Detalles del post: Arquitectos del Apartheid

22.12.08


Arquitectos del Apartheid
Permalink por Saravia @ 23:32:52 en Años 50 -> Bitácora: Plaza

De Sophiatown y Soweto a Alexandra (Johannesburgo)

El título de la foto es: Los arquitectos del Apartheid discuten la formación de un bantustán (del Apartheid Museum archives, procedente de wikipedia.org)

Como todo el mundo sabe, es mucho más fácil destruir que construir. Las operaciones territoriales y urbanísticas raciales que se pusieron en marcha en los años 50 en las ciudades sudafricanas, consolidando una tendencia a la segregación que venía desde algunas décadas anteriores, crearon un espacio urbano, un clima y una cultura tan distorsionados que sólo una paciente, clara y constante política urbanística integradora podrá recomponer. Con mucho tiempo por delante.

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Aplicación del township al Apartheid

Aunque, como decimos, se venía gestando desde las primeras décadas del siglo, la explosión formal y legal del racismo se produjo en los años 50. Fue consecuencia de la llegada al gobierno, en 1948, del Partido Nacional de los afrikaners (descendientes de holandeses, también conocidos como Boers). Lo que hoy leemos del país de entonces nos repugna. Traslados forzosos de población de unos lugares a otros para forzar patrias y controlar la riqueza. Ingeniería legal y administrativa. Formación (en 1959) de los bantustanes, reservas donde encerrar a la población no blanca, que ocupaban el 13,7% del territorio de Sudáfrica, donde deberían vivir y sustentarse el 72% de la población. Contra su voluntad, varios millones de sudafricanos fueron forzados a mudarse de sus residencias para irse a vivir al correspondiente bantustán. La ley fundamental fue la Areas Group Act, aprobada en 1950, que llevó a la separación física entre razas al crear áreas residenciales dedicadas exclusivamente para cada grupo étnico.

Supuso la mudanza forzosa de quienes vivían en el sitio "equivocado". Pero hubo más leyes. La de Prevención de Ocupación Ilegal de 1951 dio al Ministerio de Asuntos Nativos la facultad de desalojar a la población negra de las tierras de propiedad privada. También se estableció, en 1952, un sistema de pases para controlar el movimiento de la gente. Según los defensores del Apartheid, la discriminación contra los negros estaba basada legalmente en que no eran ciudadanos de Sudáfrica, sino ciudadanos de otros estados independientes (los bantustanes, precisamente). En las periferias de las ciudades se declararon o construyeron barrios o townships donde debían residir los no-blancos que trabajaban en la industria o los servicios de esas mismas ciudades. En tales urbes se discriminaron con la leyenda “only whites” (sólo blancos) los transportes, locales públicos, playas o incluso los bancos de los parques, prohibidos a los no blancos. Un sistema repugnante que sólo acabó cuarenta años después, con las elecciones de 1994 y la Ley de Ciudadanía Sudafricana de 1995.

Un sistema que precisó, obviamente, el auxilio técnico de los expertos en planeamiento urbano. La Group Areas Act, de 1950, clasificó todas las áreas del país y ciudades de acuerdo a la raza, y en consecuencia los suburbios anteriormente multirraciales fueron purificados de residentes ilegales o demolidos. Uno de los ejemplos más famosos es el del Distrito 6 de Ciudad del Cabo, que fue demolido en 1965, y supuso el traslado de cerca de 60.000 residentes. Como es fácil suponer, la cantidad y calidad de los servicios de unas y otras zonas, de blancos y no blancos, eran extremadamente dispares. Algunas estadísticas muestran abultadísimas diferencias de renta, médicos y camas, mortalidad infantil, esperanza de vida, gasto en educación por alumno, etc. entre ambas zonas. Además, muchos de los barrios pobres se construyeron para trabajadores separados de su familia o solteros, conforme a un modelo de pequeñas casas uniformemente ordenadas, llamado de “matchbox houses” (cajas de cerillas). Pero, a pesar del carácter infame de este sistema legal, ni siquiera fue respetado por el Gobierno. Uno de esos barrios de Johannesburgo, Sophiatown, cuando interesó al desarrollo urbano de la ciudad blanca cambió de condición. Se demolió absolutamente, se trasladó a la población y se creó una nueva urbanización denominada precisamente “Triunfo”.

1955: Sophiatown

Sophiatown era un lugar multirracial donde los negros podían ser propietarios. Pero al considerarse como lugar estratégico para la expansión de la residencia y la industria, mudó su condición. En febrero de 1955, los cincuenta mil habitantes negros fueron evacuados a la fuerza, y reenviados a Meadowlands, actualmente anexa a Soweto. Sophiatown fue totalmente destruida por bulldozers y se construyó una nueva urbanización llamada Triomf (triunfo en afrikaans), para la población blanca. Al parecer, era un lugar único, especial. Por de pronto, uno de los pocos lugares urbanos donde se permitió a los negros ser propietarios de suelo. Los historiadores del barrio resaltan que nunca se construyeron allí esas “cajas de cerillas” citadas, sino que se formó desde el principio pintoresco, al responder a las iniciativas personasles, imaginación y capacidades de sus pobladores. Llegó a haber un fuerte sentido de comunidad, con música propia, productos específicos, lugares significativos, etc. En las décadas de 1940 y 50 se comparaba con el Harlem neoyorkino. Era un centro de arte, la política, la religión y el ocio. Había dos salas de cine. Una de ellos, la Odeon, que se utilizaba a menudo para reuniones políticas, era también el lugar del Jazz.

En su origen, sin embargo, este barrio no era demasiado singular. Como sucedió en tantos otros lugares, un inversor llamado Herman Tobiansky compró un suelo (237 acres) para construir viviendas. Era el año 1899. Pretendía levantar un agradable suburbio para blancos, y lo bautizó con el nombre de su mujer. Era un terreno en pendiente, y la idea de conjunto, hacer algo parecido a una ciudad jardín. Se empezaron a vender parcelas. Pero el Ayuntamiento decidió emplazar en las proximidades las instalaciones de aguas residuales y la zona dejó de ser apetecible. Algunos de los primeros residentes se fueron. Y llegó entonces el momento de los africanos, indios y mestizos, que compraron los terrenos más baratos y comenzaron a levantar casas de ladrillo, cabañas y chozas de todo tipo. Junto a algunos blancos que no se llegaron a trasladar, la mezcla de población era notable. Hasta los años 30, en que con la afluencia de grann cantidad de nueva población, se empezaron a ver problemas de hacinamiento. Se construyeron chozas en los patios de las casas. Había un gran sentido de comunidad, pero también pobreza y violencia.

Pero el cambiante desarrollo de Johannesburgo volvió a dotar de interés inmobiliario a esta zona. Y en 1953 se decidió por las autoridades su transformación radical. La demolición comenzó el 9 de febrero 1955, cuando la policía fuertemente armada obligó a los 50.000 residentes a abandonar sus hogares y cargar sus pertenencias en camiones del gobierno. Desde allí fueron trasladados a una gran extensión de tierra, situada a trece millas del centro de la ciudad: los campos vacíos de Meadowlands (que ahora forman parte de Soweto), que el gobierno había comprado dos años antes. Se arrasó todo. Únicamente quedó en pie la iglesia anglicana de Cristo Rey. Y sobre el solar de Sophiatwon se levantó un nuevo suburbio blanco llamado canallescamente Triomf. Hace sólo dos años en que el barrio ha recuperado su viejo nombre. Aunque no las calles, las casas ni el ambiente.

1976: Soweto

De Sophiatown fueron a las cercanías de Soweto. El primer enclave de lo que sería Soweto nació en 1904 como complejo de viviendas para mineros negros. Pero el verdadero Soweto se formó más tarde, al suodeste de Johannesburgo (de ahí el nombre: SOuth WEstern TOwnship), para albergar a la población negra que llegaba desplazada de otros barrios, como Martindale, Sophiatown y Alexandra. Fue aprobado oficialmente en 1963, pero se conoció mundialmente con los incidentes de 1976, en las protestas por el idioma que se quería imponer para la enseñanza pública. Fue el escenario de una violenta represión estatal y luego, durante los años 80 y 90, símbolo de resistencia al Apartheid. En 1983 se declaró municipio independiente, pero en 2002 se incorporó de nuevo a la ciudad de Johannesburgo. Allí reside actualmente un porcentaje elevadísimo de la población total de Johannesburgo (algunos hablan de más del 30%, pero otros lo elevan hasta bastante más del 50%). También en esta población se concentra la pobreza. El nivel de servicios ha sido bajísimo desde siempre: en los años 70 el 93% de los residentes no contaba con agua corriente. Y todavía a finales de los años 80 muchas zonas sólo podían recibir agua por la noche.

Según recoge René Lefort (Sudáfrica. Historia de una crisis, S. XXI, 1978), a finales de los 70 “Soweto no es ciertamente una ciudad. No hay centro de ciudad (…). No hay centro de barrios que correspondería a nuestras alcaldías de distrito, ni plazas públicas, ni siquiera calles de comercios (…). Únicamente algunas calles están asfaltadas. Sobre todo, las casas todas son idénticas. Imagínese un visitante que recorriera París en todos los sentidos entre el bulevar periférico oeste y una línea tirada desde la puerta de la Chapelle a la puerta de Italie, sin encontrar otra cosa que interminables hileras de casitas (unas 90.000), de una sola planta, con techo de chapa de doble vertiente, con superficie utilizable de 50 m2, divididas en cuatro piezas rodeadas de un terreno de 200 m2”. En 1975 sólo existía en Soweto dos cines y un hotel, y ni una sola farmacia, panadería o supermercado. “En cambio, los beerhalls y bottlestores donde se bebe cervea se multiplican, la venta de alcohol produce la mitad de los ingresos de la administración bantú”. En la actualidad, ironías de la vida, la nueva industria del turismo recorre en Soweto las herencias de Apartheid.

Desde luego, hoy se intenta cambiar Soweto. Se dice que viven entre 2 y 3,5 millones de personas, prácticamente todos negros. Cuenta con 30 barrios, 400 escuelas, una universidad, decenas de mercados y restaurantes. Cuatro cementerios. Y a diferencia de la homogénea pobreza del pasado, se pueden observar zonas de cierta riqueza (las informaciones son contradictorias, es cierto). Han comenzado a surgir algunas casas de pisos. Recientemente, en 2007, se ha inaugurado (por Mandela) un gran centro comercial: el Maponya Mall. Y está prevista la construcción, para antes del 2010, de un monorraíl elevado hasta el centro de Johannesburgo.

Approved urban areas en el Post-Apartheid

En cualquier caso, no está resultando fácil el Post-Apartheid. Las culturas de identidad y violencia que dejaron tantas décadas de segregación no son fáciles de borrar. Las ideas de separación y resistencia están profundamente enraizadas en la población no blanca. Los habitantes de los bantustanes recobraron sus derechos como ciudadanos de Sudáfrica con la aprobación de la Ley 88/1995 de Ciudadanía Sudafricana. Y una Estrategia de Desarrollo Urbano del Gobierno de Unidad Nacional se puso en marcha ese mismo año. Los temas son el desarrollo equilibrado e integrado, la violencia, el sida, la vivienda. Veamos algo de todos ellos.

Desarrollo equilibrado. El gobierno central se ve hoy en el dilema de diseñar políticas que atiendan a los derechos del individuo y a la vez promuevan su integración en el conjunto de la nación como totalidad. Garantizar el libre desplazamiento y diseñar políticas para estimular el desarrollo local en los barrios pobres. Tan violento fue el desplazamiento obligado de antaño como sería ahora el inducido por la pobreza y la falta de oportunidades. No obstante, hay que seguir hablando de dualidad urbana. Los bantustanes crearon tal sentimiento de comunidad, que hoy son sus mismos habitantes quienes rechazan a los inmigrantes. Irónicamente, tras ser tanto tiempo marginados, sus pobladores rechazan la afluencia inmigratoria desde los países vecinos en busca de empleo. Porque lo cierto es que todavía más del 60% de la población sudafricana vive bajo en la pobreza, en tanto que menos del 11% concentra la producción del país. “Es una mezcla única de primer y tercer mundo cuyo resultado, más que el segundo mundo, es la dualidad. La clase media sudafricana ha aumentado, se desempeña fundamentalmente en la administración pública o son cuentapropistas. Se han mudado a los antiguos barrios blancos y condenan las huelgas y manifestaciones de sus compañeros negros” (M. Alicia Divinzenso).

Violencia. La violencia está muy presente (la novela Desgracia de Coetzee es ilustrativa del clima). Cuando llega la noche, los centros de las ciudades quedan desiertos de blancos, que se han retirado a sus casas bien custodiadas por una boyante industria de la seguridad privada (verdaderas milicias), mientras que Johannesburgo se ha hunde como “la ciudad más peligrosa del mundo”, de alguna forma gobernada por pandillas de jóvenes. La extensión de los espacios de seguridad privada, en muchos casos completamente cerrados, es impresionante. Por un lado están los City Improvement Districts (CID: servicios de seguridad privados, contratados para un barrio determinado), con más presencia en Ciudad del Cabo, por ejemplo. También, desde luego, los enclosures (recintos cerrados: había cerca de 300 en 2005), regulados recientemente por la Security Access Restriction Policy de 2003. Y hay que hablar de las “soluciones” de “partenariado” entre residentes y policía (C. Bénit y M. Morange, en Espaces et sociétés, 2008/3). La seguridad pública homogénea, una quimera.

Sida. Una de las pervivencias del apartheid más llamativas es la extensión del sida. Las empresas que separaron familias siguen aislando a muchos trabajadores, sobre todo a varones jóvenes, obligándolos a trasladarse durante mucho tiempo a albergues mineros. Allí se ha instalado la industria del sexo y no es difícil establecer cómo se reproduce la enfermedad. El “juicio de la Nevirapina” se ha convertido en un símbolo de lucha (otra de las luchas de Sudáfrica). “El sida es tan sólo la manifestación externa de un legado del apartheid, un sistema fundamentalmente machista que ha hecho de la violencia sexual algo cotidiano”. Como señala M. A. Divinzenso, los enfermos se enfrentan a los problemas de infraestructura sanitaria; desabastecimiento de farmacias; policías que se niegan a tomar denuncias de violaciones; procesos burocráticos que se necesitan para que el estado ofrezca algún tipo de ayuda.

Crisis de vivienda. Se pensó que la Slums Act bastaría para erradicar las “villas miseria”, el problema de los numerosos y recientes asentamientos irregulares. Pero nada más lejos de la realidad. Es cierto que la perspectiva del Mundial de Fútbol de 2010 ha activado muchas intervenciones. Pero también ha creado nuevas tensiones. “El valor inmobiliario de un barrio como Alexandra suscita inevitablemente grandes apetencias. A principios de año, quien escribe tuvo un encuentro en Alexandra, en la zona de Marlboro South, con los habitantes de una fábrica que fue desafectada después de los motines anti-apartheid de 1986, y desde entonces se encuentra ocupada (…). Dentro de la fábrica vivían doscientas familias, instaladas en cabañas de madera y cartón apiladas como un castillo de naipes en dos pisos (`Somos como los pájaros, hacemos nuestro nido en las alturas´).Una cama podía servir para cuatro personas,que dormían en ella por turnos. A falta de electricidad, se calentaban con parafina, con el riesgo deprovocar un incendio. Los residentes, sudafricanos llegados recientemente de los homelands (bantustanes), zimbabuenses o mozambiqueños indocumentados, convivían en armonía, sentándose juntos por las tardes en la tapia del patio exterior para conversar. Trabajaban como agentes deseguridad u obreros de la construcción, por salarios miserables (…). Más adelante, cuando las cosas se hayan calmado, será necesario comprometer a la población a un verdadero plan de rehabilitación de esos barrios” (Ph. Rivière en Le Monde diplomatique).

Un nuevo talante innovador puede apreciarse en la esfera municipal. Aunque muchos aspectos del gobierno municipal se han “corporatizado” en Johannesburgo, hay avances en algunos aspectos, como la regeneración de áreas deterioradas del casco urbano, a través de una compañía pública (la Johannesburg Development Agency). Pero el problema de la vivienda es enorme. Se han aprobado planes cuantitativos, desarrollo de infraestructuras, mecanismo de registro y ayudas, soluciones de tenencia. Un Housing Master Plan, en 2005, para hacer frente a la cuestión del homeless (con pretensiones de albergar a 215.000 personas, nada menos). Y un proyecto estrella, el gigantesco Cosmo City (a 25 km. del centro de la ciudad, 1.200 has.), con un gran corredor verde, pero también con acusaciones de especulación inmobiliaria. Se contabilizan casi 400 asentamientos informales en la provincia de Gauteng (la de Johannesburgo). Y siguen llegando nuevos inmigrantes. Se continúa utilizando como instrumento urbanístico el viejo township, si bien convenientemente redenominado como Approved urban area, para evitar cualquier evocación al Apartheid (lo cuenta Ch. Sohn en “Les avatares du township”, en Espace géographique, 2006-1). Seguimos, pues, con la ciudad fragmentada, aunque ahora nos llegue desde otras vías. La ciudad sudafricana integrada y única, que ha estado en el centro de todas las esperanzas post-apartheid, deberá seguir esperando.

2008: Alexandra

Pero en este mismo año que ahora concluye hemos oído hablar de otro lugar de Johannesburgo: Alexandra. Creado en 1912, ocupa 800 has. y viven en él varios centenares de miles de habitantes. Enormemente hacinados. Se cuentan más de 4.000 casas “formales” y unas 34.000 chabolas. Está ubicado en la periferia este de Johannesburgo, al lado del ultramoderno distrito de negocios Sandton. Entró en la prensa mundial por la explosión de violencia que se vivió en mayo último. Una violencia contra los extranjeros de las “villas miseria” (township) que puede llegar a ser incontrolable, producto de una mezcla incendiaria de extrema pobreza,crisis de vivienda e intereses inmobiliarios. Comenzó el 11 de mayo, y las agresiones tuvieron réplicas rápidamente en otros barrios. Según Médicos sin Fronteras (MSF) hubo 22 muertos y más de 6.000 personas que abandonaron sus shacks (chozas), buscando refugio en las iglesias, las estaciones de policía, las escuelas, etc. Los ataques estaban dirigidos a hombres, mujeres y niños originarios de los países vecinos. En efecto, se estima que en Sudáfrica viven unos cinco millones de inmigrantes ilegales, la mayoría de ellos de Zimbabue, pero también de Mozambique y hasta de Nigeria. Les acusan de robar empleos y viviendas. "Esta es una clásica situación de refugiados", le explicó a la BBC el portavoz de MSF.

No es la primera vez. En octubre de 2001 se quemaron viviendas y saquearon bienes de zimbabueños de Zandspruit, cerca de Johannesburgo. Y hay algunos estudios de 1999 sobre este mismo lugar, Alexandra, que lo presentan como ejemplo de ascensión de la xenofobia. Como telón de fondo, la paradoja de un país inmensamente más rico que sus vecinos, la mayor economía del continente africano, que si bien crece a ritmos del 5%, su desarrollo post-apartheid apenas ha logrado generar empleo, repartir la riqueza o mejorar la calidad de los servicios en los sectores más desfavorecidos. El desempleo alcanza cotas cercanas al 30%, y es mucho más elevado en determinados barrios (60% en Alexandra, según la BBC). Porque los problemas siguen estando en los barrios negros y pobres. También para el urbanismo.

Una posición optimista sobre el papel que puede jugar el urbanismo era la representada por Simon C. Nicks en “Designing the interface: the role of urban design in reconstructing apartheid villages, towns and cities” (Urban Design, diciembre de 2003). Era consciente de que la reconstrucción “no se limitaba” a las cuestiones espaciales. Y que algunos de los principios racistas “estaban siendo sustituidos por intereses clasistas. Lo cual ha llevado a que el desarrollo reciente de algunos espacios urbanos de la nueva Sudáfrica no sean muy distintos de los viejos”. No obstante, confiaba en la contribución del diseño urbano para conciliar usos y territorios urbanos que habían sido aislados. Uno de los aspectos clave estaría, según este autor, en la mediación “entre los bordes y los huecos de muchos interfaces urbanos”: entre usos del suelo, espacios con diferente nivel de vida, ámbitos afectados por procesos ecológicos singulares, tensiones en el mercado de suelo, etc. Pero no sabemos si cabe tanto optimismo a corto plazo. El desastre que organizó el apartheid ha sido enorme. Y las soluciones, con seguridad, habrán de ser lentas.

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