Detalles del post: Cielos, campos y trigos

25.08.09


Cielos, campos y trigos
Permalink por Saravia @ 02:08:53 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

25. Los sembrados

Segovia desde el sembrado (imagen procedente de lasnavillas.com)

El paisaje de Segovia cuenta a lo lejos con las montañas, abajo con los valles y en el interior los monumentos. Pero la ciudad también está rodeada de campos de cereal, en las llanuras. Y son esenciales. Wordsworth veía así, mucho antes, la ciudad de Londres: “No tiene la tierra nada más bello que mostrar: / Torpe de alma sería quien pasara por alto / una vista tan conmovedora en su majestuosidad: / Esta ciudad lleva puesta ahora, como una prenda, / la belleza de la mañana; silenciosa, desnuda, / barcos, torres, cúpulas, teatros y templos yacen / abiertos hacia los campos y hacia el cielo”. Todo Londres se abría hacia un campo exterior que lo hacía “brillar y relucir”.

[Mas:]

Esa “franja rural-urbana” donde “la urbanización choca con lo rural” debe entenderse, pues, “como una parte de la ciudad” (lo decía Harold Carter, en su divulgadísimo estudio de la geografía urbana). Y de hecho los planes generales la ordenan siempre vinculada, de una u otra forma (como suelo de crecimiento “no programado”, suelo de protección de diversos tipos, etc.), a la ciudad misma. Pero lo cierto es que se trata de un espacio extraordinariamente sensible. Aquí, en esa ciudad como su nombre a que nos referimos, queremos mantener la actividad agrícola de los alredores de la ciudad con decisión. Mantener los sembrados.

No sólo por razones (evidentes) de sostenibilidad. O paisajísticas (no es difícil encontrar la relación entre las representaciones renacentistas que expone Emilio Sereni en su Storia del paesaggio agrario italiano con las imágenes de buena parte del actual paisaje italiano; y algo parecido podría decirse de otros países). O relacionándolo incluso con los más que razonables planteamientos de la “agricultura urbana” y la seguridad alimentaria. Nos gusta también por su poética (un antiguo sentido). De tal manera que, siguiendo a Raymond Williams (El campo y la ciudad, Buenos Aires, Paidós, 2001; or. de 1973), vemos “las praderas segadas como la tela dispuesta para un pintor”, lo mismo que las consideraba en el s. XVII Andrew Marvell: “Un espacio nivelado, tan terso y llano, como paños extendidos para pintar”.

Vemos esos lienzos porque en sus cultivos el campo ha conseguido “cierta simplicidad de cosa humana”. Lo dice William Ospina en el poema “Sembrados de fresno”, y lo desarrolla: “Si creciera sujeta solamente a sus Dioses / más compleja sería la hilera de las plantas”. Por eso en los sembrados nos encontramos grandes superficies homogéneas: “muchedumbre de trigos” que termina en “horizontes en círculo” (Guillén, aproximadamente). Horizontes abiertos en los que, por tratarse de un espacio cuidado, civilizado, tantas veces amable, “es cariño la distancia” (Rega, “Recuerdo de Pissarro”).

Estos campos, cuando están cuidados, ofrecen sensación de hondura y totalidad: “Plenitud: El cerro azul estaba fragante de romero, / y en los profundos campos silbaba la perdiz” (Leopoldo Lugones). Una integridad que se nos antoja lógica. ¿Cómo no va a estar en la ciudad el campo del que procede? ¿Cómo no ha de verse completo el panorama? En la larga historia de los asentamientos humanos, “siempre se reconoció profundamente (la) conexión entre el campo del que todos, directa o indirectamente, obtenemos lo necesario para vivir y los logros de la sociedad. Y uno de esos logros fue la ciudad: la capital, el pueblo grande, una forma distintiva de civilización” (Williams, de nuevo). Al fin y al cabo, la lluvia de la ciudad es la del campo.

La gente de la ciudad debe a los campos su memoria primera, de la que son depositarios: “La memoria se posa sobre un campo de trigo” (Rodolfo Hinostroza). En cualquier parte, “estos campos antiguos soportan, sosegados, / todo ese mar de historia que ha vertido sobre ellos el tiempo” (una vez más Ospina, ahora en “Atenas”). O prados de fina hierba, o campos de trigo y centeno que subrayan las estaciones, los veranos. Y así basculan “entre el oro alocado del trigo / y el temblor de los tallos de avena”. Pero también podemos ver terrenos abandonados. Pues últimamente, en los alrededores de las ciudades, el campo se abandona a la espera de una hipotética transformación urbana. Podría decirse que entonces el campo “enferma, como sólo la belleza enferma” (Azúa).

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