Detalles del post: El Bosco en la ciudad

28.07.08


El Bosco en la ciudad
Permalink por Saravia @ 09:31:22 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

Un cúmulo de monstruos, demonios, contrahechos, criminales, apestados, gafos, ojipelambrudos, rabudos, gryllas, cinocéfalos, sabandijas, cerdos, culos, pezuñas, zarpas, heno, escombros y apocalipsis diversos en la ciudad de hoy.

Road to Summer. Foto de Sergey Abramchuk, en los alrededores de Chernóbil (procedente de 26-04-1986.com)

Los encontramos aquí y allá, sin orden ni concierto, en grotesco hacinamiento. "Asados de usureros en salsa de abogados" (esto es de Rabelais, y esto lo parece) junto a danzas macabras y bailes de esqueletos. Grupos de violentos jugadores de la vida al lado de saturninos artistas de la decrepitud. Feroces periodistas melancólicos haciendo aquelarre con grupos de políticos lujuriosos. Un hombre abrazado por un cerdo, y un cortejo de jinetes desnudos en torno a un grupo de mujeres tocadas con cuervos y pavos reales (¿quién no lo ha visto alguna vez?). Los cuadros más conocidos de El Bosco representan la eterna lucha entre el Bien y el Mal; un combate que actualmente tenemos de nuevo bien delimitado. Y surcamos la historia, hoy como entonces, en una tronchante “nave de los locos” que nos conduce a quién sabe dónde. Porque, tal como sucedía en aquellos tiempos, se ha perdido todo referente y estamos sumidos en un relativismo demoníaco (como dice el Papa) y una neutralidad moral irresponsable (como prefiere denominarlo David Cameron). Ya no reina la cabeza, sino el vientre. ¿O no es así?

[Mas:]

Cuando el infierno se desborda hacia la tierra

Esta frase, “cuando el infierno se desborda hacia la tierra”, es una expresión de Georges Minois (recogida en el libro de Luis Peñalver Alhambra, Los monstruos de El Bosco, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2ª ed. en 2003; a quien seguimos en este post), para expresar la situación anímica de la sociedad centroeuropea de finales del siglo XV. Pero que, si hacemos caso a Cameron y el Papa, Bush y otros martillos de terroristas, también podría caracterizar a la de hoy. Las similitudes son abrumadoras. ¿Cuál era el ambiente urbano que nos dejó pintado El Bosco? Por de pronto es curioso que en todos los casos en que representó espacios urbanos lo hizo para caracterizar el infierno: vaya por Dios (nunca mejor dicho). Ciudades incandescentes en las que se entremezclan incendios y escombros al lado de cuadrillas de diablos dedicadas a la construcción de altas torres, emuladoras de Babel. Son así los postigos de la derecha de El Carro de Heno, El Jardín de las Delicias, el Juicio Final de Viena o las Visiones del Más Allá. Unas imágenes que nos recuerdan, ciertamente, a las de tantos conflictos militares donde luchan los Ejes del Bien y del Mal.

Hay más. El argumento primero para todas esas construcciones era, según los expertos, un problema de vivienda. El inefable Padre Sigüenza interpretó, en 1599, que se hacían esas construcciones en el espacio infernal de los cuadros de El Bosco porque hacían falta más aposentos para las nuevas almas que iban llegando allí. No nos consta que hablase de proteger a las empresas inmobiliarias; pero no descartamos que también lo indicara. Si al deterioro de las casas existentes, debido a los fuegos apocalípticos, hay que añadir que el número de demonios existente es de 1.758.064.176 (lo calculó minuciosamente el teólogo y beato Reichhelm de Schöngan, y ciertamente no estamos en condiciones de rebatírselo), las necesidades infernales de vivienda han de ser necesariamente altas.

Pero la nave va. Como en el Titanic o en la película de Fellini de ese mismo nombre, efectivamente, “la nave va” hacia el acabamiento, con una alegría sólo comparable a la irresponsabilidad de sus gobernantes. (Recordemos que quienes guían el cortejo que sigue al carro de heno son el rey de Francia, el Papa y el Emperador). Una amarga melancolía latía en el fondo de aquella época “excesiva y desequilibrada que convertía el dolor y la crueldad en espectáculo”; pero sobre ella, y sobre la truculencia y las injusticias del ambiente, un mundo “abigarrado y chillón” (como describe Huizinga el final de la Edad Media) se entrega al goce. La banda no deja de tocar en el barco que se hunde, como tampoco dejaba de haber música en los cuadros de El Bosco, que dibujaba incluso un “infierno musical” tan singular como fascinante. El mundo goza y reniega hoy, como lo hacía entonces, de una vida caracterizada por el choque y la alternancia entre sentimientos contrarios. Y se vive como un intenso envejecimiento. Hoy como entonces se percibe que lo esencial ya ha pasado.

Millones de seres entrañablemente monstruosos

En ese escenario apoteósico y cruel, donde las flechas de las catedrales resultan ser símbolos fálicos, y las extrañas estructuras que lo rodean aprisionan y oprimen (pompas, conchas, costras), en ese “laberinto de la voluptuosidad” donde todo es contaminación (ver la opinión de William J. R. Curtis), se mueven unos tipos que, a pesar de su extravagancia, los vemos extrañamente próximos. Personajes entresacados de la hez humana: borrachos, criminales, apestados. Un novicio goliardo que canta y una monja que toca el laúd (sí: nosotros los vemos cercanos). Seres de una notable indiferenciación sexual, en los que es difícil distinguir a los hombres de las mujeres. También seres contrahechos (el que quiera y pueda, que vea las terribles fotos de Vitaly Barzdyka de niños de Chernóbil después de la catástrofe). Y por supuesto, toda clase de animales. Exóticos (animales salvajes africanos, también miles de aves). Cerdos y jabalíes. Algunos peces y mejillones extraordinariamente grandes (el sueño de las Rias Baixas). Plantas altísimas (el sueño de los espárragos de Tudela). Un cráneo descarnado de un caballo. Y partes de otros cuerpos, con vida propia: orejas, culos, ojos, bocas, pezuñas, zarpas. Toda clase de animales fantásticos. Criaturas híbridas entre hombres y animales: hombres medio leones, medio perros, medio osos, medio peces, medio lobos. Muchos monstruos, gafos, ojipelambrudos, rabudos, gryllas, cinocéfalos. Y muchísimos demonios.

Como en una extraña selva (o como en cualquier ciudad), unos se dedican a acosar a otros. Incluso a sí mismos, como la mujer que es hostigada por un ente cuya cara es el espejo de sí misma. Otros son abrasados, asados, ensartados, empalados, colgados de ganchos de carniceros. A un bebedor se le hincha el vientre del vino que le inyectan. Y los lujuriosos sufren castigo enlazados de tres en tres (haciendo tríos). Porque, obviamente, también son numerosos los actos sexuales que aparecen en estas representaciones de El Bosco. No sólo entre personas, sino igualmente entre animales, e incluso entre plantas. Y se ven animales que, más allá de tanto juego, directamente devoran animales. En El Jardín de las Delicias un león derriba a un ciervo y se dispone a comerlo, un extraño bípedo es perseguido por un jabalí, un leopardo se come a un ratón, y un ave devora una rana. Un personaje con cabeza de rapaz (¿Satanás?), sentado en un retrete, aparece devorando a los condenados y defecándolos en un pozo negro donde otros personajes vomitan inmundicias o excrementan oro. (Todo muy bonito: devórame otra vez).

Hay tal cantidad de seres extravagantes, que lo extraño en ese mundo (como en el nuestro) es ser normal. Todos somos mucho más raros de lo que nos quieren indicar las estadísticas. Pero a la vez, todos también parecemos sometidos, y de qué forma, a las inexorables leyes de “nuestra jodida condición”. Allá vamos, todos y todas, detrás del heno. “El mundo es un carro de heno, del cual cada uno toma lo que puede”. Pero el heno de los campos (ya decía el profeta Isaías) es como los placeres y las riquezas del mundo, que pronto se secan y más pronto aún se acaban. Por eso El Bosco sitúa en lo alto del Carro de Heno a un demonio azul con nariz de trompa y cola de pavo real: simboliza la vanidad. Desde entonces, ese carro de heno u otros que vinieron luego siguen rodeados de personajes y personajillos de toda laya, y continúan presentes como una feria de las vanidades.

Un parque de la normalidad, una ciudad de sabandijas

Cuando trabajábamos en el proyecto del Parque Alameda de Valladolid pensábamos que El Bosco debería estar en los parques. Que al representar lo extraño, extravagante e insólito, su lugar era el espacio de contraste con la funcionalidad y el orden del resto de la ciudad. Es decir, el parque. Por eso decidimos dejar un espacio, una gran pared, donde reconstruir una especie de nueva tabla bosquiana con signos de la desmesura y el disparate. Más adelante, cuando comenzamos a escribir sobre urbanismo y derechos humanos, nuestra visión sobre la actualidad del pintor holandés cambió de forma significativa. Ya no lo veíamos como un autor para lo extraordinario, sino más bien como el testigo atemporal de una locura que se ha apoderado del mundo. Decíamos entonces que en ese mundo, en sus ciudades (como en las nuestras), urgía abrir un horizonte, porque “la ciudad que se está construyendo es una prisión. Se da forma al espacio del ahogo. A la claustrofobia. Vivimos una cultura claustrofóbica, posiblemente la más claustrofóbica que nunca haya existido. Una claustrofobia que no está causada por la superpoblación, sino por la ausencia de continuidad entre las acciones. John Berger -continuábamos- describe el mundo actual semejante a aquel infierno que hace cinco siglos dejó pintado El Bosco: `No se ve allí horizonte alguno. Ninguna continuidad entre las acciones, ninguna pausa, ningún camino, ningún plan, ni pasado ni futuro. Nada se ensambla: todo se interrumpe. Se trata de una suerte de delirio espacial´ en que todo carece de sentido.”

Pero hoy hemos variado una vez más nuestro entendimiento de El Bosco en la ciudad. Ya no ha de estar en los parques, en lo extraordinario, porque está aquí, con nosotros, en cualquier parte. Tanto es así que podría diseñarse (y sería gracioso) un parque de la normalidad, donde se presentase, como en un zoológico, un fragmento de esa ciudad supuestamente normal, habitada por gente supuestamente normal. Y como la gente de El Bosco ya no significa lo patológico que debería extirparse, sino lo normal. Y lo normal no es campo del diseño, sino de regulación (ya saben: las leyes y esas cosas de la convivencia), no procede responder al Jardín de las Delicias con ningún proyecto de nuevo jardín. La lectura que hace Berger del paralelismo entre nuestro mundo y el infierno del Jardín de las Delicias sigue siendo cierta y espeluznantemente cierta. Más verdad, quizá, que cuando fue escrita. Pero por eso mismo la contrapartida no puede ser la imagen de ningún paraíso. Casi lo contrario: sólo abrir luces, rasgar el campo de batalla y arrancar principios de horizontes. Somos sabandijas, aceptémoslo de buen grado. Simpáticos, pero también granujas y alimañas. Y admitamos también (qué remedio nos queda) que la savia (cruel) de la vida se constituye del ayuntamiento de amor y muerte, creación y destrucción, deseo e impotencia, generación y corrupción.

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