Detalles del post: Una mano de nieve

28.04.09


Una mano de nieve
Permalink por Saravia @ 14:47:28 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

Flores de azahar en el Patio del Alcázar

Almendros en flor (foto de Carmen Lario, cargada el 27 de febrero de 2006 en flickr.com).

Localización: Los patios del Alcázar de Sevilla, o las laderas de la serranía de Córdoba. Descripción: Comentamos una acción que tiene como escenario el propio palacio real. Informador: Lo cuenta el Infante Don Juan Manuel en el cuento XXX, “De lo que aconteció al rey Abenabed de Sevilla con su mujer, Ramaiquía”, del Libro de los ejemplos del Conde Lucanor y de Patronio (1330-1335). Tema: El amor como motivo de diseño, como condicionante del paisaje urbano.

[Mas:]

Argumento: La historia es muy conocida. Paseando el rey Al-Mutamid de Sevilla (cuya vida era “pura poesía en acción”, según dijo García Gómez) un día a orillas del Guadalquivir con su amigo Ibn Ammar, jugaban a improvisar poemas. Al levantarse una ligera brisa, dijo Al-Mutamid: "El viento tejiendo lorigas en las aguas" (la loriga es una coraza de escamas, que protege el pecho de los soldados). Y esperó la respuesta de su compañero. Pero no le dio tiempo, pues de alguna parte se oyó una voz de mujer que completó la rima: "¡Qué coraza si se helaran!". Era una muchacha que se escondía entre los juncos. La bellísima esclava Rumaikiyya, de la que Al-Mutamid quedó inmediatamente enamorado. La llevó a su palacio, la hizo su esposa y la dio el nombre de Itimâd, jugando con el suyo propio, Mutamid. Desde ese momento sus vidas quedaron enlazadas, y vivieron juntos las glorias y el exilio en Marruecos, hasta su muerte. Se cuentan muchas historias de la amorosa relación entre el rey y la muchacha, de las que destacaremos dos.

Cualquier deseo de la muchacha nuestro rey quería satisfacer. Se asomó ella un día por una ventana del palacio y vio a algunas mujeres pisando barro para preparar ladrillos. “Esto le recordó sus días de mozuela cuando solía hacer lo mismo, y se quebró en sollozos de nostalgia. Pidió a su marido (…) que le dejara volver a pisar el barro” (Poesía completa de Al-Mutamid, Granada, Comares, 2006; intr. de M. J. Hagerty). Al verla, el rey mandó traer “grandes cantidades de almizcle y ámbar. Luego dio orden de mezclarlo todo con agua de rosas”. Y una vez extendido en el patio, Itimâd lo pisó alegremente. Un exceso, nos dice Hagerty, “que habría hecho casi cualquiera de sus súbditos si hubiera sido rey”. Deseosa en otra ocasión de ver la nieve siendo primavera, el rey hizo plantar almendros en la Sierra de Córdoba para que con la floración la tierra se cubriese de blanco. Otra versión de este mismo capricho nos lleva a una solución algo distinta: ordenó el rey cubrir uno de los patios del Alcázar de flores blancas de azahar, para que al despertar la reina pudiese ver el suelo cubierto de ese manto blanco que soñaba. Flores de almendro o de naranjo. Lo que importa es la mano de nieve.

Derivaciones: Se da lo que se tiene. Una canción, una ciudad, un regalo. El rey pudo ofrecer, metafóricamente, lo que la joven deseaba. De una u otra manera, siempre cabe dar forma a los caprichos del amor. Se ha dicho que con esa forma de actuar el rey de Sevilla “encarnaba el sentimiento del reino”, y no excluía el cálculo político. Pero lo que nos interesa es poner de manifiesto con esos ejemplos la posibilidad de adoptar como otro de los temas arquitectónicos o urbanísticos el del amor. De creer la historia, aquella plantación de almendros en la sierra tuvo ese origen: ¿por qué no pensarlo?

Hay otro cuento en el que la nieve ocupa un lugar importante. Nos referimos al de H. Ch. Andersen sobre el Castillo de la Reina de las Nieves (1844). “Los muros del palacio son de nieve de ventisca y sus puertas y ventanas de viento cortante”. A los distintos aposentos llega la luz de la aurora boreal. Pero es un cuento triste: en medio del vacío e inmenso salón de nieve se extiende un lago roto en mil pedazos, y allí se sienta, cuando está en palacio, la Reina de las Nieves. Preferimos seguir leyendo libros en que se canta a la persona amada. Como El collar de la paloma, de Ibn Hazm (hay edición de Madrid, Alianza, 1971; el original se publicó en Játiva, hacia el 1023), donde se dice, por ejemplo: “Al ir a ti, corro como la luna llena / cuando atraviesa los confines del cielo. / Pero, al partir de ti, lo hago con la morosidad / con que se mueven las altas estrellas fijas”. O el Tratado de urbanismo, de Ángel González (Madrid, 1969), con su “Inventario de lugares propicios al amor”. O los poemas de Bergamín en “Esperando la mano de nieve” (Poesía, V, Madrid, Turner, 1985), que nos trae aquellos versos de Calderón: “…¿a quién suena la música bien pudiendo escuchar el llanto?” O el más reciente libro de Manuel Rivas, La desaparición de la nieve (Madrid, Alfaguara, 2009), del que, además del saludo a Ángel González (“Sents arrivar Ángel González?”, en la versión catalana), rescatamos algunos versos (mezclados los idiomas) de su “Manifesto”: “Nos fornos de pan, / Con brasas de brezo, / El fermentar de la nieve (…) Mais ás veces, si. / Els ulls escolten el xericar de la lluna, / El nevar inquieto de las pavesas, / Gorputz batera itzultzen denaren pausoak”.

Ejemplos: Hay muchos ejemplos en la literatura, pero muy pocos en el urbanismo. Y tampoco tantos en la arquitectura. Entre los primeros, la redonda Gruta de los Amantes, que se describe en el relato de Tristán e Isolda (una gruta que no sólo es obra de la naturaleza, también habría una parte construida). Entre los ejemplos de arquitectura y urbanismo pueden recordarse algunas construcciones de Hatshepsut. Pero quizá la obra más conocida sea el Taj Mahal, el imponente complejo de edificios construido por el emperador mogol Sha Vahan en Agra, entre 1631 y 1654, en memoria de su esposa favorita, Arjumand Bano Begum (conocida como Mumtaz Mahal), que murió al dar a luz a su 14º hijo. Una obra monumental, donde trabajaron miles de obreros durante más de 20 años. Es cierto que hay propuestas mucho más discretas (incluso secretas), y austeras en el gasto. No Verona ni Teruel. Tampoco París. ¿No hemos dicho secreto?

Opinión: Este tema puede ser útil. Depende. Al fin y al cabo la poesía es para quien la necesita. Sabemos que el sentimiento amoroso es (casi) universal. Pero conviene recordar que la poesía no refleja la realidad como un espejo (nos dejó dicho Tsvietáieva), “sino como un escudo”.

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