Detalles del post: Los meandros del paisaje

21.08.09


Los meandros del paisaje
Permalink por Saravia @ 23:09:39 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

La atmósfera agobiante de Región

Plaza de los negrillos en Vegamian, León (foto antigua, firmada por Honorato, procedente de vegamian.net)

Lugar: Región es una comarca (la “comarca regionata”), un espacio “mítico, legendario, demoniaco” (Joseba Molinero) que se sitúa en la montaña leonesa, cerca del pantano del Porma (hoy Pantano de Juan Benet). Descripción: Es un paisaje aterrorizante de sencilla estructura: una zona de montaña, otra de páramo (un pequeño y elevado desierto “que parece interminable”) y abajo el valle de praderas amplias. Lo cruzan dos ríos que confluyen: el Torce y el Formigoso. Pero es un paisaje demoníaco: “las montañas, los elementos vegetales, el clima adquieren fundamentos humanos -deseo, rabia, ira- como en un conjuro infernal”. Lo rodean los bosques de Mantua, donde viven algunos pastores (aunque nadie habla de este lugar). En Región se encuentran varias poblaciones y caseríos: Bocentellas, Puente de Doña Cautiva, El Salvador, Burgo Mediano, Macerta. Pero nos interesa sobre todo el pueblo también llamado Región. Está regado por el río Torce (en realidad, “un arroyo saltarín”) y muy mal comunicado. De hecho, “las pocas carreteras que existen en la comarca son caminos de manada que siguen el curso de los ríos”. Con Macerta, el núcleo principal, donde se construyó un ferrocarril que nunca entró en servicio, también hay muy mal enlace (y en el fondo, nadie lo apetece). La casa donde se encuentra una vieja clínica (y se desarrolla la mayor parte de la acción, si se puede llamar así, de la novela) era una residencia rural de dos plantas, “de ese gusto tan civil y solemne que el siglo XIX implantó por doquier sin hacer distinciones entre la casa ciudadana y la de campo”. Fue construida sesenta años atrás para un indiano que no pudo verla terminada. Informador: Juan Benet, en Volverás a Región (Barcelona, Destino, 1967), Herrumbrosas lanzas (1983-1985) y en la colección de textos titulada Cartografía personal (Valladolid, Cuatro, 1997). Tema: la espera (no confundir con la esperanza) y el destino.

[Mas:]

Argumento: En Volverás a Región hay un argumento cíclico y otro no cíclico que juegan con las palabras destino, aislamiento, guerra y ruina. Y decadencia. Los ciclos tienen que ver con el bosque (demoníaco) y el Numa. Sabemos que “Mantua sólo otorga su hospitalidad a los ángeles caídos”, por lo que los habitantes de Región evitan acercarse allí. Pero en ocasiones llega alguien que pretende visitarlo, y siempre desaparece. Numa es el vigilante, que elimina a quien se enfrente a esa ley infernal que domina la naturaleza. Los habitantes de Región se reconfortan al oír sus disparos. Aparte de este orden mítico, la historia tiene tres personajes principales: un niño (del que no se da el nombre) abandonado por su madre, una mujer (María Timoner) prostituida, y un médico (Daniel Sebastián), que cuida del primero en una destartalada clínica. La mujer fue amante del hijo del médico, que escapó hacia los montes al acabar la guerra civil española con un grupo de combatientes. Un día la mujer regresó e Región, estuvo toda la noche hablando con el doctor, a quien finalmente el muchacho mató de un disparo. Ken Benson hace una lectura interesante (en Fenomenología del enigma). Ve la novela construida alrededor del contraste entre los dos personajes principales y el movimiento y la quietud: la mujer se fue, se traslada y finalmente regresa a Región, mientras que el doctor permanece en el pueblo, esperando resignado a que se cumpla su destino.

Pero también puede contarse la historia de Región en esos años. La guerra truncó toda expectativa de desarrollo y se quedó como “un santuario de la ruina”. Cuando estalla una guerra –se lee en la novela- “se rompe hasta la mortuoria armonía de la calle, y cambia el silencio de las huertas”. Sumida en la alienación y resignación, “la gente de Región ha optado por olvidar su propia historia”. La posguerra se ve como una ruina permanente. Tras su conquista por las tropas de Franco Región quedó “desierta para siempre, comida por la lepra de los disparos, las cubiertas agujereadas y las alcantarillas abiertas, el viento que remolinea y susurra por los huecos abiertos”. Además se nos presenta aislada, entre un laberinto de cierres y caminos perdidos, separada del mundo. Sin trascendencia alguna. Y también sin Dios. Sólo domina el destino y la fatalidad.

Derivaciones: Vemos tres derivaciones de este principio del destino: el estilo del narrador dominante, el tiempo aniquilador (la espera), y la preeminencia de la naturaleza. Se ha dicho que el verdadero argumento de esta obra es el estilo del autor. “En esta novela el lenguaje es el principal protagonista. Benet lo retuerce a su antojo, rompiendo la línea de significado de una oración y retomándola 20 o 30 páginas después, y quebrando la sucesión temporal. La resolución de los hechos se realiza entre paréntesis o guiones o una nota a pie de página, y no en la oración principal, no existe oración principal. Todo es una metáfora distorsionada (…). El estilo lo cubre todo: los hechos, los personajes, los usos, y establece conexiones entre todo” (Molinero). Con frecuencia se habla de “los meandros” del estilo benetiano, de su morosidad. “El pulso de la decadencia, del que no se le hablará (al lector), sino que uno sentirá palpitando; la representación de la espera, que es aquello en que consiste la vida de todos los hombres, su esencia” (Marías). Con el estilo se crea ambiente y atmósfera. El mismo Benet lo expuso: “El párrafo corto es el de la razón, mientras que el largo es el de la pasión”.

Francisco Rico lo ve de otra manera. Según él, con esta fórmula el narrador “nos obliga a plegarnos a sus propias exigencias, para que no descuidemos que no hay más realidad ni más valor que la voz que cuenta”. La escasez de diálogo de la novela es otro de los “modos tajantes de promulgar el principio del narrador, el imperio del estilo sobre todas las cosas”. Y Sandra Navarro subraya el hecho de que los personajes “se expresan en el mismo registro y de la misma forma que el narrador”. Por eso Rico concluye: “La singularidad estilística de la voz que cuenta se impone tan ineludiblemente al lector como el destino se impone a los personajes. El estilo es el destino”. Es un problema, pues también el arte es siempre una larga paciencia.

Por otro lado queremos recordar la visión del tiempo del doctor Sebastián: Para él, el tiempo es el único responsable de la aniquilación de las personas: “El tiempo asoma en la desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor (…). Y me pregunto cómo es posible que persistamos en mantener tal abuso: en habilitar al tiempo como depositario de nuestra esperanza cuando es él –y solamente él- quien se encarga de defraudarla”. Su signo es la espera, “que es aquello en que consiste la vida de todos los hombres, su esencia; los despojos que el amor va dejando a su paso tras llegar siempre tarde a la cita con las personas” (nuevamente Marías). Por último, queríamos hablar del viento, recordando las palabras de Sánchez Ferlosio: “la malevolencia de un tiempo como el viento”, y el comentario de Sandra Navarro: “el sonido de ese viento sobre los tejados y contra las puertas, en el páramo y a través de los ríos y en las cimas de los montes; el ruido de las batallas y el silencio de los fusilamientos; la usurpación y las maldiciones de una naturaleza siempre más poderosa que sus víctimas”.

Opinión: Es curioso que esta novela la escribiese Benet, el ingeniero Benet, cuando se estaba dedicando a anegar una comarca de más de mil hectáreas con la construcción del pantano del Porma. Y es curioso que esa misma comarca sea precisamente Región (lo dijo él mismo: “La vista desde mi ventana se convirtió en la base de ese mundo que llamé Región”). Pero lo que no sorprende es su visión de la ciudad, como espacio imposible: "Invisible y poco menos que inmutable, la gran ciudad invita permanentemente a su habitante a recelar del futuro, de la ciencia y del urbanismo, circunscritos a la prosperidad del barrio" (en Cartografía personal, cit., p. 26).

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