Detalles del post: Los pies en el agua

21.05.08


Los pies en el agua
Permalink por Saravia @ 00:08:56 en Pequeñas cosas -> Bitácora: Mundos

El agua accesible

Los pies en el agua. Foto de yralim.blogspot.com

El agua nos fascina “porque estamos hechos de arcilla y lágrimas”: así lo creía el poeta lituano Oscar V. de L. Milosz. Y lo reitera Gaston Bachelard cuando escribe: “No puedo volver a sentarme cerca de un río sin caer en una profunda ensoñación, sin volver a encontrarme con mi dicha” (El agua y los sueños). Un río, un aljibe, un estanque, el mar. No el agua mía, sino el agua anónima, de todos, porque “el agua anónima sabe mis secretos”.

[Mas:]

Nuestras vidas están disminuidas si no podemos establecer un contacto rico y frecuente con el agua. Pero en las ciudades pocas veces es posible. Las piscinas están confinadas y su uso ni es espontáneo, ni está abierto a todos. Los ríos, salvo en contados lugares, tampoco son accesibles. Las láminas de los parques suelen estar también vedadas al contacto. Y el agua corriente que viene del grifo no proporciona ninguna emoción. La configuración habitual del espacio urbano no permite ver ni entender el ciclo del agua en la naturaleza, ni cumple su potencial emocional.

Una pérdida que nos ha traído el progreso, pues en las ciudades más pobres este contacto suele ser más fácil y verse más favorecido. Pero es un déficit recuperable. Pues no es difícil imaginar una ciudad con cientos de lugares accesibles al agua de modo espontáneo. Con agua para nadar, agua para sentarse a contemplarla, para el juego, para chapotear con los pies. Con un sistema de recogida de la lluvia y un drenaje natural que la haga correr a la vista de todos. Con estanques poco profundos y accesibles a los niños. Con depósitos de almacenamiento visitables, quizá rematando algún paseo. Y sobre todo, una ciudad en la que el agua sea útil para el juego. Porque si el agua nos fascina a todos, resulta especialmente atractiva para los niños. En el agua saltan y al agua arrojan piedras para hacerlas saltar o para que dibujen círculos concéntricos (algo así como nuestra vida).

El agua nos da una específica dimensión del espacio: su profundidad, su silencio. Cerca del agua “la gravedad poética se profundiza. El agua vive como un gran silencio materializado”. Los ríos profundos son seres vivos, en la visión de Arguedas. En el limo del fondo "se esconden restos de naufragios y turbias escorias del corazón" (Magris, al comentar Verde agua, de Madieri). Y a veces se nos presentan como bestias (así ve uno de los personajes al Jarama en la novela de Ferlosio), que todos los años devoran a alguien, aunque renueven su cauce con nuevas aguas y traten de borrar las huellas de la muerte.

Pero también el agua ofrece el espejo más amable. Mantener los cursos naturales, con la vegetación de sus riberas, da una textura más vívida a las ciudades. Porque el agua viva nos da frescura, una fuerza de despertar. Frescura que sentimos al lavarnos las manos en el arroyo, o al hundir los pies desnudos en el agua. Frescura que “se extiende, se expande, se apropia de la naturaleza entera, y se vuelve rápidamente la frescura de la primavera” (Bachelard), que se despliega en toda la ciudad cuando está tomada por el agua.

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