Detalles del post: Calles trazadas con buen sentido

16.05.09


Calles trazadas con buen sentido
Permalink por Saravia @ 18:01:54 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

Algún día llegaremos a Macondo

Imagen del libro del fotógrafo holandés Hannes Wallrafen titulado Una jornada en Macondo, 1992 (publicada en news.bbc.uk).

Localización: Macondo es un pueblo de Colombia. Una aldea, para ser exactos. Descripción: La sierra impenetrable está al oriente (y más allá la ciudad antigua de Riohacha), al sur los pantanos (“cubiertos de una eterna nata vegetal”), en occidente una extensión acuática sin horizonte, y al norte, después de la jungla, el mar. El pueblo, con veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas, lo fundó José Arcadio Buendía, quien dispuso las construcciones de tal forma que desde todas pudiera llegarse al río y abastecerse de agua con igual esfuerzo. Y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía más sol que otra a la hora del calor. Había igualdad, pero eso no impedía que la casa del fundador (con un castaño gigantesco en el patio) fuera desde el primer momento la mejor de la aldea, que sirvió de modelo para las demás, “arregladas a su imagen y semejanza”. En la calle central había un cartel en el que se leía: “Dios existe”. En pocos años “Macondo fue una aldea más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces por sus 300 habitantes. Era una aldea feliz donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto”. Informador: Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad (Buenos Aires, 1967). Tema: La igualdad.

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Argumento: Buendía llenó el pueblo de jaulas, y en ellas colocó turpiales, canarios, azulejos y petirrojos. Todas las casas tenían algún pájaro, y el concierto llegó a ser tan estruendoso que los gitanos que se dirigían allí se orientaban desde lejos con su canto. Más tarde esos pájaros fueron liberados y se instalaron relojes musicales en todas las casas. “José Arcadio Buendía (los) sincronizó con tanta precisión, que cada media hora el pueblo se alegraba con los acordes progresivos de una misma pieza, hasta alcanzar la culminación de un mediodía exacto y unánime con el valse completo. Fue también José Arcadio Buendía quien decidió por esos años que en las calles del pueblo se sembraran almendros en vez de acacias, y quien descubrió sin revelarlos nunca los métodos para hacerlos eternos”. En una ocasión hubo una epidemia de insomnio que llevaba a la pérdida de la memoria. Cada objeto se marcó con su nombre respectivo. Cuando murió el fundador se vio caer una llovizna de minúsculas flores amarillas. “Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa (…). Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta”.

Derivaciones: La descripción de Macondo nos ofrece, involuntariamente, sin duda, una serie de apuntes sobre la felicidad. Así, por ejemplo, cuando se nos informa que en los momentos dichosos había cierta coherencia formal entre las construcciones del poblado. Las casas se construían, o se arreglaban, “a imagen y semejanza” de la del fundador. Esta valoración no es algo nuevo, pues mucha gente nos diría algo parecido: si se aprecia el orden, se vive la calma. Y en muchos lugares se han dispuesto normas para conseguir esa misma armonía. Un caso especialmente atractivo nos parece el de Aranjuez, donde las casas se construyeron desde el primer momento conforme al trazado de Bonavía, pero siguiendo las pautas de una sola construcción, tomada como modelo. Y algo parecido se planteó en la reconstrucción de la zona incendiada de Valladolid, cuando Felipe II ordenó tomar como referencia una de las primeras casas reconstruidas. La armonía formal de los escenarios urbanos se suele asimilar a situaciones de paz. Las repeticiones, los elementos reiterados, las referencias mutuas, son generalmente alabadas. Incluso una cantera común puede enlazarlo todo, como en Salamanca o Aviñón, o el ladrillo de Toulouse. O el tono rosa de Marrakech. ¿Es bastante? ¿Es importante? Seguramente no mucho. Pues esa misma paz se puede trabajar, con ventaja, en la mirada, en saber valorar la armonía de quien acoge lo distinto ("saber ver la ciudad", que diría Zevi).

La gente que se acercaba a Macondo se orientaba desde lejos con el canto estruendoso de sus pájaros. En efecto, una leve imagen distante o un murmullo lejano pueden bastar para reconocer un enclave urbano. Y del reconocimiento de esa identidad nos llega también la calma de sentirse localizado en el mundo. Hablamos, pues, una vez más, del skyline, lo domine quien lo domine, castillos o catedrales (o el palacio de Urbino… o algún rascacielos de Repsol). Mejor sería, desde luego, una imagen que pudiese asociarse a algún uso común, a una actividad en la que muchos se sintiesen representados. O vincular la imagen a algún signo común, como la misma humareda, que se asocia tanto a las fábricas trabajando como a los fuegos del hogar. Y algo parecido tenemos con los sonidos: ¿no convocaba el pitido de los trenes tanto como los campanarios? El paisaje del sonido. Siglo XVI: los historiadores franceses calcularon que los 70 millones de personas que habitaban en Europa una superficie de 2,5 millones de km2 se reunían en torno a 130.000 campanarios. “Si se sube a un campanario cualquiera ve a su alrededor otros cuatro o cinco”, decía Benevolo. La paz sonora de Macondo, desde luego. Pero ¿es bastante? Se dejaron en libertad las aves, y se instalaron relojes musicales con tanto tino que cantaban todos a la vez. Como en Zurich, donde los múltiples relojes público cantan las horas con exactitud. Es bonito. Pero ¿llega más lejos?

Macondo era la casa de los niños y los jóvenes (“nadie era mayor de 30 años”), de los árboles y de las flores, de las aves. Sabemos que todas las edades han de estar representadas en la ciudad para que sea feliz, acogiendo “el toma y daca del crecimiento”. En el caso contrario (ciudades sólo de niños, o de jóvenes, o quizá de viejos; o sin niños, sin jóvenes, sin viejos) la ciudad pierde profundidad, sentido. Por eso las nuevas ciudades y los nuevos barrios parecen engañosos, tristes, tibios. A los jóvenes cambiantes les falta el contrapunto de los ancianos endurecidos (y paradójicamente, más indulgentes). A esa ciudad le faltan los escenarios de las otras edades. Y cualquier ciudad necesita siempre un cementerio, o algo semejante, donde agradecer a los muertos su comprensión y amabilidad por habernos hecho hueco. Macondo se llenó de árboles desde el primer momento: castaños en los patios, acacias y almendros en las calles. Qué decir de la confusa cultura de los árboles, de esos tranquilos compañeros de la calle. Cuando dan fruto (almendras, castañas) forman en su torno un espacio mágico. Y cuando nos entregan su sombra agujereada (acacias) no es posible encontrar mejor lugar para el descanso. Pero ¿es bastante? En Macondo los hicieron eternos, pero con ello cerraron el paso a los nuevos brotes. La gente sería eternamente joven, pero los árboles inmensamente viejos. Mal, por tanto: hay que nacer, hay que morir. ¿No se trataba de eso?

Y en cuanto a las aves… Turpiales, canarios, azulejos, petirrojos. Las múltiples historias que vinculan las ciudades con las aves suelen ser muy sugerentes. En la época clásica su fundación dependía de los juegos que las aves dibujaban en el cielo (aquellos signos fastos y nefastos). Y en nuestros años se multiplican los catálogos. Las aves de Alicante: Un mirlo que se ha tranquilizado con nuestra presencia y se ha hecho urbano; un gorrión (o teuladí) ya veterano, que nos acompaña desde el principio de las ciudades; un vencejo y un avión que se acurrucan bajo los aleros; una cigüeña cada vez más asentada; las gaviotas en los vertederos y los cormoranes en los puertos; cotorras que se escaparon; abubillas, currucas, golondrinas, palomas, enredando por dentro y por fuera de la ciudad. En Cáceres se han puesto en marcha “festivales de las aves”. Y a todos, aunque incomoden las palomas, nos gusta su presencia. También queremos que haya flores (esa llovizna de minúsculas flores amarillas que llegó a Macondo). Pero ¿es bastante?

Dijimos que se dijo en un cartel: “Dios existe”. Más allá del juego de la fe y el ateísmo que se desarrolla en los laterales de los autobuses, las relaciones del arte y las palabras vienen también de lejos. De la pipa de Magritte y el “Hoch und strahlend stheht der Mond” de Klee; del “Je t´aime” de Motherwell (en la pintura), al “Not a bad worl, is it?” de Ruscha y el “Bonjour tristesse” de Siza, donde las palabras son paisaje. Pero ¿consuelan las palabras por su imagen? Cuando llegó el insomnio, nos dijeron, se dispusieron en Macondo a actuar contra el olvido. Y aquí sí: guardar memoria de nuestras vidas, de las de los gritones y de quienes “pasaron por la vida sin levantar la voz” es, ahora sí, un programa de paz, también urbana. Guardar memoria de un “sufrimiento que exige ser contado”, de los hechos que exigen “la compensación ética de su narración” (Jiménez Lozano, Contra el olvido, León, Edilesa, 2002). Aquella igualdad que proponía Macondo se reiteraba en el afán por mantener el nombre de las cosas, al modo que se explican las especies en cualquier botánico. Mantener las palabras para contar los hechos, la memoria de todos. No está mal.

Porque el recuerdo del dolor es el fundamento de los programas de igualdad. N. Bobbio dijo (en su librito clásico: Igualdad y libertad, Barcelona, Paidós, 1993) que no se trata de conseguir una igualdad absoluta, de todos en todo, sino relativa, de todos en algo, en las necesidades básicas. Y ahí entra el planeamiento urbano, en la garantía de unos mínimos suficientes, de una vivienda mínima y de una ciudad mínima, para la vida de todos los ciudadanos, sin excepción. No se trata de conseguir una ciudad de iguales, sino más igualitaria. No se trata de evitar que algunos dispongan de una gran mansión si no pueden disfrutarla todos, sino de que todos tengan garantizada una vivienda digna y suficiente, en tanto que otros puedan alcanzar su mejor casa en función de sus propias elecciones, sus méritos y esfuerzo, o incluso su mejor suerte.

Ejemplos: No es fácil encontrar en la historia urbanística el objetivo de la igualdad. Parece un concepto propio de un periodo muy determinado del siglo XX. Y de un espacio: Europa central. Ni aparece antes ni volverá después. No hay más. De hecho, a finales del mismo siglo XX ya se había perdido, enredado en un postmodernismo desorientado. Como decimos, nos cuesta encontrar el objetivo de la igualdad en los planes urbanísticos. Los viejos trazados de Jefferson, por ejemplo, definían una retícula homogénea, pero con un sentido más instrumental que ideológico. Las parcelas eran iguales en sus planos de la misma forma en que los lotes de las nuevas ciudades latinoamericanas también lo eran. Por funcionalidad, pero no porque se buscasen idénticas condiciones urbanas para unos y otros. Algo así sólo lo encontramos en los ejemplos de la llamada “línea dura del racionalismo” europeo (C. Martí y X. Monteys). Hay muchas propuestas urbanísticas que tratan de equilibrar las dotaciones o garantizar una buena accesibilidad a los equipamientos, pero son unos objetivos sólo considerados desde el punto de vista de las mayorías. De que haya una importante proporción de la población urbana que consiga unas buenas condiciones residenciales, por ejemplo. Pero el objetivo de la igualdad, se defina como se quiera (pero en tensión), ha sido muy pocas veces visto en un urbanismo colapsado por los principios de jerarquía y orden formal. Sin rastro de ningún igualitarismo residencial radical, como el que pretendió Buendía para el primer Macondo.

Opinión: Un buen tema, sin duda.

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