Detalles del post: Embriagante hedor de la basura

04.09.08


Embriagante hedor de la basura
Permalink por Saravia @ 23:12:40 en Cultura de los suburbios -> Bitácora: Plaza

Dos artículos, uno de Fermín Bouza y otro de José Luis Pardo, para hablar del urbanismo basura

Trabajadores de miseria desguazando barcos en las playas de Chittagong, Bangladesh. (Imagen procedente de forocoches.com, vista en el blog de basurama.org)

Por un lado, “unos cuantos moralistas, generalmente científicos sociales (…) y algunos curas con debilidades filosóficas, que seguimos insistiendo en una cierta maldad del sujeto y del mundo”. Por otro, el sujeto y el mundo, “a su aire”. Y ¿qué aire es ése? Basura, pura basura. Aire fétido. (La cita es de Fermín Bouza, “Cultura y gusto al inicio del siglo XXI: sociología de la basura”). Unos diciendo lo mal que huele todo y otros jugando a revolcarse en el barro. Sí: unos aburridos y aburriendo, y otros divertidos y divirtiéndose. Cultura basura, urbanismo basura. ¿Pero no es de la basura, del cieno, del lodo, del limo, de dónde procede la vida?: demasiado complicado para estas horas de la noche.

[Mas:]

Poner el adjetivo es demasiado tentador. Y demasiado fácil. De manera que tenemos a un montón de gente que, tras oír la denuncia de la televisión basura y los contratos basura, nos llevan a hablar de la arquitectura basura y el urbanismo basura como algo igualmente censurable. Luego están los cómicos profesionales, como Koolhaas y su artículo-chiste-basura de más de 9000 palabras para hacer unas risas. Pero en definitiva no sabemos muy bien en qué consiste el urbanismo basura y,sobre todo, por qué hay que denunciarlo. Intentaremos aclararnos con la ayuda de dos magníficos artículos (escritos para que se entiendan, no como otros): el de Bouza (publicado en la Revista de Occidente 243, de 2001), y de José Luis Pardo (“Nunca fue tan hermosa la basura”, incluido en Distorsiones urbanas, Madrid, La Casa Encendida, 2006; y accesible también aquí).

Basura aceptada

Bouza nos dice lo siguiente: millones de personas miran y admiran Gran Hermano (el colmo de la televisión basura) no porque estén manipulados, sino porque les (nos) resulta útil o al menos agradable. Porque, aun sabiendo nuestra desolación de mirones solitarios, de pesimistas antropológicos, de víctimas de un sistema de ventas eficientes, queremos jugar. Es el “juego de la basura aceptada”. 1) Ante la pérdida de las claves comunitarias, de “las comunidades de todo tipo: vecinales, políticas, culturales, sindicales (aquellos ateneos de barrio propiciados por la ilustración obrera) y tantas otras”, se favorece “la búsqueda del otro perdido en la ciudad y en la costumbre de la soledad urbana. Hay una economía de la búsqueda que los medios explotan adecuadamente, contándonos la vida de los otros”.

2) Pensar que existe un público degradado que está siempre dispuesto a degradarse más “es una idea ideológica (integrada en una ideología), no una constatación”. Muchas instituciones y asociaciones civiles han protestado “ante todo ese material de derribo mental del que disfrutamos”, pero es posible que se trate de “esa forma de pesimismo (…) que tiene que ver con la falta absoluta de fe, no ya en Dios (tema clásico muy fuera del debate) sino en el mismo hombre: la irrelevancia de cualquier humanismo puede ser el rasgo más inquietante de nuestro tiempo”. Bouza no es demasiado exigente a este respecto: “Voy a entender por humanismo no un complejo modelo vindicativo del ser humano, sino una simple y mínima reivindicación: existimos, merecemos algo más que un trato despreciable, somos algo, somos vida, al menos”. Pero “es difícl recuperar algo de esta mínima fe en las condiciones actuales”.

3) Desde hace ya muchos años nació y se generalizó una cultura mediática. El largo debate sobre la sociedad de masas, la cultura popular y la alta cultura es muy interesante, pero completamente estéril. Mientras se desarrollaba “el pueblo llano se metía en la pantalla del televisión y se instalaba allí, con la cabeza en el plató, y de ahí no lo sacaba nadie, ni los cultos sermones de los críticos, ni las prédicas de los moralistas institucionales, ni la guardia civil”. Con el paso del tiempo y los avances tecnológicos “también parece irse de nuestro entorno vital un cierto sentido reflexivo y trascendente de las cosas, como si lo inmediato, el imperio del corto plazo y la respuesta automática a los hechos, fuese la nueva y eficiente filosofía que subyace a cualquier otro planteamiento ideológico”.

Tenemos ante nosotros un triple proceso económico-antropológico y psicosocial. Por un lado un sistema comercial de consumo sobreinducido que insta al rendimiento inmediato, apoyándose en la publicidad continua (punto 3 anterior). Observamos la primacía del pensamiento pesimista sobre nosotros mismos, quedando descentrado el ser humano y habiéndose perdido la fe en sus capacidades creativas, tanto en el papel de creador como en el de espectador o audiencia (punto 2). Y asistimos a un movimiento de restauración de la comunidad, que se ha ido perdiendo al reducirse la interacción clásica, mediante la búsqueda del otro a través de la mirada mediática: el mirón solitario (punto 1). Como en The Truman Show “un sujeto, que somos nosotros, interacciona con los demás en un contexto de manipulación asistida desde el propio sistema comercial, pesimista y de mironeo, sustituyendo la interacción clásica entre sujetos por un permanente y frustrado intento de encontrar al otro en esta nueva ciudad en la que el reino de la basura es este espacio imposible de acción mutua: la basura percibida es la autoconsciencia de esta frustración”. Jugar a ese juego libera de trascendencia, aunque “cabría preguntarse si esta semiaceptación de la basura es un buen negocio del alma para el nuevo habitante del siglo, el nuevo y perverso jugador que conoce, en parte al menos, sus miserias”.

Basura peligrosa

Pardo nos ofrece este punto de vista: si la basura es “algo que está concebido desde su origen para el reciclaje”, su imperio se ha extendido hasta espacios insospechables. Llega incluso hasta el alma del nuevo habitante del siglo. Pero esa basura no viene sola. Trae consigo un compañero inevitable que se está mostrando extremadamente peligroso: ”la más tiránica y rígida de las exigencias individuales, el más grave de los problemas políticos”: la identidad. Si todo tiende a ser basura, todo exige tener una marcada identidad. “Y es como si cada enclave edificado en las calles debiera ser, al mismo tiempo, una seña de identidad inconfundible y un espacio infinitamente remodelable, es decir, una zona cero”.

Nos explica que en su origen la basura eran los desperdicios, lo sobrante, los escombros que se llevaban a otro lugar: vertederos o escombreras donde depositarlas para poder seguir viviendo. Bauman lo extendió a la población “sobrante”, a esas “vidas desperdiciadas” o “vidas basura” cuyo lugar era la emigración. Los países receptores eran vertederos sociales, lugares que acogían a las poblaciones que el progreso industrial desplazaba. Pero en la actualidad –sigue Pardo- ya no hay lugares donde llevar lo sobrante, y hemos llegado a pensar “que la basura acabaría devorándonos”. La solución ha sido verdaderamente creativa: si dejáramos de experimentar los desperdicios como basura y pudiéramos vivir entre ellos, considerándolos “un nuevo paisaje urbano”, se resolvería (o al menos se disolvería) el problema.

Según este autor, el proceso está en marcha. La clave ha de ser el permanente reciclaje de todo. La formación de seres y objetos sin cualidad, flexibles y abiertos a la continua transformación. “Algo que está desde su origen concebido para el reciclaje es algo que está desde su origen concebido como basura. Y esto –el estar objetivamente concebidas para el reciclaje- es lo que caracteriza tanto a la objetividad como a la subjetividad contemporáneas”. Una basura que ahora experimentamos de forma bien diferente. Y así los objetos y sujetos abiertos desde el principio al reciclaje los experimentamos no como “cosa de vertedero y material de escombrera, sino como una forma superior de objetividad, la cosa de lujo y limpia por excelencia”. Se valora la indiferencia, la descualificación, la fluidez.

Basura embriagadora

Y aparecen lugares-basura (los “no lugares”), restaurantes-basura (cadenas de comida rápida no atendidas por camareros y cocineros, sin mesas individuales ni platos, sin cualidades diferenciables). También se habla de muebles-basura (Los “no muebles” de Ikea), o de casas-basura. Y por supuesto, Pardo recuerda también la existencia de (y la tendencia hacia) empleos-basura, libros-basura, televisión-basura y universidades-basura (su comentario sobre la sustitución del concepto de asignaturas por el de créditos es fascinante). También vamos hacia las ciudades-basura, que no dejan “esa clase especial de basura histórica que son las ruinas”. No deja ruinas “porque, cuando un edificio entra en estado de obsolescencia, se puede reconfigurar enteramente para un uso nuevo”. Lo mismo que las empresas que se someten a procesos de re-engineering o los trabajadores en formación permanente. Con el urbanismo sucede algo no muy diferente a lo que comentábamos antes sobre la cultura basura. Alude, por ejemplo, a esa producción masiva de viviendas y urbanizaciones repetitivas y banales, despreciadas por la crítica, pero que se han vendido sin freno (hasta ahora, por supuesto).

Una orgía basurera se ha puesto en marcha, como si el mundo estuviese poseído por un arrebato, intoxicado por la idea de haber encontrado la solución universal a todos los males. Todo huele mal. Pero ese hedor que nos envuelve, parece que también nos cautiva. Jugamos en el barro y parecemos divertidos. Aunque, lo decíamos más arriba, cuando la subjetividad “se ha vuelto más inestable, elástica, flexible y modulable” (es decir: basura), “es también la era en la cual la identidad se ha convertido en la más tiránica y rígida de las exigencias individuales, en el más grave de los problemas políticos”. Bouza nos advertía que “el reino de la basura es el espacio imposible de la acción mutua”. Y ahora Pardo nos recuerda que cada pieza, cada persona, cada espacio reclaman su identidad separada. Suena la misma música en ambos escritos. Pero Pardo nos deja también una preciosa cita de T. S. Eliot (en The Waste Land), que nos recuerda cómo las identidades, algunas identidades al menos, nacen de los desperdicios, de la putrefacción, del lodo: de la basura. Cuando las basuras se llevan a tierra baldía pueden regenerarse y “recuperar la identidad que han perdido”; un lugar en donde crecer las lilas en la tierra muerta y en donde la lluvia primaveral remueva las raíces más secas” (en cursiva, Eliot). Por eso, y siguiendo a Eliot, en medio de la orgía debemos adoptar el papel del aguafiestas: defendemos el reciclaje, pero también la basura-basura. Porque, ¿quién ha hecho las cuentas?: sigue habiendo sitio para todo y para todos.

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