Detalles del post: Un fondo de papeles pintados

09.07.08


Un fondo de papeles pintados
Permalink por Saravia @ 23:17:49 en Poética -> Bitácora: Plaza

A propósito de los Papeles pintados de Madera y Noriega

Restos de papel en las paredes de una vieja casa, en la calle Bailén de Valladolid (julio de 2008. Foto: MS)

Algunos tenemos el vano propósito de integrar poesía y trabajo. Ya digo: vano (finalmente ambos se pierden en contradicciones insalvables). Otros, aunque arquitectos, son decididamente poetas. Sin mediación (hasta el fondo). Miguel Madera ha publicado recientemente, en esa extrañísima y exquisita editorial llamada El Gato Gris, y acompañado de unos (también refinados) trabajos de José Noriega, un libro con un solo poema: Papeles pintados (cuartos de cielo).

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Por supuesto, y para quien no lo sepa, el poema no es la suma de estos trozos que insidiosa y torpemente hemos recortado. Su vuelo es propio e inenarrable. Y queda lejos lejísimos de lo que muestra esta muestra. Que no es siquiera el esbozo de un estudio: tan sólo una noticia.

Las palabras. Lo primero, algunas de las palabras que emplea. Verbos ya por sí solos sugerentes: hincar, piar, arder, devorar, ordenar, devolver, alcanzar, cubrir, triscar, regresar, siempre morir. Pero sobre todo unos sorprendentes y lujosos sustantivos. Un poema no es el inventario de un tesoro, “sino una forma de desenterrarlo” (Benjamín Prado). No basta con poner sobre el papel algunas palabras que se han buscado como el artista japonés que anda a la caza de piedras en la playa o la montaña encuentra finalmente la que buscaba. Pero hay algunos términos que, sólo por reencontrarnos con ellos, devuelven un conocimiento que creíamos perdido. Si leemos hoy "caligrafía", se nos ilumina el recuerdo de un arte de escribir a mano con hermosa letra. Y si nos encontramos con "aladares" y consultamos su significado, nos sorprende que esos mechones de pelo que caen sobre la cabeza (el rostro de ella, naturalmente), a cada lado de la sien, tengan su propio nombre. Blanco, volandero: aladares. Vemos en el poema palabras de uso más o menos frecuente (estampa, flejes, murmullo, espuma); pero también otras ciertamente ya extrañas: chinero, tisú, holanda, blondas, drosera. Cernuda definía la poesía como “las mejores palabras en el mejor orden”. Insistimos: sólo la búsqueda de sus significados en el diccionario ha sido ya un regalo.

Las expresiones. Los “cuartos de cielo” están llenos de imágenes sugerentes. También inquietantes. Empieza el poema diciendo “Cada vez broto”, y luego encadena parejas de términos que, ya en sí mismas, de una en una, son poesía (callada música): piado de una sombra, piel de duermevela, párpados amapolas, las manos pañuelos de tisú, el murmullo de la saliva, sartal de escrupulillos, flejes que triscan, pellejo de firmamento, espuma de almagre, misterios de camándula, el lomo de una risa, verjurado mi silencio... Aunque algunas veces se hace inevitable el verbo: “los labios terciopelo devoré”. La transferencia que sugerimos a continuación es imposible (y seguramente hasta ilegal). Una operación demasiado elemental. Pero esta doble voluntad de, por una parte, retraer palabras del desván; y por otra proponer asociaciones sorprendentes, es fórmula que, cuando las palabras interactúan, puede aportar el calor de la reacción química que se da por su proximidad (la poesía sería el catalizador). Podría ser útil para dar también algo de verano al proyecto urbano (elementos viejos, contextos novedosos, pero siempre lógicos, y si hubiera poeta, también poéticos). En cualquier caso, seguramente es en esos encuentros del poema del que damos noticia, en aquellos emparejamientos, donde mejor se palpa la lucha (siempre nocturna) del poeta con el lenguaje. En una ocasión Alejandra Pizarnik declaró: “Hubiera preferido cantar blues en cualquier pequeño sitio lleno de humo en vez de pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje como una loca”. Pero debe de ser una locura inevitable en determinadas personas. El deseo de unir la carne propia y la creación realizada por medio de la poesía (las excavaciones a que se refería Pizarnik) está también aquí llamativamente presente.

El tema, el sentido. La obligación del poeta es escribir sobre alguno de los temas esenciales de la vida (la soledad, la pérdida, la música, la infancia, la violencia). La de los lectores, descubrir ese tema. “La muerte es un estado de perfección, el único al alcance del mortal”, escribió Cioran. “Mi caja un papel”, dice el poema (¿y de qué caja habla?). El autor, que parece escribir desde alguien, imagina, dibuja, dibuja, dibuja; y, ya cansado, “derriba la flor tatuada” y se dispone a morir despacio, quizá eternamente lento. El papel pintado es una “metáfora de conjunto” que nos arrastra hacia un territorio de símbolos donde el deseo (de permanecer), el silencio (mineral) o el sueño ("grande como el humo de las cosas que no pueden arder") se hacen sólidos, visibles. Hace años, la presencia de los papeles pintados en las casas llegó a ser habitual. Hoy, colgados de las ruinas, son un signo de la misma desolación. Una muerte en la que vivir: la deriva poética hacia la perfección.

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