Detalles del post: Naturaleza y artificio en Beijing

21.07.08


Naturaleza y artificio en Beijing
Permalink por Saravia @ 10:00:17 en 100 ciudades -> Bitácora: Plaza

Impresiones de una visita

Una imagen de Beijing, 2007. Fotografía de Miguel Gentil tomada al vuelo, sin reducir el paso.

Durante un mes, Miguel Gentil se dedicó a recorrer las calles de Beijing como un aficionado a la antropología urbana. Algunas de sus impresiones (incisivas, sutiles, incitantes), que iba enviando por e-mail a los amigos, se recogen (literalmente) a continuación, gracias a la cortesía y generosidad de su autor. Los textos se acompañaban de una serie de fotografías, como la del encabezamiento, “tomadas al vuelo, sin reducir el paso. Algunas están movidas, porque son imágenes que duraban menos de un instante en la vista. Tampoco nosotros pudimos enfocar, sólo buda no se desenfoca jamás”.

[Mas:]

Éste es un mundo de fuertes contrastes, con una identidad cultural enorme que salta a la vista a cada paso. Nada es lo mismo aquí, ni siquiera lo que es igual. Pues se trata de una cultura impenetrable y oscura. China se está desenroscando por fuera, pero se aprieta, quizás, todavía más por dentro.

China y la repetición

Al chino medio no le afecta la repetición. Megáfonos inalámbricos reclaman la atención con canturreos distorsionados en un bucle penetrante, a la entrada de los comercios. Un guardia de seguridad disfrazado de teniente del ejército, aguanta estoico junto a la tortura. ¿Soporta el suplicio de la repetición infinita de tres sílabas?. NO. No sufre, simplemente vive con nueva alegría cada vez que el aparato escupe algo como entre, entre, entre, entre, entre o hastaluegograciasporvenir, hastaluegograciasporvenir, hastalueg… En el autobús, unos encargados, casi siempre mujeres, cobran el billete. Al entrar repiten, unas cuatrocientas veces, una parrafada que debe significar algo como “siéntensequeahoralescobro, siéntensequeahoralescobro, siéntensequeahoralescobro…” pero con una velocidad tal que se convierte en un estribillo criminal con cadencia de taladradora. Ajenos a los latigazos sonoros, los chinos en tropel luchan a la carrera por alcanzar un asiento. No hay normas, todo vale, meter la cabeza para abrirse paso, codazos, quiebros…

Todo esto en un idioma que repite repite los verbos cuando implican una acción, en que no se dice gracias, sino gracias gracias y rodeados de caras clónicas, sobre millones de personas aceleradas. Mil quinientos millones chinos y parece que los estamos viendo a todos.

Un gato dorado con símbolos chinos en el pecho, mueve un brazo mecánico a la salida del supermercado. El sensor de la línea de entrada activa el mecanismo en el cacharro y al compás del saludo le hace tronar hasta la locura “ni hao, ni hao, ni hao, ni hao…” un flujo constante de personas mantiene sin pausa el soniquete…de un salto salimos de la tienda para refugiarnos en el rugir de los coches, que al menos puede ocultarse detrás de algún pensamiento y no excava en la mente de uno con violencia repetitiva.

Así hasta perder el juicio. ¿Es posible la fusión con lo oriental sin la imposición de una de las partes?. No sabría responder por ahora.

El grosor del capitalismo en Beijing

En Beijing el capitalismo es, todavía, grueso en el fondo y delgado en la forma. Grueso en el fondo porque penetra hasta el último resquicio, porque abre grietas en muros muy antiguos. Porque hay mcdonals y cada vez más niños gordos. Delgado en la forma porque apenas se escarba un poco aparece el tercer mundo. En las calles de Beijing la delgada membrana de lo comercial, con shopping centers, pantallas de publicidad, neones y símbolos conocidos por todos, no tiene, casi siempre, más que unos metros de espesor y entre las tiendas ranuras estrechísimas te llevan al Hutong, barrios tradicionales hundidos en la miseria, donde parece que no puedan existir las zapatillas Nike ni los bolsos de lujo. A seis metros del tráfico continuo, las calles están sin pavimentar, no hay alcantarillado ni recogida de basuras, el olor es insoportable. El capitalismo pesa sin embargo sobre estas calles de tierra y las asfixia en la especulación. La piel comercial está engordando ahora que ya ha agotado todos los perímetros.

La pobreza de estas zonas, deshumanizada, es sin embargo una secuela del capitalismo, lejísimo de las carencias en el campo, que saben casi siempre mantener la dignidad en lo mínimo. No es entonces que el capitalismo sea delgado en la forma, sino que muestra aún sus dos caras en contacto, por ser una de ellas todavía muy delgada, como un paso intermedio del destierro de lo marginal a zonas más lejanas, placebo momentáneo del olvido para los que tuvieron suerte.

En Beijing el capitalismo es grueso en el fondo y en la forma.

Sobre lo natural y lo artificial

Un lago en la niebla, con barcas surcándolo de lado a lado, la imagen de China que uno tiene en la cabeza, un templo al fondo que corona una colina y preside el lago. En la bruma las cosas primero no existen, después son contornos, por fin aparecen y sólo cuando están muy cerca dejan de verse en blanco y negro y los templos son rojos. Una gran escalinata que aprovecha la abrupta pendiente te lleva al templo, después de recorrer un pequeño archipiélago de islitas conectadas por puentes.

Lo que pasa es que el lago es artificial, una operación de hace cientos de años para abastecer de agua a la ciudad. ¿Cuándo dejan los pantanos de ser pantanos y se convierten en lagos?, ¿cuánto tiempo tiene que pasar para que una presa sea absorbida por la naturaleza?

Para qué dar toda la vuelta al lago si podemos atravesarlo por el centro: diez puentes y diez islas construidas. Lo que pasa es que la montaña es artificial, y que no aprovecha la escalinata a la colina, sino que la escalera es excusa para montaña en una ciudad totalmente plana. Un capricho de algún emperador de alguna dinastía.

En los mercados los chinos entran en trance al ver a la venta objetos naturales con extrañas formas: espirales, volúmenes fantasmagóricos, perfectas combinaciones arborescentes. Lo natural se parece alguna vez a la visión perfecta que el hombre genera cuando representa artificialmente la naturaleza. Chinos como locos rebuscan en unos recipientes llenos de nueces, las miran de una en una con mirada de miope profundo, escudriñando cada mínimo pliegue. ¿Qué hacen?, un misterio durante muchos días. Unas nueces por parejas, ya en cajas y veinte veces más caras, nos dan la explicación. Al mirarlas con cuidado se da uno cuenta de que son casi iguales, una simetría casi perfecta y rarísima en lo natural. Al volver a mirar a los chinos arrodillados sobre las nueces observamos que no observan las nueces una a una, sino que las comparan con una que ya tienen en la mano, buscando su idéntica imposible. Otra vez la repetición absorbe a esta gente.

El hombre como generador de nuevas naturalezas y la admiración ante lo excepcional producido a imagen del hombre, pero sin su intervención, podrían ser las bases de una existencia apacible en el entorno. De nuevo el capitalismo destroza lo tradicional y acerca a China al abismo.

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