Detalles del post: La lógica oculta de la ciudad

14.05.08


La lógica oculta de la ciudad
Permalink por Saravia @ 02:59:52 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

Siguiendo a Tim Harford

The proposal in the park in the rain... (Fotografía de José Luis Ávila Herrera procedente de i164.photobucket.com)

Después de la lluvia (Après la pluie), los parques continúan casi vacíos. Les cuesta recuperar la animación, la vida. Y también al llegar la noche, en cinco minutos se despueblan. Por alguna extraña razón se vacían no poco a poco, sino rápidamente. Los parques cambian con el estado atmosférico y las horas del día. Pero a esas mismas horas otros espacios urbanos concentran toda la animación. Después de la lluvia, las terrazas de las cafeterías bullen y los bulevares se revitalizan. ¿Por qué esas diferencias? "Todo aquello que un economista ve detrás de las multitudes de niños dándose empujones en el parque lleva el engañoso nombre de externalidad positiva". Según Tim Harford las distintas externalidades que unos y otros espacios brindan son determinantes. Veamos brevemente cómo lo expone en su libro La lógica oculta de la vida (Madrid, Temas de Hoy, 2008).

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“¿Por qué se da un contraste tan acentuado en el ambiente de un parque, de forma que el cambio de algunos grados o unos pocos minutos marquen la diferencia entre que vayan a él cincuenta personas o nadie en absoluto? La diferencia está en la interacción. Cualquier espacio urbano está lleno de humanos que interactúan, pero, sobre todo, lo está en los parques. Cuando mi hija y yo vamos al parque en un día nublado no nos quedamos mucho tiempo; no porque el clima sea espantoso, sino porque el parque es aburrido”. Por el contrario, en las buenas horas “la gente está allí porque el parque está animado; y el parque está animado porque hay gente allí”.

Sí: las externalidades positivas. El autor es economista y concibe el funcionamiento de los parques y de toda la ciudad, su lógica, con mentalidad de economista. “Cuando voy al parque con mi hija, estoy brindándole una externalidad positiva al parque: otras personas disfrutan del hecho de que estemos allí, aunque nosotros no consigamos gozar de su disfrute”. Es lo opuesto a la contaminación o la congestión del tráfico, donde los culpables perjudican a los demás sin sentir su dolor, sin verlo; y sin sentirse, por lo tanto, culpables. Pero aunque las externalidades positivas suenan como algo maravilloso, en realidad, dice Harford, “no lo son. Si disfruto del parque sólo cuando tú estás allí y tú disfrutas del parque sólo cuando yo estoy allí, es muy probable que ninguno de los dos vaya”. Porque “con demasiada frecuencia una externalidad positiva representa un beneficio puramente hipotético, que se disfruta en un destino al que nunca se llega por un camino que nunca se toma”. Muchas gracias por el optimismo, Harford.

Lo cierto es que el libro puede ser muy útil para los urbanistas. En él se da cuenta de muchos casos de posible aplicación donde “las pequeñas cosas marcan una gran diferencia”. Comenta, por ejemplo, otras situaciones de uso de los parques (en función de los "equilibrios múltiples" que allí se den), la seguridad de las calles (dependiendo de “sutiles detalles del diseño urbano”), y muchos más. En bastantes casos, incorporando estudios estadísticos e investigaciones específicas para avalar sus razonamientos. Por ejemplo, cuando se refiere a la menor seguridad frente al delito que conlleva el uso de edificios altos en el diseño de espacios urbanos. Reúne una serie de observaciones prácticas y razonamientos minuciosos, de una racionalidad cierta. El subtítulo del libro es realmente impresionante: “Cómo la economía explica todas nuestras decisiones”. Pero en muchos casos no nos va a servir para su uso directo, y necesitará, por decirlo de algún modo, previamente algo de cocina.

Por ejemplo, en lo que se refiere a uno de los capítulos más llamativos del texto, el dedicado a “los peligros del racismo racional”. Su argumento es, muy resumido, éste: hay varios tipos de racismo, que conviene distinguir, analizar y descubrir "su lógica". El primero, el más clásico, el de la intolerancia ciega, que no parece tener ningún futuro. Un segundo tipo, el estadístico (que el autor prefiere denominar “racional”, porque la gente que lo mantiene sólo es racista cuando le compensa serlo). Se trata de un tipo de racismo que tiende a perpetuarse, y sólo desaparecerá si se hace algo al respecto. Supone decidir sobre la gente en función del grupo al que pertenece, porque los resultados estadísticos de ese grupo te dan información económicamente relevante.

Así sucede, por ejemplo, cuando en Estados Unidos se contrata antes a un blanco que a un negro porque los negros, estadísticamente, tienen peor formación que los blancos. Es un racismo extendidísimo (con un razonamiento semejante, por cierto, al de las compañías de seguros cuando te cobran más por pertenecer a un “grupo de riesgo”), y que contribuye a perpetuar la discriminación. Pero hay también un tercer tipo de racismo, derivado del propio grupo afectado, que puede penalizar a quien “se comporta como un blanco”, al entender que huye del grupo y busca una salida individual. La suma de los tres racismos es, ya lo sabemos, letal.

El autor supone que el primer tipo desaparecerá paulatinamente, porque, además de injusto e inmoral, es antieconómico para sus propios practicantes. Pero el segundo no lo es. Todo lo contrario. En consecuencia, defiende la aplicación pública de los sistemas de cuotas (la discriminación positiva), aunque cuidadosamente diseñados: “No todos los programas de discriminación positiva son iguales”, dice. Y respecto al tercero, prevé la posibilidad de establecer incentivos grupales, con los que se podría luchar contra el problema de “actuar como un blanco”. De este último caso no hay todavía resultados concluyentes, pero “vale la pena intentarlo”.

Por último señala la importancia que tienen los “conectores”, esas personas que viven cerca de los guetos y que “construyen puentes para propiciar el acercamiento, miembros de los grupos minoritarios que viven fuera del gueto y lo conectan con el mundo exterior”. Su papel es esencial en la reducción de los índices de segregación. En consecuencia, actuar a medio plazo (no hay soluciones mágicas, inmediatas), con grandes inversiones públicas y poniendo en marcha procesos de cambio a partir de los bordes, de las áreas de contacto. (Esta última frase no procede de Harford, es sólo nuestra opinión).

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