Detalles del post: La tapia de las Catalinas, y otras tapias

24.05.08


La tapia de las Catalinas, y otras tapias
Permalink por Saravia @ 21:23:04 en Pequeñas cosas -> Bitácora: Mundos

Fachadas silenciosas

Tapia hacia San Quirce del Convento de Santa Catalina (foto: MS)

El tratamiento de las calles no ha de ser uniforme, homogéneo, único. La ciudad es un tejido, no un material continuo. Un lienzo que necesita simultáneamente espacios para la actividad y lugares para el descanso, calles con ajetreo y paseos de quietud. Todo bien trenzado, como se entrelazan la urdimbre y la trama del tafetán o de la sarga. No hay que inventar cómo articularlos, pues ya la ciudad tradicional y las villas rurales poseen ambos tipos de vías bien diferenciadas y correctamente trabadas, conectadas. De hecho, la parcela prototípica, alargada entre dos vías paralelas, se abre en un frente a la comunidad (la fachada principal) y deja el otro (las traseras, o fachada de servicio) a distintos usos utilitarios o complementarios, sin la tensión de la presencia pública. Unas calles de vida, otras de paz.

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Interesa proporcionar este tipo de espacios emparejados porque a ellos se asocian experiencias urbanas ricas y diferentes a las de un supuesto y anodino estándar de actividad. Interesa plantear, por un lado, las calles bulliciosas, con una animación tan viva y positiva que “su ruido, incluso con todas sus molestias, no interrumpe mis ensoñaciones más de lo que lo haría un arroyo”, como decía Descartes del follón de Amsterdam. Y por otra lado, si se nos permite la cita, la “tranquilidad violeta, por el sendero, a la tarde”, de que hablaba Juan Ramón Jiménez. Tranquilidad. Porque efectivamente estamos hablando del ruido, una de las principales agresiones a la vida urbana, con efectos nocivos sobre la salud de la gente.

Se calcula que en España más de nueve millones de personas soportan niveles excesivos de ruido en su actividad diaria. La fuente principal, lo sabemos, es el tráfico rodado, que es el causante de casi el 80% de la contaminación acústica. Si bien no es el que resulta más molesto, ya que algunas actividades de ocio juvenil (ruido procedente de sus vehículos, pero también de su música) se soportan peor. En cualquier caso la tensión, el nerviosismo, las dificultades de concentración, el aumento de la agresividad y del estrés y otros efectos asociados al ruido excesivo y, permítasenos decirlo así, desordenado, son inexcusables.

Por eso se propone, al modo de “islas acústicas” la creación de calles tranquilas intercaladas entre el ajetreo, o al menos la protección efectiva de las existentes. E incluso es posible enlazarlas, formando anillos continuos de vías de menor intensidad de uso, de callejones agradables y silenciosos que trenzan recorridos peatonales. Unos paseos que conviene estudiar para evitar que se conviertan progresivamente en futuros ejes de actividad, o se carguen de un tráfico indeseado. Lo lógico sería que se relacionasen estos paseos con los interiores a los parques o los que siguen los bordes del mar o de los ríos. Pero se trata de espacios frágiles que, como decíamos, es necesario proteger activamente. En dos sentidos. Primero, para garantizar que ofrecerán alivio suficiente al ruido. Los mismos edificios que miran hacia las calles animadas pueden servir de protección para las tranquilas. Y también, aunque en menor grado, los espacios ajardinados intermedios. Eso sí, ha de haber distancia entre las calles ruidosas y los ámbitos que se pretenden silenciosos. Para que funcione han de estar aislados de la vista y el sonido del tráfico. Y cuanto más reducida sea esa distancia más intenso debe ser el cierre que separe los dos ámbitos.

Pero también deben protegerse estas vías tranquilas de su transformación por el avance de los usos centrales, siempre ávidos de conquistar nuevas áreas. El comercio, las oficinas, los lugares de encuentro, tienen un afán colonizador que debe controlarse en estas áreas. Es posible hacerlo, desde luego, por medio de la normativa de protección, y sólo es necesaria la voluntad de hacerlo. Es más: esa protección puede tener ventajas también para el otro ámbito, el de la intensidad y ajetreo. Pues si se protegen las áreas tranquilas, se fomenta a la vez la concentración y densidad de los usos más centrales en los espacios apropiados, que así ganan en atractivo.

En cualquier caso, la solución típica es la de la tapia. Esas “paredes hechas con molde” (o con cualquier otra técnica, por supuesto), tienen un interés específico que en este contexto se revela fundamental: aíslan del ruido y crean espacios protegidos también de las de vistas inconvenientes. Pocas veces son apreciadas como objetos del paisaje, y con frecuencia presentan un aspecto poco amable desde fuera, fruto de las sucesivas reparaciones. Pero puede verse también más como modestia que como descuido. Y nunca como hostilidad (salvo esas coronaciones estúpidas de trozos de cristal con que a veces se rematan). Generalmente no es tanto que el peatón no vea el espacio interior como que ese mismo espacio quede protegido del exterior. Desde luego la tapia presta además otros servicios prácticos: puede protegernos del viento y ayudar a que maduren los frutos de las plantas próximas (como recordaba Ruskin). Y siempre envejecer a nuestro ritmo. ofreciéndonos una sombra que puede ser tan querida como la de una arboleda.

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