Detalles del post: Qué busca el viajero en las ciudades lejanas

31.08.08


Qué busca el viajero en las ciudades lejanas
Permalink por Saravia @ 21:59:56 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

De qué forma concebir la ciudad como un viaje

Mercado de frutas en Zanzíbar, 1890. Imagen de la Carpenter Collection at the Library of Congress (via pingnews)

Todos somos viajeros. Más o menos tiempo, más o menos distantes; pero al cabo viajeros. La población de cualquier ciudad tiene en su nómina, invariablemente, un porcentaje de transeúntes; y el urbanismo también se ocupa de ellos, de nosotros. Mas ¿qué buscan, qué buscamos?: de alguna forma, creemos, dar una vuelta por el lado salvaje.

[Mas:]

Viajar es contar historias

Empecemos con Paul Zumthor, y su espectacular libro La medida del mundo (Cátedra, 1994). Según nos cuenta allí, al estudiar los viajes medievales, pueden señalarse para todos ellos una serie de características esenciales. 1ª: Todos los viajes se refieren a un doble registro, narrativo y descriptivo: a un lugar y a una historia, a una ciudad donde transcurre una historia que se pueda contar. No hay viaje sin historia, ni viaje sin un lugar distinto. “¿No se puede decir, desde un punto de vista muy general, que lo que diferencia el “viaje” de todos los desplazamientos humanos imaginables, es que culmina para el viajero en un relato?” 2ª: El relato, por extraño que resulte, opera finalmente su reintegración al mundo familiar del que se marchó. Porque el objetivo de esa historia no es tanto analizar la realidad del viaje como prolongar su experiencia. Puede decirse, por tanto, que se viaja para contar la historia del viaje; y se cuenta la historia para prolongarlo. 3ª: Lo real y lo imaginario se funden, de alguna manera, en el viaje. Esa pareja narración-descripción agudiza “la tensión entre la historia (el viaje tal y como fue, y en consecuencia inefable) y la geografía; entre un tiempo irrecuperable y el espacio permanentemente disponible”. Por esta razón no importa demasiado, “en este nivel profundo, en este tema y en esta época [medieval], el criterio que opone, en nuestra mente, lo `real´ y lo `imaginario´. El autor y su público eran indiferentes al criterio de credibilidad”. Por eso poco importaba que se siguiese ilustrando con dibujos fantásticos el texto de Marco Polo 120 años después de que fuera dictado. Porque el discurso del relato de viajes nunca se comprueba –ni se puede comprobar- de forma inmediata: es un rasgo único, parentesco innegable con la ficción. 4ª: Se toma, incluso para los viajes más breves, la imaginería de los viajes lejanos y fantásticos. Es un hecho poético generalizado y recurrente en los textos de viajes europeos, al menos hasta el siglo XVII, la utilización de una imaginería tomada de la experiencia de los viajes lejanos. La imagen de un desplazamiento cuyo término espacial se encuentra fuera de los límites conocidos, e incluso concebibles, constituye una metáfora clave del destino. 5ª: Los viajes aluden a la utopía. Precisamente la Utopía de Tomás Moro bebe de los viajes maravillosos de la Edad Media. Y podemos preguntarnos si la idea misma de ciudad no incluyó, durante siglos, para la mayor parte de los occidentales, una connotación utópica.

Por qué viajar

Todas las culturas tienen un fuerte sentimiento etnocéntrico, e identifican el centro del mundo con su propio hábitat. Pero pensemos en los griegos. La distinción fundamental entre el centro y la periferia se traducía, para su mentalidad, en la oposición entre la polis (compuesta por su centro urbano, la asta, y el territorio cultivado circundante, la chora), y las denominadas eschatiai o tierras de los confines, que caracterizaban el espacio salvaje y normalmente desierto, un territorio de marginalidad y exclusión, que se abría más allá de sus límites. “Este ámbito periférico era el lugar apropiado de los pastores, de los leñadores, de los fugitivos y de los bandidos, un espacio donde ya no imperaban los valores cívicos y en el que dominaban las fuerzas descontroladas de la naturaleza, campando a sus anchas divinidades y genios peligrosamente ambiguos como las ninfas, los sátiros, el dios Pan, que aterraba con su alarido a los que pasaban por allí, o la diosa Ártemis, y tenían lugar actividades transgresoras, como las celebraciones dionisíacas cuyas celebrantes femeninas, presas del furor báquico, despedazaban cualquier criatura viva para devorarla cruda” (F. J. Gómez Espelosín, “El viaje a los confines”, en Revista de Occidente 314-315, 2007). Y en efecto, todos los viajes apuntan, desde entonces y de alguna manera, hacia el corazón de lo desconocido.

Se vaga por lo desconocido porque “el viaje ayuda a la visión plural de uno y del mundo. La experiencia del viajero es la capacidad de uno mismo de mirarse desde diversos miradores” (Rafael Argullol). Sirve para conocer y conocerse. Pero es una experiencia difícil, en la que ante todo es necesario no perderse. “Nos llaman refugiados tibetanos. Pero para nosotros son ellos los refugiados: refugiados culturales, en busca siempre de un lugar al que pertenecer. Es imposible entenderlos. Siempre andan diciendo que vienen a encontrarse a sí mismos; nosotros creemos que lo primero que hay que hacer es no perderse” (lo cuenta Pico Iyer, relatando su conversación con un joven tibetano). Uno de los móviles más destacados del viaje es la topofilia, el amor por los lugares. Pero Unamuno señalaba también otro, que se nos antoja igualmente habitual: la topofobia (es decir: viajar contra un espacio, partir empujados por la necesidad de no estar en un lugar). “No es que les atraiga el punto adonde van, es que les repele aquel de donde salen”. George Sand lo tenía también muy claro: “Lo importante no es tanto viajar como partir, ¿entiendes?”. Salir, irse, moverse, estar vivo. “Implica un movimiento entre la salida y la llegada que, en principio, altera el objeto del viaje. Durante el tránsito, el destino inicial y el propio itinerario pueden modificarse”. (Patricia Almarcegui). En un viaje puede haber preparación e ideas preconcebidas, pero también, y suele ser lo más importante, "variación de ellas a través de la experiencia”. Siempre contamos con alguna brújula, pero los rumbos se readaptan a la medida de la experiencia.

Adónde ir

Desde luego el viaje, cualquier viaje, apunta lejos, a lugares fantásticos, diversos. Lo decía Baudelaire en su “Invitación al viaje”. Se llama a la imaginación: “todo allí hablaría / en secreto al alma / su dulce lengua natal”. Las imágenes tienden a lo más lejano, a lo más fantástico. Por eso se habla en el poema “de ir a vivir juntos, lejos!”. Y se sueña: “para que tú colmes / tu menor deseo / desde el fin del mundo vienen”. Se va hacia los lugares más fantásticos: “mezclando su aroma / al vago aroma del ámbar, / los techos preciados, / los hondos espejos, / el esplendor oriental”. Y finalmente la historia tiende a la utopía: “en un país como tú! / Todo allí es orden y belleza”. Pero no sólo: “se adormece el mundo / en una cálida luz”. Y concluye: “Los soles ponientes / revisten los campos, / la ciudad y los canales, / de oro y de jacinto; / se adormece el mundo / en una cálida luz. / Todo allí es orden y belleza, / lujo, calma y deleite”. ¿Quién podría resistirse a viajar hasta allí?

Pero hay quien piensa que puede ser de más intensidad el “viaje interior”. Lo reclamaba Novalis: “el principal viaje es el interior”. Y lo cierto es que hoy ya la distancia no es una categoría de lujo. "Lo es el silencio, la quietud, la lentitud, el espacio, la ritualidad (…). Una experiencia distinta está basada en categorías que no tienen nada que ver con la distancia”. El viaje apunta hacia el otro lado del horizonte. Pero también hacia "la esquina de la otra calle” (Argullol, nuevamente). Desde finales de los años 60 se comenzó a ofrecer a los turistas la visita de algunos enclaves en los que “se daba a entender que se revelaban actividades o escenarios, o incluso `secretos´, de lo que se empezó a denominar la `parte de atrás´ (back region)” (Dean MacCannell, Conferencia impartida en el seminario Sobre capital y territorio, Sevilla, 2007). En algunas fábricas se invitaba a recorrer la cadena de montaje, y ciertas orquestas permitían (previo pago, naturalmente) acceder a los ensayos. Incluso algunas granjas ofrecían colaborar en tareas agrícolas y se organizaban visitas (ya son ganas) a las alcantarillas de la ciudad. Porque ante todo se buscaba la autenticidad, ver lo que sucedía en “los recintos privados del capitalismo”. Efectivamente, de entonces a hoy los turistas hemos demostrado sobrado entusiasmo en mirar lo que sea. “El principal mecanismo para competir por la mirada del turista es prometer que le serán revelados unos sectores de la sociedad, un pasado, unas tradiciones, unas prácticas o unas creencias que por lo general se ocultan a los visitantes. Esa promesa suele entrañar también la insinuación de que el turista verá y experimentará las cosas de la misma manera que las experimentan los habitantes del lugar”. No es exactamente así. Se trata de una “autenticidad representada”, una aparente revelación de los secretos de la “parte de atrás”. Pero (y ésta es la tesis de MacCannell) el énfasis en mostrar o representar todo “enmascara la brutalidad y el horror que en realidad contiene”.

La novela titulada El placer del viajero (Anagrama, 1982), de Ian McEwan, da cuenta de los límites de este presupuesto. En ella los protagonistas “comenzaron a experimentar el placer, sin igual para el viajero, de encontrarse en un sitio sin turistas, de hacer un descubrimiento, de hallar algo auténtico” (según se cuenta en el mismo relato). Los protagonistas consiguieron hablar, al fin, “con un verdadero habitante de la ciudad”. El relato es excitante, pues hay en el aire, casi desde el principio, algo amenazador, sofocante e inexplicable. Los protagonistas “son arrastrados hacia algo desconocido, conducidos a acciones y sentimientos más allá de su control”. Las imágenes tienden a lo más fantástico: a lo más auténtico, ya no en extensión, sino en profundidad. Y aquí ya no hay utopía, sino su contrario, un mundo de violencia sadomasoquista. Porque lo auténtico, lo realmente primario y profundo, es necesariamente peligroso. Otros no buscan la autenticidad, sino la libertad de movimientos, la ausencia de ataduras. El viaje abierto, la pulsión de la libertad sin compromisos. Oigamos a Flaubert: “Considerábamos con felicidad la idea de ir uno al lado del otro durante cuatro meses, al azar de las carreteras, al azar de los alojamientos, a través de la naturaleza”. Y también a Casanova: “Nunca me he propuesto alcanzar una meta definida de antemano, siguiendo así el sistema –si de sistema puede hablarse- de dejarme arrastrar adonde el viento quería”. Flaubert, Casanova: nuestros héroes.

Una colección de historias y lugares

Es importante que el impulso por viajar no acabe nunca. Javier Reverte dice que viaja “por escapar de la idea de la muerte”. En este sentido, puede decirse que lo fundamental del viaje es que no llegue nunca a Roma, “es decir, al punto final” (Omar Ette, “Los caminos del deseo”, Revista de Occidente 260, 2003). Los viajes deben terminar sin terminar, "evitando esa llegada definitiva y fatal que pone fin a todos los deseos”. Por eso puede decirse, complementando lo planteado en los primeros epígrafes, que en el viaje se dan “dos impulsos fundamentales: el deseo por el otro y el coleccionismo”. El deseo por el otro constituye la fuerza motriz de un movimiento. Y se trata de una fuerza de propulsión que “conlleva necesariamente el coleccionismo del viajero, quien, como buen coleccionista, no cesará de buscar la `última´ pieza que falta, ese oscuro objeto del deseo que siempre constituye el centro vacío de toda colección”. Por eso el deseo del viajero es inagotable.

Lo volvemos a encontrar en el relato histórico de Ilija Trojanow sobre El coleccionista de mundos (Barcelona, Tusquets, 2006: qué precioso título). Relata la vida de Richard Francis Burton, viajero inglés del siglo XIX que estuvo por la India, Arabia y África (por eso hemos puesto en el encabezamiento de este post una imagen de Zanzíbar a finales del XIX). Era incapaz de adaptarse a la vida colonial británica, pero aprendía las lenguas de todos los países que visitaba con avidez, convivía con la población nativa, estudiaba el Corán y adornaba su cuerpo y su cabeza con los objetos más asombrosos (se colgaba todo lo que pillaba). "Llevaba pegadas al cuerpo las mudas de piel de sus propios viajes”. Era un "viejo infantil que una y otra vez sorprendía” a sus compañeros. Su extraordinario periplo le ayudaba a esa visión plural de uno y del mundo que los viajes nos procuran: “Los nativos nos ven muy distintos a como nos vemos nosotros. Esto suena banal, pero deberíamos tener siempre presente esta obviedad al relacionarnos con ellos. No nos consideran valientes, inteligentes, generosos, civilizados, sino unos simples canallas. No olvidan ni una sola de nuestras promesas incumplidas (...). Han calado nuestra hiprocresía, dicho con más exactitud, las contradicciones de nuestra conducta se suman, a sus ojos, para conformar una hipocresía universal”. Es curioso: para él “el cielo no forma parte de paisaje”. Pegado a la tierra, al final de su vida seguía siendo “capaz de ofrecer historias nuevas”.

Se viaja siempre siguiendo "los caminos del deseo". Unas rutas que hay que rehacer constantemente. “Cada mañana había que buscar de nuevo la verdad que se había desvanecido durante la noche”. Qué buscan los viajeros: seguramente están “buscando alimento para el alma, y un lugar donde comer”, como nos dice Lou Reed en ese viejo Take a Walk on the Wild Side.

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