Detalles del post: Tombuctú se desvanece

30.07.08


Tombuctú se desvanece
Permalink por Saravia @ 22:40:46 en África, 100 ciudades -> Bitácora: Plaza

Graves carencias de una ciudad sin futuro

Una calle de Tombuctú en 2007. Foto de saharanvibe.blogspot.com

Tombuctú. Después de tantos mitos, historias y leyendas, parece que finalmente se nos va. Se diluye en el desierto lentamente, y da la impresión de que lo hace sin remedio. A quienes amamos esta ciudad desde lejos nos gusta, en la distancia, visitarla, aunque sea a través de los relatos de otros. Hoy sugerimos leer el reciente (y muy interesante) libro de Marq de Villiers y Sheila Hirtle Tombuctú. Viaje a la ciudad del oro (Barcelona, Península, 2008). Hagamos un repaso de algunas informaciones.

[Mas:]

Tono

En Tombuctú los espíritus libres, cosmopolitas, abiertos, refinados y cultos son mayoría. La religión parecen vivirla sin mucha angustia, e incluso con cierto sentido del humor. Algunos ven peligro en el avance del islam militante del wahabismo (patrocinado por los saudíes), a quienes consideran “demasiado fanáticos”, pero por ahora la tolerancia amable es el tipo de islam que más se practica. Difieren, por ejemplo, de las sociedades árabes ortodoxas en el trato a las mujeres. Un signo evidente de esta diferencia es que los hombres tuaregs llevan velo y las mujeres no. Pero también les distancia la famosa desinhibición de las mujeres, esa liberalidad y “falta de pudor” señalada por muchos viajeros. Viven un cosmopolitismo absoluto (“consideramos incluso Nueva York y París provincianas en comparación”).

Siempre con gran sentido del humor. Que aprecian la noche (muchas fiestas son nocturnas, y también viajan de noche). Les gustan el ajedrez y las damas, y fumar, después de la cena, hashisha, una planta “embriagadora”. Y son, desde luego, muy sutiles. Allí no se cubren el rostro las mujeres sino los hombres, que lo rodean de 6 m. de litham (el velo facial). ¿Y cómo se distinguen, si van completamente cubiertos? “Por la forma de andar”, o por la manera de atarse el velo, o por otras sutilezas semejantes. Les gusta la música (oigamos a Habib Koite and Bamada). Pero “lo que alimenta el espíritu” de los ciudadanos de Tombuctú es su patrimonio histórico y documental, y la noción de un pasado glorioso: “Nosotros somos una metrópoli de la mente”.

Ciudad

Hay un pozo fundacional (el pozo de Buktu) y un “jardín de la paz”. Tres mezquitas tradicionales (recientemente reparadas, pero sin alcanzar un buen nivel de conservación; las vigas se siguen pudriendo), y una famosísima universidad (Sankoré). Llegó a haber hasta seis mercados. Ya no quedan mansiones. Las casas son de barro, siempre con patio, y las calles de arena: laberínticas en la ciudad más antigua y regulares, en parrilla, en la zona nueva. Sólo está pavimentada la carretera hacia el puerto fluvial de Kabara, que de paso comunica también el aeropuerto. En una depresión del terreno los niños juegan al fútbol. Para moverse, bastantes motos, algunos “toyotas” (así los denominan, sean de la marca que sean) y sobre todo camellos.

La instalación eléctrica falla con demasiada frecuencia, aunque también hay quien aprovecha los apagones. No hay red de saneamiento ni servicio de recogida de basuras. La higiene pública es extraordinariamente deficiente. Muy pocos árboles, y raquíticos. Y el agua es un problema. No en la ciudad, que mantiene bien su abastecimiento, sino en el entorno, que se seca progresivamente. El río Níger está a 10 km. (en Kabara) y tiene en esta zona 1 km. de anchura. Al parecer, en la edad dorada, hubo canales que lo comunicaban con la ciudad. Una estatua del diablo custodio de Tombuctú, Alfarouk, a lomos de su caballo blanco, da la bienvenida.

Economía

Tombuctú fue un importantísimo refugio de eruditos del islam y un gran almacén para el Sahara meridional. Tradicionalmente comerciaba con oro (que llegaba de Ghana), esclavos (procedentes del sur) y sal (que se extraía, y extrae, de las minas de Taudeni y Tagaza). Nunca se llegó a construir el ferrocarril de Argelia al Níger, y Tombuctú quedó aislada por tren. Las carreteras son precarias en extremo. Se dice que los políticos de Bamako ignoran esta ciudad, y la reclamada autopista desde la capital está pendiente desde hace décadas. El ferry que cruza el río no cumple ningún horario previsible. Hay cultivos de mijo (el pan se hace de mijo), arrozales (el alimento básico), algunas huertas y campos de sandías cerca del río. En torno a la ciudad, un desierto de matorrales. También se pesca (sobre todo los bozo). El negocio del contrabando sigue presente. Y aún se comercia con sal y se forman caravanas hacia Marruecos, por las tradicionales rutas Real o de los Carros, pero su importancia ha disminuido enormemente. La pobreza es mayoritaria. Lo que no quita para que desde 2004 se haya producido una generalizada expansión del teléfono móvil, que hoy tiene todo el mundo.

A pesar de las carencias, se derrochan ayudas. Suele suceder. Están presentes los saudíes, la Unesco, el Banco Mundial, el gobierno holandés, el sudafricano, y varias ONGs y ayudas personalizadas. Cada uno a lo suyo. Betty Ford, la mujer del expresidente de Estados Unidos Gerald Ford, financió la restauración de una de las charcas de la ciudad, que ya está de nuevo muy deteriorada. Pero oigamos a De Villiers y Hirtle: “Tombuctú genera electricidad a partir del combustible diésel traído de Bamako; en una ciudad donde el sol brilla más de 320 días al año, no existe una sola placa solar. Mientras tanto, un médico vela por la salud de Tombuctú, uno para 35.000 personas; y un nuevo hospital construido por el Banco Africano de Desarrollo se ha quedado vacío y desatendido porque nadie lo administra (...). Ni siquiera la Unesco es inmune; un funcionario gastó diez millones de francos (un millón y medio de euros, aproximadamente) en alquilar un avión durante unos días de trabajo en Tombuctú, al parecer demasiado impaciente como para depositar su confianza en la compañía aérea, con fama de irregular”.

Futuro

Entre las costumbres más arraigadas de los tuaregs está la de planificar. “En el desierto tienes que planificar meses y semanas para sobrevivir”. Pero en Tombuctú se planifica bastante poco. Otra cualidad esencial de los habitantes del desierto es el “don de la navegación”. ¿Cómo se orientan los nómadas? Con detalles insignificantes, sutilísimos. Se fijan en la sombras cambiantes, patrones de viento, arena que vuela, la luz de la luna, arbustos, surcos de erosión, siluetas, espejismos, olores. Sobre todo, las estrellas. Alguno ha contado que encontró el camino por “la sensación del sol en el brazo izquierdo que sacaba por la ventanilla”. El don de la navegación, pero ¿lo sabrán aplicar a su futuro?

Porque hay muchos signos que indican el desvanecimiento de la ciudad. La imagen es poderosa, porque físicamente Tombuctú se funde con el desierto que la envuelve. “Desde el aire, la ciudad es beis y parda, se funde con el desierto y apenas se distingue de él”. Y desde abajo, “si estás en las afueras esperando a que amanezca, puede que te cueste ver la ciudad, porque no proyecta sombras y, en cuanto a color y textura, tono y fondo, se mezcla con el desierto circundante por estar hechos de la misma sustancia”. Más allá de la vieja muralla, hacia el desierto, las construcciones forman ese difuminado. Casas de adobe y chozas de paja dispuestas al azar colonizaron el espacio hasta las dunas, y “no es fácil saber dónde termina el campamento de un pastor y dónde empieza la ciudad”.

Las frases sobre la decadencia se repiten. El estilo de vida tradicional, fundado en el comercio y el nomadismo, “no durará más de un par de generaciones”. Porque además desde Bamako se impulsa su desaparición: “La burocracia milita contra el nomadismo. Para el estado moderno, la vida en el desierto es un peligro”. Los procesos climáticos amenazan drásticamente. “El futuro es incierto. El clima del Sahel y el de la cuenca del Níger están cambiando, aunque no se sabe exactamente de qué manera o hasta qué punto”. La guerra y los conflictos también amenazan: “Dos cosas han vaciado el desierto: la guerra y las sequías”. Es verdad que ya un viajero decía en 1924 que la ciudad está “a punto de desmoronarse”, y hasta hoy ha aguantado más o menos en pie.

Pero ¿hasta cuándo? Mientras lo descubrimos, permítasenos vincular este himno de Edith Piaf ("estaremos toda la eternidad en el azul inmenso"), que nos ha parecido una adecuada despedida a una ciudad que languidece, sin ver mucho más horizonte que su final. (Y el cielo azul. Y además, es verano).

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