Detalles del post: 84, Charing Cross Road en cualquier lugar

02.11.08


84, Charing Cross Road en cualquier lugar
Permalink por Saravia @ 08:36:21 en Profesión -> Bitácora: Plaza

Escritos técnicos o funcionales que pueden constituir una novela

Una foto de los años 60, muy divulgada, del acceso y escaparates de la librería londinense Marks&Co., en 84, Charing Cross Road, ya desaparecida (tomada de fausto.balearweb.net).

Lo más interesante del extraño (y encantador) libro de Helene Hanff (84, Charing Cross Road, Barcelona, Anagrama, 2002) es que no tiene una sola palabra fuera de un manojo de cartas. No hay nada redactado al margen del puñado de 81 cartas que lo constituyen. Una detrás de otra, 33 de ida y el resto de vuelta. Lo más curioso es que esas cartas, en principio aburridas hasta la médula (frase tipo: “Quiero esa antología de Q. No estoy segura de cuál era su precio, pues he perdido su última carta. Creo que me indicaba usted que eran unos dos dólares. Le incluyo dos billetes de dólar; si les debo algo más, háganmelo saber”); esas cartas funcionales y aburridas, decimos, acaban formando un conjunto fascinante, de lectura profundamente literaria. Y la pregunta es: ¿quién se atrevería a poner, uno detrás de otros, sus informes técnicos? ¿Soportarían nuestros escritos administrativos la prueba del tedio? ¿Podríamos ofrecer a la lectura desinteresada las memorias de nuestros planes urbanísticos? ¿Nos arriesgaríamos a formar un libro con esos textos? Creo que, en general, no. Y lo siento.

[Mas:]

Por supuesto, no hablamos de hacer literatura donde no corresponde. En absoluto. “Si se quiere hacer literatura, se hace literatura; y si se trata de precisión, se hace precisión”, decía, aproximadamente, Ortega y Gasset (citamos de memoria, la frase no sería así exactamente). Y lo decía Ortega, el filósofo más ameno. Pero, aún así y todo, conocemos varios currículos que da gusto verlos, que al leerlos se siente la vida que encierran, sin dejar de cumplir en ningún momento, y limpiamente, su objetivo de claridad. Conocemos informes técnicos que superan (en casi todo: tema, exposición, intriga) muchas indagaciones detectivescas de novela negra. Hemos leído algunas normas legales mucho más amenas (amenas, sí) que la mayoría de los relatos que tratan del mismo tema. Y todo ello sin rendirse a la subjetividad ni perder un ápice del rigor. Y qué decir de los correos electrónicos (muchos pesadísimos, otros anodinos, pero algunos una delicia).

Al valorar el libro de Hanff se ha destacado su enérgica personalidad (“así que no te quedes ahí sentado y búscame algunos libros”, escribe), pero hay mil personas así. Se ha apreciado el trato irónico hacia su librero, a quien no conoce personalmente (“Recuerdos a Nora y a las chicas que trabajan como esclavas ahí”), pero hay mil personas así. Se ha llamado la atención sobre la exquisita cortesía, la paciencia, la bondad y minuciosidad en el trabajo de él, pero hay (¿había?) miles de personas así (se ha creado incluso un club de fans de Frank Doel: ver 84charingcrossroad.co.uk, la mejor web sobre este tema). Se ha hablado de la distancia que preservan las cartas, el encanto comparado de las ciudades cuando están alejadas y aún no se conocen (pero prometen todo), la lejanía misma. Hay quien piensa que en ese tipo de comunicaciones se juega con ventaja respecto a otros escritos técnicos, pues no sólo se escriben los encargos, sino que también se aprovecha la ocasión y se habla de fútbol, de problemas laborales o sociales. Hasta de política. Y se envían regalos, comida y otros productos difíciles de encontrar en la posguerra londinense. Además, poco a poco se van incorporando al correo otros personajes (el resto de los trabajadores de la librería, encantados con las cartas de la señora Hanff). Y está ahí actuando, siempre, en el fondo (casi como una utopía), el viaje prometido a Londres, dramáticamente retrasado.

Pero todo eso no basta para explicar su atractivo. De ser así, cualquier libro de cartas lo cumpliría. Y no hay nada menos cierto. Tenemos delante la publicación de las cartas que Juan Rulfo escribió a su mujer (Aire de las colinas), y las que se enviaron Pedro Salinas y Jorge Guillén entre 1923 y 1952 (Correspondencia). Y no es lo mismo. Oigamos a Rulfo: “Mujercita: (…) a mí me gustaría poder llevártelas [mis cartas] yo mismo, o meterme adentro del sobre para asomarme y verte cada vez que te escribo. Eso es lo que yo quisiera”. Es Rulfo, ciertamente, pero en una versión tan cursi que consigue que sus cartas acaben siendo un rollo. Leamos cómo escribe Salinas a Guillén: “Sí, tu poesía es tan hermosa e incomparable en la poesía española, se revela aquí con un señorío de su propósito y su realización más evidentes que nunca”. ¿Qué responde Guillén?: “He recibido algunas cartas sobre el libro. De México, dos o tres, y brevísimas, salvo una –a medias amable. Por supuesto, los hispánicos no contestan, no acusan recibo del regalo. Sí contestan los no-hispánicos en los Estados Unidos: cartas de pura cortesía, sin interés alguno, en un plano puramente `social”. Conclusión: Salinas es un pedante (quién lo iba a decir) y Guillén un idiota. Presuntuosos y haciendo historia, qué pesados.

El caso de Hellen Hanff es bien distinto. Lo que emociona de sus cartas es, precisamente, que no pretenden en ningún momento hacer historia. Son sólo cartas para pedir libros (en gran cantidad y sin orden aparente, a lo largo de 20 años), y construir una relación personal interesante con la gente de la librería. No tienen otra pretensión. Y ahí está su encanto. Si hubiera querido pasar a la historia o escribir un libro con ellas nunca se presentaría a sí misma como esa persona solitaria y gruñona que sin embargo le gusta ser para tratar con los amigos (“Querido Relámpago: Me aturde usted enviándome a semejante velocidad vertiginosa el Leight Hunt y la Vulgata. Probablemente no se da usted cuenta de que apenas hace poco más de dos años que se los pedí. Si sigue manteniendo ese ritmo, va a sufrir un ataque cardiaco…”). Es un personaje que se hace precisamente en sus cartas.

De manera que, a pesar de las diferencias, insistimos. ¿No podríamos valorar más lo que escribimos, en nuestro trabajo profesional? ¿Es tan difícil recordar que quienes escriben son personas y que quienes lo van a leer también lo son? Sin perder rigor y sin hacer literatura, ¿no sería posible evitar ese tono tan soporífero, veneno puro, que inyectamos en nuestros escritos de trabajo? Más aún: ¿no seremos capaces de valorar más lo que leemos en ese terreno? En definitiva, lo que nos gusta del 84, Charing Cross Road es que nos encontramos con gente que se lo toma con ganas y con tiempo (para escribir, para contestar, para pensar incluso qué les podría interesar a remitentes y destinatarios).

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