Detalles del post: Un tumulto de adioses

09.05.08


Un tumulto de adioses
Permalink por Saravia @ 12:52:56 en Poética -> Bitácora: Plaza

Signos poéticos de la estación, el puerto, el aeropuerto

Un beso de despedida (imagen de farm3.static.flickr.com)

Es desde la estación o el puerto donde hay que empezar a hablar de la ciudad. Ámbitos de bienvenidas y despedidas que acompañan a unos sentimientos “concentrados por la espera” (Edel Juárez). Espacios de intensidad, donde llegan buques, trenes, aeronaves, pletóricos de pasajeros. John Berger expresó limpiamente lo que allí se da: “un tumulto de adioses” (Páginas de la herida) simultáneos, en lo que constituye alguna forma de adiós colectivo. Aunque ahora con menor intensidad afectiva que antes, al distribuirse en fases (pasaportes, embarques, controles), que lo desnaturalizan. ¿Cabría pensar en otra solución menos ortopédica de llegar o de marcharse? En cualquier caso, son las estaciones y los puertos lugares aún más dolorosos para quien ni siquiera tiene lágrimas que dar o recibir, pañuelos que agitar. Oigamos a Dulce Mª Loynaz cantar al viajero –ella misma- que llega a puerto y nadie le espera: el viajero “que pasa entre abrazos ajenos y sonrisas que no son para él (...) se alza el cuello del abrigo en el gran muelle frío”.

[Mas:]

Es legítimo comparar puerto, estación, aeropuerto. E incluso la estación de autobuses, que también participa, más humildemente, de la misma condición. Muchos poetas lo hicieron: Neruda hablaba del ferroviario como “marinero en tierra”, y de unos trenes que cumplían “su navegación terrestre”. Fijman también lo hacía en “El viajero amargado”. Y Atxaga lo sugiere al ver cómo todas las tardes las gaviotas se reúnen... “frente a la estación del tren”. También es llevadera la comparación de estas instalaciones con las antiguas puertas de entrada a las ciudades. De hecho son las puertas que nos quedan, hoy que el acceso a pie o en vehículo rodado no cuenta ya con ningún espacio de bienvenida: una pérdida más.

La confrontación nos remite a su frenética actividad. José Luis Rivas habla de “alborozo de puerto”. En efecto, son espacios de ruido y de olor, de alboroto y de alborozo; de estruendo de martillos y ruido de goznes, de choque de vagones, de campanas, silbatos, bocinas y sirenas que mugen, del rugido de los despegues. De un pesado olor a nafta y a carbono que “se esparce, a lo largo de los muelles, por callejones” (Rivas). Lugares de intensidad, desde luego. De ahí que no haya sitio más desconsolado que las estaciones abandonadas o los puertos con “mástiles llenos de nidos” (Huidobro). Y de ahí también el gusto por las estaciones deshabitadas cuando se quiere acompañar al desconsuelo: “Te gusta quedarte en la estación desierta cuando no puedes abolir la memoria” (Jorge Teiller).

Comparten un inconfundible tono afiebrado, que el glacial lamento de las gaviotas marca en los puertos, y el vuelo de los vencejos o las golondrinas en las estaciones. Pero se trata de una nostalgia solar. Pues en todos ellos brilla una luz “completa, sin párpados”, del día desnudo (otra vez Neruda). Su “deber hacia la geografía” es ineludible; pero también se les ha considerado como los más cumplidos “no lugares”, espacios sin atributos (Breton escribió un poema precursor: “Non-lieu”). Podría ser cierto, y quizá venga de antiguo, cuando se reutilizaban algunos proyectos de estaciones en unas y otras ciudades, sin referencia alguna al emplazamiento. Pero quizá su condición cultural sea tan fuerte que lime, a nuestros ojos, las aristas del sitio: “Me detenía en muchas estaciones, todas iguales en el son rasgado de una campana trémula”, escribió Barbieri.

Allí es donde la ciudad se ofrece entera al que se va, al que regresa o viene. Como una amante, tendida “en las hileras de luces del largo aeropuerto” (la imagen es de Eugenio Montejo). Es extraordinaria la llegada en barco a una Buenos Aires que se ofrece generosa hacia el mar dulce (el río); pero ¿se vive la ciudad entera, se siente toda al arribar al embarcadero? Pocos puertos permiten esa lectura. Y deberían hacerlo. Pues aunque Juana Rosa Pita aluda al “puerto de mis manos”, las estaciones y los puertos no son sólo acogedoras oquedades. Por ellas llega a la ciudad el mundo. Y si la ciudad fuera un cuerpo (una metáfora reiterada), esas terminales serían sus ojos y sus bocas, los principales elementos de su expresividad. Que habrán de tener forma definida, clara. Pues de no tenerla esos puertos diluidos serían ojos con derrame; y esos aeropuertos sin forma, bocas desgarradas.

Unos espacios que viven del contacto con la lejanía. La distancia larga es parte intrínseca. En un caso el horizonte, en otro la curva distante de las vías; y en los aeropuertos el cielo abierto, la eterna profundidad del firmamento. Siempre la lejanía, la promesa. Por eso todo es azul allí (Raúl Contreras): azul de horizontes, vistos o sugeridos. Y de ahí el infierno de las modernas (negras) estaciones subterráneas. Se precisan horizontes, sí. Pues al venir al puerto “queda un paisaje atrás: otro enfrente, esperándonos” (Pedro Salinas). Esperándonos: una invitación a partir (“hay que partir, decíanme los postes de lado a lado”: otra vez Barbieri).

Para los viajeros el puerto es también algo más. Es refugio, espacio seguro, “sereno” (Daniel Campos). Cervantes hablaba del “seguro y dulce puerto” (dulce: qué expresión tan deliciosa) que desde el mar es “ansiado” (Julián del Casal). Pero es también donde desciende quien no sigue viaje, lugar donde se pierden compañeros. (Óscar Hahn lleva esta idea a sus espacios más extremos: “y quizá el amor no es más que eso: / una mujer o un hombre que desciende de un carro / en cualquier estación de metro”. Amor –fugaz- y metro).

Es el espacio urbano de máxima tensión simbólica: el mar frente a la tierra; lo horizontal y húmedo, frente a lo quebrado y seco; lo blando frente a lo duro; lo arraigado frente a lo desarraigado; el ancla frente al velamen (I. Gómez de Liaño, Paisajes del placer y de la culpa). Lugar de colisión entre dos masas desmesuradas e inabarcables, el mar y la ciudad. Zona privilegiada de exhibición, parpadeante señal de algo que no es ella, de algo situado en un interior ignorado. El límite, en el puerto, de la tierra y el mar; de la ciudad y el campo, en la estación (pese a que pudiera producirse dentro ya de la fábrica urbana), es el lugar de encuentro por antonomasia. Un encuentro que se presenta con rostro sugestivo, y que devuelve a la ciudad su germen fundacional. El mar, que se ofrece siempre como un inmenso campo abierto a la esperanza, allí hechiza a la ciudad, con la que se interpenetra, sin llegar a saber nunca si tal operación pertenece al sueño o la vigilia. Gil de Biedma resolvió, abatido, la tensión, personalizándola: “Más, cada vez más honda / conmigo vas, ciudad, / como un amor hundido / irreparable”.

No está hecho el puerto para viajes de rutina. Su atractivo es deudor de los periplos que a él confluyen, y que se asocian con descubrimientos. Aunque hoy son cada vez más frecuentes los viajes sin exploración, que caben “en un metro cuadrado de la vida” (Horacio Rega), la multiplicación de los desplazamientos rápidos o de rutina, casi sin expectativas, atenúa el valor del puerto. Antaño envueltos, puertos y estaciones, de brumas y hollín, con los “aeropuertos comidos por la niebla” (Mario Trejo), hoy son espacios cada vez más nítidos, que se resisten a disolverse en un horizonte desconocido: quizá otra señal más del empequeñecimiento del mundo, que ya creemos ver completo.

Son consideraciones que podrían ser útiles para proyectar estos espacios con esa dimensión poética (el imaginario colectivo), propia de la civilización. Pero si se me permite una última nota, convendría no olvidar tampoco, al proyectarlos, su cualidad universal, babélica. Por decirlo con Verhaeren (en “Le port”), allí están “cien pueblos fundidos en la ciudad común”. Allí se ven (“Plus loin que les gares, le soir”) las “puertas del mundo a pleno sol abiertas”. Seguramente son los espacios más singulares de las ciudades, pero no les pertenecen. “No les pertenecen o les dan la espalda” (F. Morábito): como los ojos, son de todos.

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