Detalles del post: Las diez acacias del Hotel Francés

18.05.08


Las diez acacias del Hotel Francés
Permalink por Saravia @ 20:24:06 en Pequeñas cosas -> Bitácora: Mundos

Un grupo de árboles que crea un lugar

Las acacias de la plaza San Felipe Neri, una tarde de mayo de 2008 (foto: MS)

Un buen árbol, si está bien emplazado, le proporciona a la calle donde esté algo de belleza y paz. Porque, lo sabemos, el árbol significa mucho para nosotros. Nuestra historia está poblada de árboles, desde el primer día. Y cada árbol es, de alguna forma, signo de esperanza. Su sombra da cobijo, y su follaje bienestar. Sus flores y sus frutos, su aroma y su color, son estimulantes. (También nos regalan algunas alergias, pero es que ni siquiera los árboles son criaturas perfectas). Sus raíces se agarran a la tierra (digamos que son nacionalistas) y recuerdan el agua que necesariamente habrá debajo. Su rumor acompaña. Perder y ganar las hojas nos anuncia la primavera y el otoño. Y a todos los árboles se puede subir. En algunas culturas el árbol plantado delante de la casa da la bienvenida. Y en otras muchas las reuniones esenciales, o fundacionales, se hicieron a los pies de algún árbol específico. En todo caso talar un árbol es, más o menos, perder un amigo.

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Los vemos cercanos porque no nos resulta difícil identificar su forma con el cuerpo humano. En el Cantar de los Cantares la mujer amada es descrita como una palmera, y Al-Mutamid la veía como una rama de sauce. Los árboles altos y resistentes se han tomado por seres humanos justos y valientes. También se han visto (y se siguen viendo) como reencarnaciones de hombres y mujeres (ahí está Dafne, que escapó de Apolo haciéndose laurel). Y sus copas son tan acogedoras que también se han concebido como alojamiento de almas vagabundas (en Australia, donde no hay cigüeñas ni está París, los warlpiris creían que las almas se van acumulando en los árboles a la espera de que pase por allí la mujer adecuada para saltar hacia ella y luego nacer). El mito del árbol de la vida, el árbol origen de la vida, es universal (el sicomoro egipcio, el árbol de la Cábala, el del jardín del Edén, árboles de hindúes y escandinavos, o de algunas culturas africanas). Y para los celtas no sólo debe asociarse a los árboles la vida, sino también la escritura. Los 25 caracteres de su alfabeto recibían su nombre de un grupo de árboles sagrados (puede leerse a Robert Graves, en La diosa blanca, de 1966).

Los árboles en su medio

Mitos, historias, leyendas, cuentos, con miles y miles de árboles en ellos. Pero cuando hacemos urbanismo los objetivos para plantar árboles son mucho más prosaicos: demarcar límites y zonas, proteger del viento o crear barreras visuales, dar sombra y embellecer espacios de recreo o esparcimiento, como parques y plazas. Se disponen aislados, en parejas, en grupos, en alineación (o en dobles o triples líneas), en bosquetes, en grandes masas, etc. Pero es que incluso en esta labor meramente instrumental con frecuencia nos equivocamos al determinar el emplazamiento de los distintos ejemplares. El árbol en la ciudad no crece como lo haría en el bosque, donde ya la selección natural se encarga de ajustar distancias y formar asociaciones vegetales convenientes. Y sin embargo, muchas veces se plantan árboles en las ciudades sin una correcta preparación del suelo o sin que dispongan de espacio suficiente, equivocándonos también en la selección de especies. Todo lo cual deriva en árboles débiles o enfermos, mal anclados, y muchas veces podados drásticamente porque sus ramas estorbaban a edificios próximos o sus hojas molestaban al Servicio de Limpieza. También podemos ver algunos árboles cuyas raíces invaden las conducciones de agua o saneamiento, levantan pavimentos y agrietan muros.

No hay nada más bello que un árbol con su porte y desarrollo natural. Lo deseable es por tanto seleccionar las especies de forma que, con intervenciones mínimas, no entren en conflicto con el entorno, puedan conseguir su espacio vital y atender a sus requerimientos bioclimáticos. La poda del arbolado urbano, de la que hemos hablado antes, es un factor controvertido. “Les aseguro que hay quienes están convencidos de que los árboles caducifolios deben ser podados todos los años sin que sepan dar una buena razón del porqué. Quizás porque eso es lo que han visto toda su vida en la huerta”, nos dice José Manuel Sánchez de Lorenzo en esta web. Y continúa: “Hay que tener en cuenta que cuando podamos excesivamente un árbol año tras año, el gasto energético que le supone reconstruir su ramaje lo va debilitando, y si a esto le unimos la mala calidad de los suelos, la contaminación, etc., estamos hipotecando la vida del árbol, es decir, lo estamos matando poco a poco. Así de claro (...). En líneas generales, hemos de decir que todos los autores suelen coincidir en que la mejor poda es aquella que no llega a realizarse, opinión con la que estamos totalmente de acuerdo”.

Los árboles entre la gente

Pero al hablar del arbolado urbano nos interesa especialmente su relación con la población de la ciudad. Desde luego, la gente necesita de los árboles. No hay duda de ello. Pues bien: es importante que se dispongan de tal manera (cerca de la gente, útiles a la gente, pero no sólo de forma instrumental -para sombra, aroma o color-, sino también por su potencial cultural), de forma que sean los mismos árboles los que con su cercanía y utilidad reclamen de la gente su cuidado. Se pone en marcha “una interacción muy sutil”. Los árboles obtendrán más cuidados si el espacio donde crecen es utilizado habitualmente por la gente. Si quedan lo bastante cerca de la población como para que ésta cobre conciencia de su presencia y de su valor. O dicho de otra forma: es importante que los árboles organicen en su torno espacios sociales.

Y así, si forman espacios sociales, serán también, probablemente, capaces de crecer de modo natural. Unos espacios sociales que enuncian Ch. Alexander, S. Ishikawa y M. Silverstein: “Lugares donde estar, por los que pasar, donde soñar, adonde ir. Los árboles tienen la capacidad de crear diversas clases de lugares sociales: una sombrilla, allí donde un sólo árbol de copa extensa y baja, como el roble, define una habitación exterior; un par, allí donde dos árboles forman una entrada; una plaza, allí donde cierran un espacio abierto; y una avenida, allí donde una doble hilera de árboles, con sus copas en contacto, trazan un camino o una calle. Sólo cuando se realiza el potencial del árbol para formar lugares, se siente su presencia real y su significado”.

Ahí están las diez acacias que quedan de las trece que se plantaron en la última urbanización de la plaza de San Felipe Neri de Valladolid, realizada a finales de los años 80. Forman un grupo interesantísimo (que se complementa con los tilos de la calle Enrique IV y del retranqueo de la plaza del Salvador). Se sitúan delante de la vieja fachada de lo que fue el Hotel Francés, creando un ámbito único y acogedor, con sus largos troncos y su sombra frágil, ahuecada, alta. Un espacio donde se concentran varios comercios, edificios de viviendas, algún lugar de ocio de los jóvenes, el acceso a la iglesia que da nombre a la plaza, el Colegio de Notarios y la Residencia Universitaria Reyes Católicos (en el restaurado edificio del viejo hotel). Hace muy pocas semanas cayó otra de las acacias del grupo. Ya sólo quedan diez. ¿Qué ha pasado? ¿Falta de cuidados? En cualquier caso, la ironía viene ahora. Según nos dijo De Nerval en su Viaje al Oriente y nos recuerda J. E. Cirlot, la acacia enseña, precisamente, “que hay que saber morir para revivir en la inmortalidad”. ¿Estará pensando esa acacia caída en rebrotar?

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