Detalles del post: El poder del planeamiento urbano en el África colonial

06.07.08


El poder del planeamiento urbano en el África colonial
Permalink por Saravia @ 16:23:08 en África -> Bitácora: Plaza

Notas sobre el último libro de Ambe J. Njoh

Nairobi, Moi Avenue (imagen procedente de kenya-advisor.com)

Sabemos que el planeamiento urbano no es una actividad inocente. Su descarada utilización en el proceso colonial, donde se actuaba sin recato y casi sin límite en beneficio de las potencias europeas, pone de manifiesto algunas de las miserias de una técnica supuestamente racionalizadora. El libro de Ambe J. Njoh (profesor de la University of South Florida, USA), titulado Planning Power. Town planning and social control in colonial Africa (UCL Press, Nueva York, 2007), se dedica a mostrar el lado perverso del planeamiento en la experiencia africana, sintetizando el pensamiento de la mayor parte de los actuales autores africanos sobre el tema.

[Mas:]

Resumiendo sus argumentaciones (que a su vez siguen, en este punto, la visión del respetado autor Ali Mazrui), los europeos colonizaron África para alcanzar tres objetivos fundamentales: la adquisición de conocimientos científicos, el establecimiento de la supuesta superioridad racial europea y el sostenimiento de su poder económico. Es decir: la colonización de África formaba parte de un gran plan de las naciones europeas para consolidar su poder y control del resto del mundo en los aspectos intelectuales, culturales, ideológicos y económicos. Y el planeamiento urbano formaba parte de ese proyecto general.

Sorprende un tanto el primero de los aspectos enunciados: la adquisición de conocimientos científicos. Desde luego, en cierto sentido se trata de algo que estaba bien presente desde el primer momento. El conocimiento de la geografía interior del continente fue una empresa admitida y aprobada; aunque algunos de los personajes más famosos, como Stanley, se comportasen de manera realmente deplorable. Pero a lo que se refiere el autor no es tanto a la concreción de la geografía como a la consideración de los países africanos y su población como campo de pruebas de numerosas empresas científicas que realizar en Europa podría resultar mucho más comprometido. Un proceso que se aceleró en los últimos años de la colonización, y que también alcanzó al planeamiento urbano. Se experimentó en África, si bien teniendo en cuenta, obviamente, las diferencias climáticas, sociales, ambientales e incluso financieras que en unos y otros lugares existían.

Se investigaba sobre materiales de construcción (hay muchos ejemplos), pero también sobre la aplicación de algunas teorías y técnicas urbanísticas que en Europa era imposible poner a prueba. Algunos notables urbanistas europeos (como los británicos Fry, Thompson o Reade; o los franceses Lyautey, Prost, le Corbusier) se aplicaron a llevar a la práctica en África fórmulas europeas novedosas. Por poner un caso, se extendió el sistema de ciudades jardín, sin atender a la idea básica de que se inventó en Gran Bretaña como respuesta a la congestión de la ciudad industrial, y que aquí no había ciudad industrial ni tenía nada que ver la organización del territorio. Pero se ensayaba con esa nueva morfología y estructura territorial como si se tratase del mismísimo Londres. Anthony King ha estudiado la utilidad que para las metrópolis supusieron estos experimentos urbanos.

El segundo aspecto citado por Mazrui se refería al planeamiento urbano como parte de un proyecto cultural más amplio. ¿Qué necesidad había, para lograr los objetivos citados, de una determinada política de planeamiento? Desde luego, suele admitirse que la producción de una cierta forma espacial esté emparejada con un tratamiento concreto de los conflictos socio-políticos existentes. “El diseño del espacio urbano refleja la agencia política del estado” (S. M. Low). Y dice Njoh: “La arquitectura y el planeamiento urbano pueden ser, y lo son a menudo, utilizados como instrumentos de dominación de un grupo sobre otros”. Servían para observar y controlar el movimiento de los colonizados, y se utilizaban como técnica de gobierno. El orden aplicado a las ciudades formaba parte de un sistema más amplio con el que se organizaba todo el territorio, “diseñado para controlar la conducta de la gente y otros elementos sociales (tráfico, cohesión social), para que funcionase autónomamente, sin necesidad de intervención".

Una noción de orden "que aseguró el control del Estado colonial sobre las ciudades y el territorio, y que era central en el pensamiento de los planificadores europeos en África”. Pero no sólo se buscaba el control. También se aplicaban a “universalizar la cultura europea”, conforme al propósito que se dio en llamar, en su versión pública, la “misión civilizadora” del colonialismo. Conllevaba, por un lado, la subyugación de los individuos a un orden social que favorece o desaprueba ciertos valores y creencias: “los valores y las creencias de los habitantes del país sobre cómo producir la vivienda y la forma urbana fueron despreciados, en favor de los de origen europeo”. Y por otro lado, complementariamente, “todo lo que tiene que ver con la educación para realizar las actividades necesarias para la supervivencia del sistema”.

Lo cual nos pone en línea con el tercero, y crucial, asunto: el económico. El planeamiento de sello europeo trajo consigo algunos cambios en los hábitos de consumo (relacionados con la forma de la ciudad), en favor de los bienes y servicios europeos. Un cambio que se ha acentuado en las generaciones siguientes, y que ha hecho -como continúa explicando el autor- a estos países mucho más dependientes y explotados (mercados cautivos). Pero también sirvió el planeamiento para instalar en aquellos países una idea de modernización nada ingenua: “Para los planificadores coloniales en África, la modernización significaba la sustitución de las formas de propiedad del suelo, los sistemas de gestión, los materiales de construcción y los sistemas de transporte por las fórmulas europeas”.

Un proceso que necesitaba, obviamente, planificadores ingleses o franceses (y algún italiano, belga, portugués o español); y que a su vez podía servir de campo de pruebas para estos mismos profesionales. Veamos lo que decía el coronel J. W. Henderson, miembro de la administración colonial británica, en 1958: “Con Nigeria al borde de la independencia, observamos el rápido desarrollo de su capital federal Lagos (...). Hay muchas oportunidades para los planificadores experimentados del Reino Unido, y también para los más jóvenes, que así pueden conseguir amplia experiencia en muy poco tiempo, pues hay muchos más trabajos de responsabilidad, y más fácilmente disponibles, que lo que puedan esperar actualmente en el Reino Unido”.

En este contexto, y para los objetivos económicos de los colonizadores, era fundamental conseguir la transformación de las formas de propiedad del suelo. Debía pasarse de un espacio bajo control comunal, generalizado en África, a hacer del suelo materia comercializable en el mercado. “Con el sistema africano, cada uno tiene acceso al suelo"; mientras que el modelo eurocéntrico “pone el suelo exclusivamente a disposición de quienes tienen poder económico y/o político”. Los argumentos que venían dándose para el cambio aludían a varios asuntos, como la fragmentación de las haciendas, el aumento del coste del suelo, la inseguridad jurídica de la propiedad, el freno a la compraventa de terrenos, o las dificultades para utilizar la tierra como fianza para créditos bancarios (hipotecas), que el sistema africano suponía. Pero nada de eso parece cierto. Es más, según el autor, nunca se han discutido esos temas con datos en la mano, sino sólo a partir de enunciados muy cargados ideológicamente.

Njoh, por su parte, aporta estudios de otros autores para refutar aquellas críticas, y recuerda, por ejemplo, cómo ha habido semejantes problemas de falta de suelo tanto en ciudades como Karachi o Delhi, en las que se concentra en manos públicas, como en Bangkok, Manila o Seúl, donde la tierra es predominantemente de propiedad privada. Y lo mismo sucede con los otros temas. “Mientras que el modelo eurocéntrico atribuye un valor económico, monetario, al suelo, el modelo tradicional africano da mucha más importancia a su valor de uso”. Se trata, recordamos, de un tema capital en la ordenación del territorio, y en la generación de derechos futuros de los colonos.

El libro está repleto de ejemplos de actuaciones de planeamiento durante el periodo colonial. Vistas en la actualidad resultan, en su mayor parte, extraordinariamente descaradas. Coherentes con esa visión de la empresa colonial como algo “reprensible, moralmente repugnante y esencialmente malvado”. Es una de los escasas publicaciones recientes centradas sobre el planeamiento urbano en África y realizadas por autores africanos. Al menos, una de las pocas accesibles. Nos interesa subrayar que de alguna manera puede decirse que se trata de un compendio. Muestra un sentimiento, una forma de ver y entender la situación que nos parece bastante generalizada entre los africanos estudiosos del urbanismo del continente. Así ven la situación y así entienden su historia. Y la pregunta inmediata que surge ha de referirse, desde luego, a la autoridad que hoy podemos esgrimir para seguir vendiendo modelos a una población que ya nos conoce. Nos han visto actuar. No queremos ser relativistas, pero tampoco unos canallas. O, peor aún, unos idiotas.

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