Detalles del post: Corría el año 1984

01.06.08


Corría el año 1984
Permalink por Saravia @ 18:27:55 en Valladolid -> Bitácora: Plaza

Por qué el Plan Rogers no se puede aprobar como una simple modificación del Plan General de Valladolid

Funambulistas en la Plaza Mayor, en 1981 (imagen procedente de aytovalladolid.net)

Corría el año 1984 (sí: los que tienen menos de 24 años ni siquiera habían nacido) cuando se aprobó un nuevo plan general para Valladolid. El anterior había durado 14 años, y de él se conservaban bastantes cosas (algunas estructurales, no lo olvidemos), pero otras muchas, y esenciales, se transformaban por completo. Lógicamente se aplicó la figura legal de la "revisión". Ahora, cuando se va a poner en marcha una operación de la que se ha dicho que "marcará un antes y un después" en la ciudad, no se propone, sorprendentemente, una nueva revisión del plan general, sino que se pretende tramitar como una simple modificación puntual. Y lo más interesante es que el plan de referencia (el que diseñó el modelo de ciudad y lo justificó), el que se dice que sigue estructurando la ciudad, es el de 1984. ¿Por qué hacen unas cosas tan raras?

[Mas:]

1. La propuesta de Rogers frente al Plan General vigente

El artículo 7, titulado “Objetivos”, de la “Modificación puntual del Plan General de Ordenación Urbana de Valladolid para la reordenación de la red ferroviaria central” (que así se denomina oficialmente lo que en la prensa se conoce como Plan Rogers) dice: “La propuesta tiene como objetivo generar una nueva estructura urbana para Valladolid, utilizando los terrenos liberados... etc.” Nada menos que “generar una nueva estructura urbana para Valladolid”. Y por si no hubiese quedado suficientemente claro que lo que pretenden es dar la vuelta a la estructura urbana actual de la ciudad, insisten (en el mismo artículo) sobre el tema. Se pretende, dicen, “reconectar la trama urbana fracturada por la línea ferroviaria, crear una estructura urbana reforzada para el conjunto de la ciudad, reconectar la ciudad histórica con sus alrededores, crear un sistema de transporte integral apropiado a la escala de la nueva Valladolid, contribuir... etc.”. ¡La nueva Valladolid! ¿Qué modificación puntual es esa?

No vamos a recoger punto a punto y párrafo a párrafo las veces que en la Memoria se vuelve sobre esta misma idea de que están haciendo una transformación radical de la ciudad, pero el lector puede imaginarse que no lo dicen una ni dos veces, sino muchísimas. Primera conclusión: o se es más humilde, o se tramita el trabajo como lo que se dice que es, una revisión a fondo de la estructura de la ciudad. Porque es cierto que los cambios, respecto al Plan General vigente, son muy importantes. Por citar una sola pieza: el artículo 461 de la Normativa del Plan General vigente dice esto: “Área 20. (Talleres de Renfe). Son sus condiciones: a) Uso: Talleres ferroviarios. b) Condiciones de edificación y edificabilidad: Las precisas para la función específica de la parcela (talleres ferroviarios).” Y en el Plan Rogers la zona se considera residencial y terciaria, con unas condiciones de edificación que difieren absolutamente de las previstas antes. Lo cual resulta admirable, pues ya entonces se decía haber puesto en marcha toda la operación, pero el Plan general pasa olímpicamente del tema. Lo mismo que en Argales (que se seguía viendo como suelo industrial) o en el corredor ferroviario, que seguía considerado como “sistema general ferroviario”.

2. La propuesta de Rogers frente al Plan General de referencia, aprobado en 1984

Pero el problema es aún más grave. Pues no basta cotejar el Plan Rogers con el Plan General (PGOU) vigente, sino que ha de hacerse con el de 1984 (el Plan Yncenga). Al fin y al cabo, el PGOU de 2003 se tramitó como una modificación del anterior; y a su vez éste también se tramitó como una serie de modificaciones del precedente. De manera que a Rogers le toca ahora defender que su propuesta no es más que una simple modificación (“puntual”) del PGOU de 1984. Y no lo va a tener fácil. ¿Se acuerdan de aquellos tiempos? Porque además, como decimos, ha de cargar con la justificación de los cambios efectuados en los planes precedentes (de 1998 y 2003). Ha de explicar que a pesar de lo que ha llovido desde el 84 (qué tiempos), la idea de ciudad no se ha alterado.

Pero, repetimos, no va a ser fácil. El Plan de 1984 planteaba una política de suelo medida y racional; el Plan de 1998 mantenía (incluso reducía) las cantidades de suelo clasificado, pero el actual duplica o triplica las cifras (depende de cómo se midan) de suelo urbano y urbanizable. Con el primero se redujeron drásticamente las alturas de la edificación y se limitó la altura máxima de los nuevos barrios a 4-5 plantas; y Rogers pretende alcanzar los 110 m. en algunos edificios, siendo habituales los de 10-12 plantas. El Plan de 1984 (caracterizado entonces por algunas publicaciones formando parte de los “planes de la austeridad”) mantenía los usos productivos existentes, y Rogers transforma dos grandes paquetes centrales de uso industrial en residencial y terciario. El Plan del 84 tendía a rebajar las densidades habituales en el desarrollo urbano y el Plan Rogers tiende a aumentarlas. Se dirigía a reequilibrar la ciudad (promoviendo, por ejemplo, el traslado de la Universidad a la zona de San Pedro Regalado y Belén, entre otras actuaciones), mientras que el Plan actual deja abandonado el norte y el este, concentrándose en las áreas ya centrales (Farnesio, Talleres) o en el sur y oeste.

Pero no sólo hay que referirse a los cambios producidos, sino también a la propia normativa del Plan de referencia. Pues las condiciones que preveía el propio Plan de 1984 para su revisión se han cumplido sobradamente. Porque en caso contrario, ¿hay que suponer que todo esto: soterramiento, áreas homogéneas, traslado de los talleres, torres de 110 m., etc., lo tenía ya pensado Rodríguez Bolaños en 1984, y que ahora no hacemos sino cumplir con aquellas previsiones? (qué jóvenes éramos en el 84).

3. Pánico a razonar sobre la ordenación urbana de Valladolid

Habrá quien diga que no debería compararse con el Plan de 1984, sino con el de 2003 (aunque se trate de una comparación que tampoco resiste, como hemos visto). Pero esa opción, dicho sea con todos los respetos, no tiene pies ni cabeza (¿es posible decir de algo que es una sandez “con todos los respetos”?). No cabe admitir que una modificación puntual, al aprobarse, pasa a formar parte de la estructura ya vigente, en marcha. Sería lo mismo que admitir que podría transformarse absolutamente una ciudad poco a poco, sin que nunca se volviese a pensar por completo, sino sólo a trozos. Esto no parece muy racional.

También habrá quien diga que sólo se produce la revisión cuando, como establece la legislación de Castilla y León (Ley 5/99, artículo 57), se trate de la “reconsideración total de las determinaciones de ordenación general establecidas”. Es una redacción legal penosa, porque ¿a qué viene la palabra “total”? ¿Y si se reconsidera el 99%, ya no sería una revisión porque el cambio no era total de todo todo? Más aún: ¿Puede pensarse en algún cambio que suponga la reconsideración del 100%? Ni la Revolución francesa, ni la rusa, ni Chenoa al cambiar de imagen alcanzaron ese absoluto. Y si no se llega nunca, ¿para qué se pone ese artículo en la ley? Bastaría con la regulación de las modificaciones, ¿no?

Seamos serios. Porque la distinción entre modificación y revisión tiene su sentido, su lógica. La cuestión es precisamente que cuando los cambios son importantes y numerosos conviene pensar el conjunto de la ciudad y las implicaciones mutuas entre los distintos sistemas que la constituyen. Porque tiene múltiples ventajas. Se pueden reconsiderar aspectos que no son nunca dignos de una modificación puntual (nadie la impulsa), pero que suponen un lastre para el funcionamiento general. Se pueden conseguir efectos globales que nunca se obtendrían actuando por separado en cada pieza. En el caso que nos ocupa, permitiría, por ejemplo, incorporar a la financiación del soterramiento (mediante la técnica de los sistemas generales) a otras áreas que ahora no contribuyen; plantear a medio plazo alguna fórmula para evitar el ridículo de las 2600 viviendas de Argales junto a la vía no soterrada; resolver al menos unos accesos dignos a ese mismo nuevo barrio, actuando donde ahora no se actúa; pensar simultáneamente las áreas proyectadas y las que las rodean, etc.

También habrá quien diga: se ha pensado todo y todo se ha estudiado, pero no hay por qué tramitarlo como revisión del conjunto urbano, porque nos llevaría a “abrir el melón” del debate urbanístico general. En España, no sabemos por qué, la idea de abrir un melón pone la carne de gallina. ¿Qué habrá dentro del melón, que asusta tanto? Lo sabemos: al abrirlo se pone en evidencia la debilidad de tantas y tantas decisiones, muy difíciles de defender racionalmente. Ése es el problema. Si se abre el melón de los sistemas generales, quizá haya algún reparto que chirríe. Si se abre el melón de las cargas y beneficios de los nuevos suelos urbanizables, quizá no sea posible argumentar que la ronda este se pague con dinero de todos. Y muchas otras cosas. Hay mucho miedo a abrir el melón, es cierto. Pero una vez que se ha hecho pública la manipulación del Plan aprobado, nos parece que ya no es que esté abierto, sino que está resquebrajado de par en par.

4. No hay por qué retrasar los plazos del soterramiento

Y queda una última cuestión: el parón que esta consideración (revisión en lugar de modificación) podría suponer para las obras del soterramiento. No tiene por qué haber ningún freno. Es más: hasta ahora sí que ha habido múltiples retrasos en un proceso que podía haber sido muchísimo más ágil. ¿A qué se ha estado esperando para presentar el Plan Rogers cuando se entregó en el Ayuntamiento la primera vez? ¿Quién retrasó el encargo de este plan, cuando se mareaba a la prensa con las propuestas de Idom, nunca elaboradas como un plan, o con un concurso exclusivamente electoralista? En el Ayuntamiento sí que se ha parado el proceso.

Sin embargo ahora es posible aprobar inicialmente, como modificación del Plan general vigente (pues son cuestiones que sí podrían encajar como modificación), las obras ferroviarias (la variante ferroviaria y la nueva zona dispuesta para los talleres de Renfe). Así se daría tiempo, mientras se desarrollan ambas obras (previas e imprescindibles para poner en marcha todo lo demás) a organizar mejor el resto de la propuesta. Es importante que esto quede claro: mejorar la propuesta no significa pararla. No tiene por qué retrasarse ni un día más.

Y volvemos a la foto del encabezamiento. Ahí están los Bordini (creemos que se trata de esa familia de funambulistas que tantas veces ha actuado en Valladolid), haciendo equilibrios en un cable tensado desde la Casa Consistorial, en 1981. ¿Por qué le gustará tanto el funambulismo urbanístico a nuestro Ayuntamiento? Prefieren hacer equilibrios (legales) imposibles, a ver si hay suerte (mucha) y no caen con todo al suelo, que razonar públicamente el orden urbano y adoptar decisiones más seguras. (Funambulismo del bueno: el apartado 4.2 de la Memoria vinculante del Plan Rogers. Aplausos).

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