Detalles del post: Terraza mirador

16.08.08


Terraza mirador
Permalink por Saravia @ 17:54:41 en Pequeñas cosas -> Bitácora: Mundos

Vistas largas desde lugares públicos

Desde las mesas, el paisaje lejano

Los miradores sobre las lejanías, sean campo o ciudad, son amabilidades que ofrece el espacio público. Christopher Alexander, en ese magnífico libro sobre Un lenguaje de patrones (coautores: S. Ishikawa y M. Silverstein; ed. esp. en Barcelona, G. Gili, 1980), establece un patrón de ciudades que llama “lugares elevados”. Lo argumenta así: “El instinto de trepar a algún lugar alto desde el que mirar hacia abajo para inspeccionar nuestro mundo parece un rasgo fundamental de la naturaleza humana”. Y si esto es cierto, deberíamos construir “por toda la ciudad lugares altos que actúen como hitos. Puede ser un elemento natural de la topografía, torres o partes de las cubiertas de los edificios más elevados. Pero en cualquier caso debe llevar aparejada la posibilidad de trepar físicamente hasta ellos”. Por supuesto, nada que objetar. No lo ilustra con las vistas que pueda haber desde el despacho de un magnate, que tanto gustan ofrecer algunas películas, sino con una imagen de Cartier-Bresson de un mirador topográfico, de los muchos que fotografió. En él, un grupo de escolares y una pareja de novios.

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En los miradores los detalles se borran y se exacerba el paisaje, por lo inmenso, como unidad. Azul, siempre. Los panoramas guardan siempre “ecos azules” (Vicente Huidobro). Radicalmente distinto en el día y en la noche, aunque en cualquier caso espectáculo. Solar primero, cansado en la noche: “Esta cansada lejanía que escucho rodar desde la noche” (Miguel Arteche). “La contemplación de la grandeza determina una actitud tan especial, un estado de alma tan particular que el ensueño pone al soñador fuera del mundo próximo, ante un mundo que lleva el signo de un infinito” (Bachelard, naturalmente).

Nos atraen porque son extraordinariamente exteriores. “Llega la lejanía / de muy lejos”, dice Juan Antonio Masoliver con sorprendente ingenuidad. En los panoramas lejanos todo es armonía. Porque en ellos las personas son demasiado pequeñas (ahora la ingenuidad es nuestra): “Ese paisaje, vano de hombres, panorama de pájaros”, escribe Matilde Alba Swann. Y sólo se oyen los ecos de la tierra: “¿Oyes en la lejanía el murmullo del planeta?”, se pregunta Nuria del Saz. En consecuencia, calmo: “Sobre ese panorama están tendidos todos nuestros nervios” (Luis Cardoza). Y desde luego, exterior a nosotros. De ahí su armonía y de ahí su calma: “Confórmate con su salvaje lejanía, con su ajena belleza” (Luis Rogelio Nogueras).

Nos atraen porque son extraordinariamente interiores. Son asunto de intimidad, de inmensidad íntima que nos llega, en primer lugar, por los ojos. Y por los ojos nos hundimos en un mundo sin límite. Podríamos transformar el verso de Lorca (“hay un panorama de ojos abiertos”, que decía en su “Ciudad sin sueño”) por este otro: todos los panoramas tienen los ojos abiertos. En cualquier caso, tus bellos ojos “tienen lejanías de mar y cielo” (Luis G. Urbino); y amamos "esa lejanía del cielo besada por los ojos” (Vicente Huidobro). Pero también podría llegarnos por medio del agua que nos rodease (como a los peces, como al agua en el agua). Neruda equipara (en su “Canción desesperada”) la lejanía con el mar y con el tiempo. Y Octavio Paz le sigue: los volcanes –dice Paz- están “hechos de tiempo, nieve y lejanía”.

Pero el juego del horizonte lejano y abierto nos resulta, como decíamos, también intensamente próximo. Andrés Eloy Blanco habla expresamente de “una proximidad de lejanía”. Y Hermann Broch creía que “en el fondo de toda lejanía se alza tu casa”. Francisco Pino además se preguntaba: “¿Eres tú lejanía o tu propio interior?” Porque en esa intimidad la lejanía hace “reventar sentires” (Pizarnik). Y así concluye Claudio Rodríguez: “Largo se le hace el día a quien no ama / y él lo sabe. Y él oye ese tañido / corto y duro del cuerpo, su cascada / canción, siempre sonando a lejanía”. La intimidad seca, tambores en la lejanía.

Para algunos, ver la inmensidad convierte al espectador, de alguna forma, en “el rey del mundo”. Oigamos a Pierre Albert-Birot: “Y me hago de un plumazo / dueño del mundo”. Pero quién lo necesita. Lo que sí se precisa, y con frecuencia, es, simple y modestamente, amparo. Y la lejanía de alguna forma nos lo da. Y ya es bastante. Lo entrega como un canto: “el canto de las lejanías escuchado por el prisionero” (Vicente Huidobro, nuevamente). Olga Orozco habla del “amparo de la lejanía / como un latido en las tinieblas”. Pero puede ser aún más sencillo. Para Borges “la sombra es apacible como una lejanía”. Todo este post, en fin, en el que hemos congregado a un grupo de poetas, sólo para reclamar algunos miradores en las ciudades. Accesibles a todos, públicos, tranquilos. Para requerir únicamente un poco más de sombra.

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