Detalles del post: Multitudes lejanas como seres queridos

25.05.08


Multitudes lejanas como seres queridos
Permalink por Saravia @ 11:53:18 en Derechos humanos -> Bitácora: Plaza

Una frase de Gil de Biedma para hoy

Un aula escolar en Dinguila Peulh, Burkina Faso, 2007 (imagen procedente de amaif.com)

Uno

Cuando la humanidad se eleva sobre sus temores ancestrales crece la confianza en su condición. El miedo al inmigrante es uno de los más viejos y arraigados. Plutarco y Liu Tsung-Yüan hablaron de él. También lo hicieron Ibn Batuta, Cervantes, Swift, y tantos y tantos otros. Y todavía en el último siglo el tema sigue presente en Camus, Kaplan, Habermas o en el Teorema de Pasolini. H. M. Enzensberger lo caracterizó bien en una nítida parábola (La gran migración): el rechazo al inmigrante tiene el mismo carácter que la antipatía hacia el nuevo pasajero que accede a nuestro compartimento del tren. No hay razón alguna para el sentimiento de rechazo, sino un instinto animal de territorialidad. ¿No habrá que asumir alguna vez que la superación de este atavismo (como antes lo fueron la bíblica ley del Talión o el móvil populista de la venganza pública, entre otros) es una empresa deseable? ¿No habrá que estudiar nunca su posibilidad? Más allá de supuestos realismos (siempre interesados, nunca demostrados), ¿no llegará la hora de encarar finalmente el objetivo de abrir las fronteras? Pensamos que sí, que ya ha llegado.

[Mas:]

Es, desde luego, una cuestión llamativa: ¿por qué no se enuncia nunca? ¿por qué no se dice nunca, ni aunque fuera para negarlo acto seguido por imposible, que sería deseable abrir completamente las fronteras? ¿Por qué no se propone jamás ese objetivo, ni tan siquiera para aplazarlo mil años? Sorprende el diferente trato que damos a asuntos cruciales. Constantemente oímos que hay que acabar con el hambre en el mundo, con la pobreza endémica. Sabemos (nos lo dicen) que, lamentablemente, cumplir tal propósito llevará miles de años. Pero se dice. Paradójicamente, la sima entre los que tienen cada vez más y los que cada vez menos poseen se acrecienta, pero se sigue hablando de que hay que acabar con la pobreza, con el hambre, con la enfermedad en el mundo. ¿Qué miedo hay a proclamar también que habría que acabar (tranquilos, dentro de mil años) con las fronteras?

Es cierto que a su actualidad colaboran demasiados fenómenos culturales paralelos. ¿Cómo podrían hacerse valer los nacionalismos excluyentes que utilizan la identidad como signo de diferencia si cualquiera puede moverse por su territorio? (O, dicho de otra forma: ¿cómo pueden oirse sin rubor declaraciones como las que alguna vez ha hecho Pujol, defendiendo que en Cataluña la capacidad de asimilación de emigrantes es por fuerza menor que la de Madrid?). También colabora el reflujo de lo social, bajo la capa de crítica del idealismo ingenuo (ahora está de moda criticar al pacifista como inconsciente, o al progresista como inconsistente, anclado en el pasado). Habría que mantener la cabeza fría para no dejarse llevar por estas modas y centrarse en lo que importa. En racionalizar las cosas.

Dos

Sólo se justificaría no aludir a ese objetivo si hubiese argumentos contrarios definitivos; si se razonase, con certeza, que abrir las fronteras tendría consecuencias fatales. Y lo cierto es que no existen tales argumentos. Todo lo contrario. Los discursos que se presentan para justificar las fronteras y el control de las personas no son, ni mucho menos, concluyentes. Por de pronto, ahí está la lectura de las cifras. Suele admitirse, sin más, que las emigraciones se dan automáticamente en función de los datos económicos o demográficos de los distintos países, como si respondiesen inexorablemente al principio de los vasos comunicantes. Pero la realidad no es esa. Para que la emigración se ponga en marcha tiene que haber una “industria de las migraciones” que la organice a través de redes transnacionales. Lo cual se confirma al observar que regiones enteras del mundo pobres y muy pobladas no emigran; y, por el contrario, otras con débil demografía, urbanizadas e instruidas ven salir a su población, movida por otro tipo de esperanzas.

Se dice que si no se controla la entrada de personas, seremos demasiados. Y sin embargo ese temor a ser demasiados de muchos países ricos, se comparte irracionalmente con el miedo a ser demasiado pocos; a una progresiva desaparición, por envejecimiento o decadencia, de la población originaria. ¿Qué pasa en Castilla y León?: despoblación. ¿Impulsamos la inmigración?: no. Se dice también que la llegada de inmigrantes afectará negativamente a la economía del país de acogida. Pero también hay quien advierte que ver en la emigración una simple consecuencia de la pobreza, es no entender su función económica. Algunos piensan que la llegada incontrolada de inmigrantes, si no está garantizada su integración, supone un riesgo para el pluralismo y la democracia de los países receptores. Y que esa integración es más fácil con unos inmigrantes que con otros. Pero otros reprochan que tales posiciones conllevan un germen de racismo incompatible con los principios del derecho (el racismo tiene razones que la razón no entiende). Para justificar el cierre de las fronteras y tranquilizar las conciencias se cantan las excelencias del co-desarrollo. Pero no es difícil ver algunas contradicciones de todos esos discursos aparentemente progresistas en favor del desarrollo económico de los países de origen de los emigrantes que son demasiado fuertes.

Por otro lado, los argumentos contra el cierre (que curiosamente se enuncian sin proponer la apertura de fronteras) tampoco son despreciables. En primer lugar, desde luego, se critica la generación de clandestinidad que todas las políticas de inmigración que negocian cupos establecen. Pues, se quieran o no se quieran ver, ahí están los “sin-papeles”: cientos de miles, millones de inmigrantes clandestinos recorren el mundo en una absurda, inhumana, sin salida y contra-derecho, situación jurídica. Y la clandestinidad es la fuente primera de la segregación (detrás de ella vienen las demás: la creciente vulnerabilidad administrativa, los controles de identidad, el trabajo negro, la victimización y criminalización asociadas). Con la clandestinidad, además, se da impulso a la xenofobia, se dificulta enormemente la integración y se favorece la economía oculta. La identificación entre emigración, pobreza y marginalidad, cumple su papel ideológico (la clase marginal, que explica H. Gans, útil para extender el control en todos los ámbitos). Se bloquea una globalización con rostro humano. Y quizá bastase para rechazar la inevitabilidad de las fronteras recordar la historia. Hasta finales del siglo XIX la gente cruzaba las fronteras casi sin traba. Antes de 1914 la noción de trabajador clandestino era inexistente, ya que los movimientos de población en el mundo eran prácticamente libres. Y los países siguieron siendo países. En conclusión: el debate está abierto, y los argumentos no son definitivos. Admitamos, pues, que la cuestión es al menos discutible. Y que asumir acríticamente las fronteras exige una buena dosis de fe, de ideología.

Tres

Si no hay argumentos concluyentes, habrá que plantear, como propósito de humanidad, la abolición de las fronteras. No será fácil, pero tampoco tiene por qué ser imposible. ¿Alguien piensa que otros logros de la civilización fueron regalados? Hirschman nos recuerda, en sus Retóricas de la intransigencia, lo sucedido en algunas otras ocasiones. Para aceptar el sufragio universal, por ejemplo, hubo que superar toda un enorme resistencia cultural que veía a los trabajadores como “masas vociferantes llamadas el pueblo” (Burckhart). Para asimilar el estado del bienestar, incluso en sus formulaciones más incipientes (las leyes de pobres), fue preciso salvar una potentísima corriente de opinión que lo veía como “promoción de la pereza”. Y antes, la abolición de la esclavitud se hizo superando el “sentido común” que la justificaba, expresado brutalmente por Tomás de Mercado (“es gente bárbara y salvaje y silvestre, y esto tiene anexo la barbaridad, bajeza y rusticidad cuando es grande, que unos a otros se tratan como bestias”). La superación del racismo exigió ver la irracionalidad de la teoría que defendía la existencia de “una natural desigualdad” entre las diversas razas humanas, siendo unas superiores a las otras y teniendo además derecho a prevalecer sobre éstas.

La abolición de la pena de muerte también recorrió un camino delicadísimo en el que la idea de que los asesinos merecen la muerte parecía lo natural. El mismo Rousseau llegó a escribir (en el Contrato Social) que "todo malhechor, atacando el derecho social, conviértese en rebelde y traidor a la patria (...). La conservación del Estado es entonces incompatible con la suya; es preciso que uno de los dos perezca". Y puede decirse, en general, que la implantación efectiva de los derechos humanos está aún muy lejos de su generalización (especialmente los de carácter económico y social; o los de nueva generación, como el derecho al medio ambiente) porque existe un potentísimo movimiento de reacción que se niega a reconocer derechos a un grupo de población en el que vinculan pobreza y criminalidad (o dicho de otra forma: porque los pobres son culpables de su destino). Pero son todos ellos propósitos asumidos o en vías de su asunción completa por la sociedad, progresivamente exigibles a los gobiernos. Forman parte de lo mejor de la civilización, de lo que da sentido a la condición humana. Habría, pues, que apuntar alto en el tratamiento universal de las corrientes migratorias.

Aprovechar este momento en que la sensibilidad está abierta y romper con tantos siglos de historia en que los pintores han representado con el rostro negro a los malvados (desde el siglo XII, según Mollat) y los escritores al Otro convertido en Monstruo, del que exalta su alteridad y no la identidad de todos los seres humanos (Zumthor). Es preciso superar los sentimientos primarios. Pues el miedo al extranjero es un sentimiento, no un principio. Y, como dijo Camus, “si el crimen pertenece a la naturaleza humana, la ley no pretende imitar o reproducir tal naturaleza. Está hecha para corregirla". Ha de ser ahora cuando se diga alto que no hay futuro razonable y decente en el que no se reconozca el derecho universal a la libre circulación y el libre asentamiento. Sin traba, sin exclusiones, sin distinción de origen. Ahora cuando se diga que la tardanza en tal reconocimiento sólo añadirá sufrimiento innecesario, evitable, a la ya de por sí dura emigración (siempre necesaria, siempre inevitable). Una demora absurda, fundada sólo en el egoísmo (miope) y el miedo (irracional) de los de dentro.

Cuatro

Y en su falta de memoria. Pues todos somos o hemos sido, o nuestros padres fueron, emigrantes. Todos a la ciudad hemos llegado de fuera o somos hijos de los que vinieron de otros países. Sólo el tiempo y la afluencia de nuevos inmigrantes nos permiten olvidar nuestros orígenes, negar nuestra procedencia. Y hacernos duros, insensibles. Gil de Biedma habló de las “multitudes lejanas como seres queridos” en su visión de la ciudad (poética). Nos hemos permitido tomar su verso para enunciar este propósito, radicalmente comprometido con la humanidad. Un propósito de tres hebras que han de formar trenza: 1ª) el enunciado de la apertura de fronteras como objetivo; 2ª) la honestidad en la evaluación de la información existente sobre la cuestión; y 3ª) el coraje cívico para modificar la realidad hasta alcanzar la justicia. Tres puntos sobre los que hoy casi todo es carencia.

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