Detalles del post: París, 1953: nada ocurre, dos veces

13.08.08


París, 1953: nada ocurre, dos veces
Permalink por Saravia @ 16:03:24 en Años 50 -> Bitácora: Plaza

Un toque de existencialismo en la vibrante vida cultural de la ciudad

Vista del público que escuchaba a Edith Piaf cantar La vie en rose en París (Imagen procedente de youtube.com)

El 5 de enero de 1953 se estrena en el pequeño Théatre de Babylone de París la obra de Samuel Beckett Esperando a Godot. Dividida en dos actos, nos muestra a un par de vagabundos (Vladimir y Estragón) que esperan en vano, bajo un árbol junto a un camino, a un tal Godot. Nunca se llega a saber quién es Godot ni qué asunto han de tratar con él (Godot sí que es un gran MacGuffin), pero un muchacho les asegura que vendrá... mañana. Ya está. Realmente en la obra no pasa nada, y de ahí que el crítico Vivian Mercier resumiese de esta forma sumaria sus dos actos: "nada ocurre, dos veces". Fue considerada una obra propia del existencialismo, esa “etiqueta filosófica periodísticamente vulgarizada, que sirvió para designar toda una leyenda parisiense de bohemia y rebeldía moral” (José Mª Valverde), que hablaba del absurdo, la búsqueda imposible, la angustia, la carencia de sentido trascendente de la vida humana y cosas parecidas. Poco después, una de las musas del existencialismo, Edith Piaf, en un paréntesis de su tormentosa vida (una auténtica montaña rusa), canta “La vie en rose” en el Olympia de París. El público, casi todo mujeres, parece literalmente encantado (ver la foto de arriba). Habían pasado sólo diez años desde el final de una guerra terrible, pero ya la vida, con sentido o sin sentido, parecía ser como siempre había sido, como siempre debería ser. Como siempre sería. Poco importa que desde entonces hayan transcurrido otros 55 años: nada pasará, cuantas veces haga falta.

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Lo cierto es que en esos años había muchas cosas para comentar y debatir. Políticamente se combinaba estabilidad e inquietud. El General de Gaulle se retiró de la vida política en ese mismo 1953. Pero un año más tarde explotó Argelia, bajo el impulso del FLN (Front de Libération National), y el presidente francés, René Coty, llamó de nuevo al general para cambiar la Constitución y hacer frente a la guerra colonial. No obstante, el ambiente cultural era exageradamente vitalista. Se oía en los escenarios a la Piaf, pero también a Léo Ferré, Jacques Brel o Georges Brassens. Se veía en las terrazas y caves de Saint-Germain-des-Prés a Boris Vian, Juliette Gréco (grave y ligera) o Marcel Mouloudji. Los cafés des Magot o de Flore eran las tribunas de algunos pensadores como Sartre o Prevert. Hay más presencia de las mujeres: Simone de Beauvoir está escribiendo Los Mandarines y Françoise Sagan Bonjour, tristesse (ambas novelas se publicarán en 1954). François Truffaut, Jean-Luc Godard y Éric Rohmer se dedican a escribir en los Cahiers du cinéma y otras revistas de cine, y a filmar sus primeros cortometrajes. Y en la moda, además de Coco Chanel, emergían Dior y Gyvenchy.

En 1950, Claude Barma realizó el primer programa de televisión en directo, y aunque sólo llegaba al 1% de los hogares, desde el principio fue un formidable vehículo cultural e informativo. Y fue en esos mismos primeros 50 cuando tuvo lugar el violento choque entre Jean-Paul Sartre (el filósofo sistemático, pero de amplia resonancia por sus novelas y teatro) y Albert Camus (el humanista doloroso y sensible, que pretendía convertir la solidaridad en causa y acababa de publicar, en 1951, El hombre rebelde). Sartre acusaba de ineficacia a Camus por sus posiciones individualistas, mientras éste le reprochaba su alianza con el comunismo, incompatible con los principales valores que ambos defendían. Al fin y al cabo, el debate era un síntoma de la tensión dramática que se vivía en la vida cultural francesa de esos años. “Un tiempo agrio y generoso, desencantado y lleno de mitos e ilusiones que no iban a durar demasiado” (Valverde, nuevamente).

París no había sido demasiado castigada por la guerra, y suele recordarse la actitud del general alemán Dietrich von Choltitz, que se negó a cumplir la orden de arrasar la ciudad, en 1944. Pero, aun sin demasiados destrozos, en la década de los 50 se inició una enorme operación urbanística de creación de nuevas áreas y construcción de grandes infraestructuras. El nuevo “periférico” (o “bulevar periférico”), una enorme ronda viaria en torno a la ciudad, se comenzó en 1958, y sólo concluyó 15 años después, en 1973. Y en 1953 se aprueba una nueva ley (llamada Plan Courant) para facilitar, tanto en lo financiero como en lo administrativo e industrial, la construcción de viviendas sociales. Cuatro años más tarde, en 1957, una nueva ley puso en marcha la política estatal de las ZUP (zonas de urbanización preferente), que no sólo se dirigían a impulsar la construcción de conjuntos residenciales, sino que también se preocupaba por garantizar la dotación de servicios y equipamientos. Se aprobó entonces un programa quinquenal de viviendas de protección oficial, con el objetivo de construir 300.000 al año. Fue en estos años cuando las HLM (habitation à loyer modéré, viviendas de renta moderada) reemplazaron a las HBM (habitations à bon marché, casas baratas).

Pero no bastaba. La inmigración en París era demasiado fuerte, y demasiado numerosas las personas sin hogar. El invierno de 1954 fue especialmente frío, lo que favoreció una buena acogida a los gritos de alarma que el abate Pierre (recientemente fallecido, en enero de 2007) extendió por las emisoras de radio. Veamos lo que decía en Radio Luxemburgo el 1 de febrero: “Una mujer acaba de morir congelada esta madrugada en la acera del bulevar de Sebastopol, manteniendo aún en su mano la notificación judicial de expulsión de su domicilio. No podemos aceptar que sigan muriendo personas como ella. Cada noche hay más de 2.000 personas soportando el hielo, sin techo, sin pan, algunos casi desnudos. Para esta misma noche es necesario reunir 5.000 mantas, 300 grandes tiendas de campaña, 200 ollas. Venid los que podáis con camiones para ayudar al reparto". Un discurso nada extraño en aquellos años (también en otros países), que en principio poco tenía que ver con el existencialismo, pero efectivo, sin duda. El fundador de la organización de ayuda humanitaria Traperos de Emaús, pidió a los propietarios de locales desocupados que albergasen en ellos a los «sans abri» (“sin techo”), y bajo esa presión de la opinión pública el gobierno adoptó un programa de creación de 12.000 nuevos alojamientos destinados a esas personas.

El tema podría leerse desde la perspectiva existencialista. Uno de los planteamientos filosóficos que ha tenido mayor popularidad, y sin embargo por sus aspectos más negativos. Se les imaginaba como filósofos graves, angustiados y desesperanzados, y Juliette Gréco vestía de negro riguroso. Y sin embargo esa “filosofía de la existencia”, que proclama que "la existencia precede a la esencia" no responde, para nada, al impulso a la dejadez, sino todo lo contrario, al ímpetu de vivir y de hacer. En El existencialismo es un humanismo Jean-Paul Sartre dice lo siguiente: “El hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo”. Y será “ante todo lo que haya proyectado ser (...). Es ante todo un proyecto. Es responsable de lo que es. No sólo de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres. Nuestra responsabilidad compromete a toda la humanidad. Elegir ser esto o aquello es afirmar al mismo tiempo el valor de lo que elegimos. Nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos”. ¿No es fantástico?

Y sobre la angustia: “No se trata aquí de una angustia que conduciría al quietismo, a la inacción. Se trata de una angustia simple, que conocen todos aquellos que han tenido responsabilidades. (...) Todos los jefes conocen esta angustia. Esto no les impide actuar: al contrario, es la condición misma de su acción; porque supone que se enfrentan una pluralidad de posibilidades, y cuando eligen una, se dan cuenta de que sólo tiene valor porque ha sido elegida. Y esta especie de angustia, que es la que describe el existencialismo, veremos que se explica además por una responsabilidad directa frente a otros hombres que compromete. No es una cortina que nos separa de la acción, sino que forma parte de la acción misma”. Y sobre el desamparo: “Cuando se habla de desamparo (...) queremos decir solamente que Dios no existe, y que de esto hay que sacar las últimas consecuencias. (...) Estamos solos, sin excusas. Es lo que expresaré al decir que el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo y, sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace”.

Es curioso. Hace poco más de un año se han visto en París nuevas protestas del mundo de la cultura por las condiciones del alojamiento de los “sans abri”. Y se ha creado una nueva ley: la del 5 de marzo de 2007, sobre el derecho a alojamiento opposable (que se puede exigir jurídicamente). Tras ella, el Ayuntamiento de París se ha propuesto como objetivo “desarrollar una acción de envergadura para el alojamiento de los más desfavorecidos”. Y no sólo viviendas: «Paris -continúa la declaración municipal- se compromete a intensificar su esfuerzo de solidaridad con los más desfavorecidos: reestructuración de los centros existentes de acción social y creación de nuevos centros de calidad. La Ciudad financiará 2000 nuevas plazas en los centros de alojamiento urgente o en las casas de acogida en los próximos seis años».

No sabemos qué pensar. El libro de Patrick Déclerck Les Naufrages. Avec les clochards de Paris (París, Plon, 2001. Ed. esp. Los náufragos. Con los indigentes de París) que muestra las condiciones de vida de los indigentes en la actualidad, es abrumador. Porque se cumple la descripción del vagabundo: “El aire está lleno de nuestros gritos. Pero la costumbre ensordece”, como dice Vladimir en la obra de Beckett. Pero Juliette Greco nos tranquiliza: "Bajo el cielo de París corre un río alegre, hum, hum, que adormece por la noche a vagabundos y mendigos”. Y cada día, como requiere Sartre, hay que decidir qué hacer: “Si los valores son vagos, y si son siempre demasiado vastos para el caso preciso y concreto que consideramos, sólo nos queda fiarnos de nuestros instintos. (...). Ninguna moral general puede indicar lo que hay que hacer”. También en el urbanismo, donde los valores no son vagos, sino unos auténticos indolentes haraganes.

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