Detalles del post: Adicción al crecimiento

25.11.08


Adicción al crecimiento
Permalink por Saravia @ 19:36:21 en Economía urbana -> Bitácora: Plaza

Un impulso enfermizo

Molino de hierro, junto al que se sitúan los terrenos de El Cordel de Écija, donde se construirán 1800 nuevas viviendas (imagen procedente de wikanda.cordobapedia.es).

Se extiende una grave crisis económica y financiera que afecta decisivamente al mercado inmobiliario. Pero se siguen aprobando grandes proyectos urbanísticos en todas las regiones y en la mayoría de las ciudades de España. Veamos algunos ejemplos. Ayer mismo, 24 de noviembre de 2008, se ha aprobado un plan de 3.422 viviendas en Zaragoza (Miraflores); mientras hace unos pocos días parece haberse desbloqueado el proyecto Gran Scala, de más de 2000 hectáreas en Los Monegros. Hace un par de meses se aprobó el plan de El Cordel de Écija, para 1800 viviendas. En Jerez se impulsa Kinética, la “ciudad del automóvil”. Y el Gobierno de Murcia da prioridad al desarrollo de Contentpolis, que tendrá una extensión 8,5 veces mayor que la Expo de Zaragoza y se ubicará en Torre Pacheco. La diaria aprobación de nuevos centros comerciales, espacios culturales y de ocio, áreas residenciales, logísticas y tecnológicas, trenes de alta velocidad, grandes autovías u otras grandes infraestructuras parece responder, en la mayor parte de los casos, a un irreprimible e irracional impulso por el crecimiento de las ciudades en sí mismo, un ímpetu que exige consumir esa droga en forma continua y creciente para aliviar el malestar (angustia, sudores) del síndrome de abstinencia que aparecería con la aplicación de una política simplemente sensata.

[Mas:]

Viene bien echar un vistazo al libro de Clive Hamilton El fetiche del crecimiento (Navarra, 2006). Porque, en efecto, el crecimiento es un fetiche al que se suponen poderes sobrenaturales. La mayoría de los economistas nos sugiere que un mayor crecimiento es siempre y en todas partes algo bueno. Y aunque "en todo Occidente son cada vez más los ciudadanos que estám empezando a padecer lo que podría denominarse fatiga del crecimiento", los economistas no se arredran: "nada preocupa tanto al sistema político moderno como el crecimiento económico, que es más que nunca la referencia del éxito de sus programas (...). Subyugados por el fetiche del crecimiento, los grandes partidos políticos de Occidente se han convertido en cautivos de la contabilidad nacional. Pueden discrepar en sus programas sociales, pero todos aceptan sin discusión que el objetivo primordial del gobierno debe ser el crecimiento económico (...). Desempleo por doquier: sólo el crecimiento económico puede crear puestos de trabajo. Las escuelas y los hospitales reciben pocos fondos: el crecimiento aumentará el presupuesto. La protección del medio ambiente resulta prohibitiva: la solución es el crecimiento. La pobreza se consolida: el crecimiento redimirá a los pobres. La distribución de la renta es desigual: el crecimiento dará prosperidad a todo el mundo".

No hay duda de que los promotores más entusiastas del crecimiento han sido los economistas. Casi todos ellos (las excepciones, como Veblen o Galbraith, son escasísimas) "son partidarios implacables de un mayor crecimiento como solución a todos los problemas". E. J. Mishan, que escribió en 1967 un extraño libro titulado Los costes del crecimiento, denunciaba la veneración mística con que había llegado a contemplarse el crecimiento del PIB: "Al parecer, basta con consultarlo para hacerse una idea cabal del estado general de la sociedad. Entre los creyentes (...), cualquier duda respecto al hecho de que un 4% de crecimiento económico, por decir una cifra (...), es mejor para la nación que un 3% constituye casi una herejía; es lo mismo que dudar de que cuatro es más que tres".

En urbanismo, este ideal del crecimiento continuo se refleja en el "espíritu de conquista". El libro de Hamilton le dedica el capítulo 7, "Medio ambiente". Allí se explica la enormidad de "la escala del impacto humano sobre la Tierra", y cómo el actual modelo de consumo material es insostenible. Se expone que, "si bien es frecuente que el crecimiento se consiga sacrificando el medio ambiente, y viceversa, los costes para la economía son, en general, poco importantes, y a largo plazo suelen acabar produciendo beneficios". Pero también se recuerda que "nuestros dirigentes empresariales y políticos temen tanto todo aquello que pueda afectar al índice de crecimiento que hasta un precio pequeño les parece demasiado". No cejan en la mentalidad desarrollista: "Gobiernos y autoridades locales aprueban a diario urbanizaciones de viviendas, centros comerciales y proyectos de carreteras que saquean las zonas naturales que todavía quedan (...). En un entorno político en el que aumentar el crecimiento se considera un deber sagrado de los dirigentes elegidos, poner trabas a un nuevo centro comercial o un proyecto residencial es como oponerse al propio progreso, un desafío a una de las leyes inmutables de la historia que pocos alcaldes o ministros de planificación están dispuestos a asumir".

Pero lamentablemente el crecimiento, por sí mismo, no trae la felicidad. Si el aumento de los ingresos produce un incremento de la felicidad, deberíamos esperar que las personas de los países ricos serán más felices que las de los pobres. Y sin embargo no es verdad. "Hay un límite en torno a los 10.000 dólares por encima del cual una renta media superior no efacta a la satisfacción vital declarada por una población (...). Entre los factores asociados a los niveles más altos de felicidad se hallan la educación, la industrialización, los derechos humanos y la tolerancia. Entre los asociados a niveles de felicidad más bajos se encuentran el agua potable insalubre, la tasa de delincuencia, la corrupción, los accidentes mortales y la desigualdad de género (...). Es evidente que los ingresos tienen gran importancia para las personas que viven en la pobreza", pero no para el resto. Además, la pobreza residual de los países ricos nunca se resuelve con un incremento de la renta general. Todo lo contrario: "En realidad, a pesar de un crecimiento continuo de las rentas, según algunas mediciones las tasas de pobreza han aumentado durante las dos últimas décadas en muchos países industrializados".

Crecer por crecer, en España, tiene poco sentido. Si el objetivo es el bienestar de la población, y especialmente la mejora del bienestar del sector más pobre, no se encuentra la razón que justifique ese arsenal de nuevas actuaciones urbanísticas descrito más arriba. Insistimos: ¿no se tratará, lisa y llanamente, de intentar calmar el síndrome de abstinencia?

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Comentario de: mikamaera [Member]
No, hace tiempo que no somos población. Nada más que nos ven como clientes. Manifestamos nuestro poder adquisitivo abonando voto-impuesto-compra. Pero ahora que no podemos consumir, no nos van a dejar vivir.
URL 26.11.08 @ 07:46
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