Detalles del post: Un collage de patchworks de mosaicos de verde y piedra

04.11.08


Un collage de patchworks de mosaicos de verde y piedra
Permalink por Saravia @ 23:04:33 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

La calidad del tejido urbano

Heidelberg, en una imagen de tripadvisor.es

Cada ciudad, un patchwork. O mejor aún, un collage de varias almazuelas. Jugando con la expresión, “tejido urbano” debería entenderse más como esa forma de costura que une pedazos de telas distintas, que como pieza uniforme y homogénea. No importa que ésta fuera de raso o de satén: mejor la mezcla, la diversidad. Porque estamos hablando, téngase en cuenta, de una faceta más de la biodiversidad que es necesaria en todo para la vida. Hace algunos años se expresaba esta misma idea con la metáfora de la “ciudad-collage”, pero hoy nos parece más apropiada la palabra patchwork: es más popular, menos artística y más relacionada con ese orden, tantas veces oculto, de tramas y de urdimbres.

[Mas:]

En efecto, la vieja zonificación urbana (grandes zonas de usos y tipos edificatorios semejantes) ha dado paso a una mezcla mayor, de grano más fino, aunque sin llegar a la homogeneidad. La pregunta es: ¿cuándo y cuánto interesa zonificar, distinguir áreas de diferentes usos y edificaciones? Y más aún: ¿cuál es el tipo de división que nos importa? Sabemos que a nadie le gusta una torre en medio de un barrio de casas unifamiliares. Y también resultan extrañas esas construcciones pequeñas que quedan entre altos bloques de oficinas de cristal. En general parece lógico mantener el carácter de las distintas zonas urbanas existentes. Pero cuanto más nos alejamos de esos ejemplos extremos (el indeseado contraste de “cortijos y rascacielos”) más complicado resulta definir las pautas apropiadas para caracterizar las zonas. Pero digamos que conviene dividir el espacio urbano en diferentes barrios o vecindades; y cada una de éstas en otras piezas menores (como si ahora cada pieza del patchwork fuese un mosaico, y cada zona, cada uno de los pequeños ámbitos de uso o tipología diferente, una de sus teselas). La ciudad, por tanto, se divide en barrios, los barrios en vecindades, y cada vecindad en múltiples piezas de diferentes uso y/o tipología: esa es la zonificación que hoy nos es dada. Que nos sugiere la teoría y nos exige la legislación. Y no está mal. Nos gusta.

Modos de vida

Se sostiene la división de la ciudad en barrios en atención a la territorialidad: esa síntesis de compulsión instintiva y caracterización cultural por la que la gente se vincula con el territorio próximo que habita habitualmente. Se justifica la división en vecindades diferenciadas en la defensa de la variedad de estilos urbanos de vida. Ni todo mezclado de forma indiferente, ni guetos completamente separados, cerrados, aislados. Y se postula la zonificación menuda de las vecindades en orden a garantizar los distintos equipamientos y servicios que se han hecho necesarios para la vida urbana, así como en la promoción de una (ecológicamente) saludable mezcla de usos residenciales y de otro orden. No hablamos de relacionar, desde el urbanismo, ciertos barrios a determinados grupos sociales: todo lo contrario. Ciudad es mezcla, amalgama. Cóctel de estilos de vida diversos que la gente pueda conocer y experimentar. Mas para que tales estilos (comportamientos vinculados al uso del espacio público y de la vivienda) sean vívidos, han de estar bien delimitados. Localizados en espacios determinados que no excedan de cierto tamaño. Porque en esto importa mantener el tono dimensional preciso: entre 5 y 10 hectáreas, por ejemplo; cada 300-400 m. Vecindades que los ciudadanos puedan identificar como algo distinto a lo demás.

En primer lugar hemos de vérnoslas con la ciudad existente. La legislación urbanística española suele reclamar al planeamiento (al menos así lo hace la de Castilla y León) la determinación de las “unidades urbanas” que componen el suelo urbano. Y para definirlas hemos de acudir al examen de lo existente y su formación histórica. Por de pronto se suele contar con un núcleo principal y unos barrios o núcleos menores. Pero también con polígonos, ensanches, barrios marginales, etc., con esas “formas de crecimiento” que se definieron en Barcelona en los años 70. O las “áreas homogéneas” que también se han teorizado años después. Pero como sabemos, el suelo urbanizable también se divide en sectores de planeamiento diferenciado. Y aunque la ley enuncia criterios concretos para su delimitación (cierto tamaño mínimo que permita llevar a cabo las cesiones, límites bien justificables que eviten discusiones con los vecinos o propietarios que queden fuera o que se incorporen, prever los posibles problemas de gestión, etc.), también deberían considerarse las exigencias impuestas por las características de las futuras vecindades que vayan a constituirse.

Enlaces y fronteras

En cualquier caso interesa que lo nuevo y lo viejo dialoguen entre sí: por definición. Pero también, como hemos dicho, que haya fronteras bien definidas. Divisorias entre unos y otros barrios, entre unas y otras vecindades. Separaciones constituidas por elementos bien marcados, claros, distintos: quizá algún edificio público, alguna frontera natural. Pero no hay nada mejor que los espacios verdes, arbolados, los cursos de agua, las formas naturales. En cualquier caso barreras que enfríen la posible presión de unas zonas sobre otras. Porque, como lo es la membrana para contener en su interior la vida de las células, la fuerza de la frontera es esencial: si acaba siendo demasiado débil no podrá mantener su carácter divisorio.

¿Solución para promover el diálogo y diseñar fronteras reconocibles?: constituir esas mismas fronteras, esclusas o separaciones, dentro de la nueva zona que se crea, dentro del nuevo sector. No separando un área y dejándola a su suerte, marginándola como apestada. Sino al revés, haciéndonos también corresponsables de su devenir. Dando continuidad a las casas, los jardines y los patios, a los específicos modos de vida que ofrecen esos bordes, extendiéndolos hacia el interior de la nueva área, reinterpretándolos, modernizándolos. Y así, nuestra ciudad quedará literalmente enredada en esa malla verde que, como el cemento en los mosaicos o el hilo en las costuras del patchwork, engarzará los barrios y las vecindades (esas piezas minerales) en una composición de un orden superior, de un mayor tamaño: sí, claro, el barrio, la ciudad. Una red de esos enlaces verdes que, como es sabido (y al igual que los ríos) unen tanto como separan. La unidad urbana le correspondería así al verde, que ya se sabe que a la vez une (hace uno) y unifica (promueve la unión).

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