Detalles del post: Sin amigos que les olviden

20.08.09


Sin amigos que les olviden
Permalink por Saravia @ 02:05:05 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

27. Las tumbas

Melinda´s Grave at Waverley Cemetery (imagen de nellibell48, cargada el 16 de abril de 2008 en melindakendall.wordpress.com)

No es tan extraño que el urbanista deba trabajar con cementerios, definirlos en el plan de la ciudad o de algún área de crecimiento y prever cómo podrán afectar al desarrollo urbano, pensar su posible ampliación, transformación o traslado, determinar las medidas de protección del entorno próximo. Para lo cual, sin duda, ha de tener alguna idea de su sentido y significado. En definitiva, y por si alguno tenía dudas, el cementerio (o los enterramientos, o las tumbas) es un tema urbano.

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¿Cuántos cadáveres habrá que considerar? Decía Dámaso Alonso (en “Insomnio”), cuando la capital contaba con más de un millón de habitantes, que “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”. Quién sabe. La demanda es extraña, las fórmulas cambiantes y muchos de los requisitos incomprensibles. Una ridícula norma de separación (que se estira y encoge como el chicle) basta, al parecer, para tranquilizar las conciencias higienistas y religiosas. Pero habrá que ser más exigentes. Apuntar hacia la dignidad del haber muerto, analizar esa “retórica de sombra y de mármol (que) promete o prefigura la deseable dignidad de haber muerto” (Borges).

La tradición del cementerio es anterior a la ciudad. ¿Qué pautas aplicar, si es que las hay, para localizarlo? Se dice que la elección del monte Li para la gran tumba imperial de China (Qin Shi Huangdi) se decidió aplicando las tradiciones ocultas del fengshui taoísta, es decir, “viento y agua”, pero nosotros las desconocemos y no tenemos nada equivalente. Únicamente la propiedad del suelo: tal ha sido el criterio para albergar éste o aquel nuevo cementerio. En cualquier caso, el espacio que lo circunda se carga de carácter: “¡qué pequeña patria circunda el cementerio!”. Los hay cerrados, como el que pintó Friedrich (“La entrada del cementerio”, 1825), pero también abiertos, integrados en la ciudad, como algunos que describió Cernuda (“En torno están las casas, cerca hay tiendas”). La tapia, en cualquier caso, es con frecuencia tema principal que lo caracteriza decisivamente: “Corral de muertos, entre pobres tapias hechas también de barro” (Unamuno).

Contamos con amplia tradición sobre la forma de estructurar el área, cómo colocar las tumbas y los nichos, cómo orientar las sepulturas, cómo determinar las formas monumentales, cuando las haya. Tenemos criterios y referencias sobre señalizaciones y estelas en los diversos cultos y en soluciones civiles (aunque en este último caso aún faltan rituales, desde luego). Contamos con ejemplos arquitectónicos notables (por su proyecto, como el Brion de Scarpa, el de Asplund, el de Miralles, el de Garcés y Soria, el de César Portela en Fisterra; y en Castilla y León los de Gallegos y Sanz o Primitivo González y Diego González Lasala. Pero también por su fama, como la Recoleta de Buenos Aires, el judío de Praga, el militar de Arlington, el chino de Manila, el de Montmartre de París, el cubano de Cienfuegos, el medieval de Azerbaiján, o el Abney Park de Londres). Todos ellos dedican amplio espacio a los enterramientos: por eso no es extraño que se continúe el juego que sugiere el término necrópolis y se siga oyendo hablar del cementerio como ciudad: “ciudad enana” (César Tiempo) o “ciudad interior” (Alberto Blanco), por ejemplo. Pero lo esencial en él no es el espacio, sino el tiempo: “Aquí se abisman, sin cesar, los siglos” (Esteban Echeverría).

No nos gusta la muerte ni su recuerdo. Pero no queremos en esa "ciudad como su nombre" alejarnos frívolamente de ella. Está la vida entretejida con la muerte y la ciudad debería reflejar esos lazos. Especialmente en la noche, donde se mezclan tumba y tumbarse: “La noche deja, ahora, paralelos los vivos, que duermen un poco más alto, con los muertos que duermen, un poco más bajo” (Juan Ramón Jiménez). Al fin y al cabo todos somos “muertos de nacimiento” (Bergamín), y vivimos muriendo. Por múltiples razones nosotros preferimos la incineración (una importante: el eterno juego del poder con los cadáveres. “Donde haya huesos serbios está la tierra serbia”: ver O. B. Rader, Tumba y poder, Madrid, Siruela, 2006). Sabemos además que las incineraciones avanzan rápidamente frente a las inhumaciones, especialmente en España. Pero posiblemente durante mucho tiempo haya gente que siga optando por la inhumación. Y hay que determinar los lugares más adecuados para el enterramiento. Que convendría no fuesen demasiado grandes y pudiesen distribuirse por la ciudad, lo mismo que los jardines de cenizas. Es curioso. Hace miles de años, en muchos lugares, se enterraban los muertos en las casas. Luego se concentraron junto a las iglesias y más tarde en grandes cementerios suburbanos. Con la incineración puede decirse que han regresado a casa: “Yo sueño con un vaso humilde y simple arcilla, / que guarde tus cenizas cerca de mis miradas; / y la pared del vaso te será mi mejilla, / y quedarán mi alma y tu alma apaciguadas” (Gabriela Mistral).

Bataille aseguraba (en El erotismo) que sólo se puede trabajar si se consigue eludir, transitoriamente, la imagen de la muerte. Pero Unamuno se colocaba en la posición contraria, y entendía que son los vivos quienes perturban el descanso de los muertos. Porque los muertos están para el olvido: “Borradas están ya las inscripciones / De las losas con muertos de dos siglos, / Sin amigos que les olviden, muertos / Clandestinos” (Cernuda). Sin amigos que les olviden: ¿no eran los amigos quienes habrían de recordarlos? Pero dos siglos acaban siendo demasiado. Con la misma intención, aunque entre seres vivos, Ángel González escribía: “Si tú me olvidas / quedaré muerto sin que nadie lo sepa”. ¿Tiene que haber algún lugar para los muertos, para recordarlos? ¿Cruceros en los lugares de algún accidente, monumentos a las víctimas del terrorismo, memoriales de la guerra? Pensamos que no. Presencia de la muerte sí, tejida con la vida (lo dijimos). Pero dispuesta a ser borrada con el tiempo, sin pretensión de durar mucho más que los recuerdos personales. Inscripciones hechas para ser borradas con “el viento y el agua”.

Por eso son tan atractivos los cementerios americanos en los parques (K. T. Jackson, Silent cities: the evolution of American cemetery, Nueva York, Princeton A. P. 1989). La muerte se diluye en verde (ese color ambivalente: es el color de la vida y es también el de la muerte). A casi todos gustan. “El mayor atractivo, para mí, de América, es el encanto de sus cementerios sentidos, sin vallas, cercanos, verdadera ciudad poética de cada ciudad” (Juan Ramón Jiménez en su Diario de un poeta reciéncasado). “Verdaderos jardines donde a menudo juegan los niños, pasean los enamorados y los viejos hacen tertulia” (Martínez Nadal). Provocan una complejidad infinita de placer y dolor, pero por encima de todo se da en ellos una “paz contemplativa”. Esta última expresión es de Cernuda, aunque no se refiere a América, sino a un pequeño cementerio de las afueras de Oxford: “En torno de la iglesia esparce el cementerio / Sus tumbas viejas, caídas en la hierba / Como lebrel cansado ante los pies de su dueño”. Como lebrel cansado: placer y dolor.

¿Qué podemos dejar en esa ciudad como tu nombre? Jankélévitch nos dice que “la muerte destruye al ser vivo por completo, pero no puede nihilizar el hecho de haber vivido”. Dispongamos lugares de enterramiento en algunos parques, y signos de recuerdo de las vidas pasadas bien distribuidos y localizados con sentido; pero propensos, como dijimos, a una desaparición no muy lejana, a ser borrados sin mucha demora. No más. Para dormir después, como sugiere Bergamín, “en las cenizas del hogar apagado”.

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Comentario de: Saravia [Member] · http://urblog.org
Viendo la foto no estaría mal escuchar a Brassens, en su "Supplique pour être enterré...". Está aquí: http://www.youtube.com/watch?v=aWLg_vxOp7A.
URL 19.12.09 @ 00:56
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