor perfección de las obras grandes consiste más en la uniformidad del todo que en la especial arquitectura de sus partes". En consecuencia, se podó el ayuntamiento de adornos, e incluso se pensó en cambiar parte de los construido para conseguir mayor uniformidad.

Pero no terminó la cosa completamente. Hubo una bronca más (y fuerte), esta vez con la Universidad, porque quería poner un arco en su casa. ¿Quien era el arquitecto de la Universidad? Larra, naturalmente. Y Larra, naturalmente, perdió una vez más.

En esta 2ª fase de la plaza el Ayuntamiento sólo intervenía subsidiariamente si los particulares no podían construir sus casas, no como en la primera, que hacía todo. Tampoco se actuó ahora por administración, sino por contratas y destajos. Y la obra, ya sin nuevos sustos, se completó en 1755. ¿Del todo? No: la espadaña del Ayuntamiento sólo se construyó en ¡1852! El proyecto llevó unas pocas semanas. La primera fase, 4 años. La segunda (1733-1756), 23 años. Todo, completamente: 128 años.

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