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05.09.09


Lugares raros
Permalink por Saravia @ 18:55:09 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

Un paseo por el Cielo, el Infierno, el Purgatorio y el Limbo

Fotograma de Así en el Cielo como en la Tierra (José Luis Cuerda, 1995), donde San Pedro (el comandante de la Guardia Civil) anuncia (a la carrera) en una calle del Cielo (en la parte que queda sobre España) el final del Apocalipsis.

Localización: No se sabe bien dónde están. Pero lo cierto es que “el cielo y el infierno son lugares, y hay que situarlos espacialmente” (J. Choza y W. Wolny, eds., en Infierno y Paraíso. El más allá en las tres culturas, Madrid, Biblioteca Nueva, 2004). Hay distintas teorías, aunque en general se admite que el Cielo está arriba y el Infierno abajo (“en las cavidades inferiores y recónditas del cosmos”). Del Purgatorio, poco se dice (aunque parece que en medio de ambos). Y del Limbo, menos: Dante sitúa este último en el primer círculo del Infierno.

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Descripción. El infierno de los romanos era un lago oscuro, al que se accedía desde el Averno (un cráter en la Campania). El infierno islámico (según Las mil y una noches, noche 362) es un edificio de siete pisos o “regiones”; en el primero (Gehannam) hay montañas de fuego y ciudades de fuego, y se tortura con fruición. La quinta región, Sakhar, tiene una caverna llena de aire abrasado y pestilente, destinada a torturar a judíos y cristianos. Que sepamos, el infierno cristiano (el Infierno, propiamente dicho) no reserva un espacio específico para los musulmanes. Es un embudo formado por nueve círculos cada vez más pequeños y profundos, con pozos, despeñaderos, pantanos, arenales, ríos de sangre y asquerosidades varias. En el infierno inferior, sin embargo, hay una ciudad con mezquitas rojas, cercada por murallas de hierro. Allí un fuego eterno consume eternamente a los condenados, mientras son acosados por demonios, que torturan sus cuerpos y sus almas (moobing). Pero, con todo, el lugar más terrible del infierno cristiano (estamos siguiendo a Dante) no es ninguno de los hornos de llamas, sino un lago de hielo. Sus habitantes se llaman “condenados”. Sus funcionarios, demonios. El jefe del Negociado, un tal Lucifer. Dominan los colores rojos, naranjas y amarillos, que destacan sobre un fondo negro. Hay muchos efectos especiales y mucha tiniebla. “La caracterización del infierno como un lugar del universo (…) se debe a Agustín” (“San Agustín y la historia del infierno cristiano”, en Choza y Wolny, cit.).

El Purgatorio es una montaña aterrazada con siete pisos, cada uno de ellos especializado en la purga de diferentes pecados. Es simétrico al Infierno; y si el vértice de éste se sitúa en el centro de la Tierra, el del Purgatorio conecta, en la cima, con el Paraíso (Es fácil, por tanto, calcular la distancia entre el Cielo y la Tierra: unos 6.360 km). Cerca de la cumbre está la fuente Eunoe, en la que al beber se olvidan las cosas malas y sólo se recuerdan las buenas (“que quita la memoria del pecado; en otra de toda buena obra recuerda”). Sus habitantes se llaman “ánimas”. Se desconoce el nombre de los funcionarios, aunque se sabe que hay algunos ángeles en comisión de servicio. El Islam también cuenta con un lugar semejante: el Barzaj, donde se realizan los trámites y se espera para el juicio. Debe decirse que el Purgatorio no tiene, en principio, nada que ver con los purgantes, y por tanto no convendría relacionarlo, de ningún modo, con las farmacias. Más bien es un lugar de contabilidad (y en este sentido sí que cabría cierta vinculación con los bancos). Tantos pecados, tantos meses (bonificables con indulgencias). No tiene color propio, aunque se supone que deberían predominar los tonos tierra, como de centro histórico.

El Paraíso que vio Dante era una rosa inmensa. En cada uno de sus pétalos hay un alma, y en el centro, Dios. Por allí, Beatriz (el amor del poeta). Está conformado por nueve cielos esféricos, y la ciudad de Dios por encima de todos. Sus funcionarios se llaman ángeles. Y la principal actividad es mirar a Dios (la “contemplación perfecta”). Dominan los tonos azules y blancos (según la abadesa Hildegarda de Bingen, los santos “vestían de seda y con zapatos blancos”). Y por alguna extraña razón se relaciona este lugar con los quesos (Caprice de Dieux, Philadelphia), y no con el marisco (que sería más lógico). Hay mucha luz. Muchísima (“el cielo es pura luz”, según Dante). Pero no molesta, sino que es “deleitable”. Los habitantes se llaman comúnmente “bienaventurados”. La palabra que más se oye es “aleluya”. Pero también hay otros cielos, correspondientes a otras religiones. El Paraíso hinduísta es el Suarga. Pero el mejor, sin duda, en nuestra opinión, es el islámico. En el Corán se imagina el paraíso como un jardín “por cuyos bajos fluyen arroyos (…). Habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino, delicia de los bebedores, arroyos de depurada miel. Tendrán en él toda clase de frutas”. Se ha dicho que este paraíso es el cumplimiento de los anhelos del pastor nómada del desierto: una vida sin fin en un oasis eterno, en el cual el hombre disfrutará de todos los gozos que pueda imaginar. “La `visión de Dios´ es algo que apenas aparece insinuado en el Corán”. Respecto a los jardines hispanomusulmanes también se ha dicho: “En esos palacios y jardines es donde los fieles se acercan más al paraíso y lo experimentan de un modo más certero (en op. cit.).

El Limbo, donde van los niños que mueren sin haber sido bautizados, está atendido, se supone, por enfermeras celestiales de Maternidad. Hay dudas sobre el color de las salas. Seguramente predomine el blanco (la pureza), aunque bien podría tratarse de un gris perlado. La figura del limbo tiene su primera formulación en 1202, con Tomás de Aquino. Según el Catecismo de Trento es “una tercera clase de cavidad, en donde residían las almas de los santos antes de la venida de Cristo Señor nuestro”. En la tradición islámica existe también el Araf, un alto muro o barrera, frontera del cielo, junto al que se encuentran las almas de los niños o los locos.

Informador: Se dicen cosas en la Biblia, en el Corán y otros libros sagrados. Pero el que informa con más precisión del cielo e infierno cristianos es Dante Alighieri, en La Divina Comedia (escrita entre 1304 y 1321, publicada ese último año en Florencia). También han dejado imágenes de Cielo e Infierno El Bosco, Miguel Ángel y otros muchos autores voluntariosos. Para el Purgatorio puede valer la última historia de Tomás Eloy Martínez (Purgatorio, Madrid, Alfaguara, 2008).

Tema: El éxtasis permanente.

Argumento. Para entender el mecanismo de funcionamiento de estos lugares, nada mejor que el Catecismo. Aunque recientemente ha habido algunos ajustes. El Cielo se mantiene. Del Purgatorio se habla poco. El Infierno, desde el 28 de julio de 1999 (Catequesis de Juan Pablo II), “indica, más que un lugar, la situación en la que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios”. O sea: que ya no hay tal lugar. Y el Limbo, desde el 20 de abril de 2007 (publicación de “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin ser bautizados”, de la Comisión Teológica Internacional de la Iglesia Católica, autorizada por Benedicto XVI) también ha dejado de existir. Al parecer reflejaba "una visión excesivamente restrictiva de la salvación".

Derivaciones. Suele hablarse de cielo e infierno metafóricamente. Un lugar puede ser un paraíso o un infierno, dependiendo de las circunstancias. A veces incluso las metáforas llegan más lejos, y podría verse el cono invertido del infierno en estas imágenes de Sebastião Salgado (Minas de oro de Serra Pelao, Brasil). Pero no buscamos metáforas. Y para concretar, centrándonos ahora en el Cielo, hay otros tres aspectos que nos interesa señalar. El primero se refiere a la forma. Porque desde la Baja Edad Media el Cielo se fue configurando con mayor precisión. Dejó de ser abstracto (como lo presentaba San Agustín) y se hizo visible y accesible. “La geografía del cielo renacentista refleja la división entre la ciudad celestial y el jardín del paraíso” (Colleen McDannell y Bernhard Lang, Historia del Cielo, Madrid, Taurus, 1990; a quienes seguimos en este apartado). Desde entonces, en efecto, el Cielo se configura con una ciudad, una pradera, jardín o parque alrededor, una avenida y unos castillos. La ciudad se denominaba Nueva Jerusalén. En ella dominaban las formas claras y los círculos (que simbolizan la perfección). Y el jardín paradisíaco se convirtió en una hermosa llanura que rodeaba a la ciudad celestial.

La monja terciaria Gerardesca (1210-1269), aunque no salió en su vida de Pisa, supo hacer una descripción detallada del cielo urbano. Distinguió tres áreas en las que vivían los bienaventurados: la ciudad propiamente dicha (la citada Jerusalén celestial), siete castillos construidos sobre montañas que rodeaban la ciudad y numerosas fortalezas de la vecindad. La ciudad propiamente dicha (que, por cierto, contaba con una avenida de árboles dorados) era la morada de la Santísima Trinidad, la Virgen María, el coro de ángeles y los santos de mayores méritos. En los siete castillos, que eran visitados tres veces al año por la corte celestial al completo, vivían los bienaventurados de menor mérito, pero aún así distinguidos. Las fortalezas menores estaban dedicadas al resto de los bienaventurados, que disfrutaban también de libre acceso a la Ciudad Santa.

El segundo aspecto se refiere a la posibilidad de un cielo dual. Según contaba el autor de teatro Ruzzante (1502-1542), un muerto le relató la existencia de dos paraísos en el otro mundo. “Uno aloja a los que han llevado una vida activa y virtuosa; el otro, a los que renunciaron al mundo. Los habitantes del primer paraíso continúan `comiendo y bebiendo, y haciendo lo que les place´, mientras que en el otro paraíso los santos `ni comen ni beben, ya que, igual que antes de morir, tienen bastante con el ayuno, la abstinencia y el no probar bocado. No se cansan de contemplar a Dios, y en eso consiste toda su dicha”. Ciertamente Ruzzante resulta tranquilizador.

Y un tercer aspecto es el de la población y sus actividades. ¿Cuántos habitantes tiene el Cielo? O al menos: ¿cuál es su capacidad? Y también, ¿qué hacen en el Cielo? En el Apocalipsis se dice que, además de 144.000 personas de todas las tribus de Israel y otros 144.000 célibes, hay “un número imposible de calcular de gente de todas las naciones”. Muchísimos, desde luego. Por eso en la mayoría de las representaciones pictóricas del Paraíso aparecen grandes multitudes “en comunión”. Giotto, Nardo y Andrea di Gione, Lautensack, el mismo Greco, Zimmermann (con sus espirales ascendentes), Fouquet, William Blake, etc., o en los dibujos de otros autores desconocidos (por ejemplo, en esta portada de una obra de Schottelius, 1673), se presentan muchedumbres arrebatadas en las representaciones del Cielo. Porque la actividad dominante (¿única?) es la visión divina conjunta, de todos a la vez, en comunión. Todos en éxtasis, en estado de plenitud máxima, en situación mística. El arrobamiento, la fascinación o la embriaguez que la visión de Dios les aporta inunda el Paraíso, suspendiendo las funciones corporales. “Todo el paraíso, tanto que me embriagaba el dulce canto” (Dante, LDC, El Paraíso, canto XXVII).

Ejemplos. Si buscamos en nuestro mundo terrenal espacios destinados al éxtasis, podemos encontrar unos cuantos. Algunos pensados para que desde muchos lugares pueda disfrutarse de vistas agradables, placenteras, incluso místicas (esos paisajes abrumadores). Las soluciones de edificios altos, quizá escalonados, que permiten ver lejos en el horizonte, son de ese tipo. También la mayoría de los parques que buscan implicar al paseante en experiencias placenteras. La avioneta de Memorias de África, dominando un gran paisaje natural, en movimiento y con cierto riesgo, supone (suponemos) una embriaguez parecida. Y hay muchos estadios o auditorios proyectados para promover una suerte de catarsis colectiva en el curso de determinados espectáculos deportivos, musicales, etc. Pero todas esas construcciones forman parte de la ciudad habitual, en la que se mezclan momentos diversos y no se atiene a una sola modalidad de la experiencia en su constitución. Éxtasis místico, sólo a ratos.

Si lo que buscamos es una ciudad desplegada en torno a unas construcciones tan contundentes y simples como enormes, rodeadas de un amplio espacio abierto (paradisíaco), con colosales avenidas y dispuesta toda ella para albergar manifestaciones de carácter religioso donde las muchedumbres arrebatadas se inundan de un poder superior que las recorre, debemos acudir al Berlín nazi. Porque el Cielo y el Infierno que hemos descrito anteriormente están en el Berlín de Hitler. Es cierto que hay otros ejemplos de inquietante similitud. Según Kostof “la arquitectura pública de América, aunque la idea parezca turbadora para aquellos que creen que somos lo que construimos, tiene una apariencia muy similar a la arquitectura pública de la Alemania de Hitler de los años treinta, a la de la Italia de Mussolini y a la de la Rusia de Stalin”. Todos ellos buscaban, de una u otra forma, un halo de eternidad: “Los regímenes, especialmente los autoritarios como los de Franco y Hitler, querían una monumentalidad que fuera tanto moderna como eterna”. Todos ellos construyeron, o al menos lo intentaron, enormes palacios, ejes larguísimos y otras edificaciones de gran monumentalidad insertadas entre parques también impresionantes. Mussolini planteó, por ejemplo, un eje imperial desde el Palazzo Venecia hasta la Via Appia. Y en Moscú se diseñó (plan de 1935) otro de 20 km., desde la Plaza Roja hasta las Colinas de Lenin.

Pero el máximo ejemplo, el mayor esplendor, estaba reservado al Führer. Guardaba para Berlín, con su arquitecto Albert Speer, un escalofriante diseño de ciudad que se pretendía Paraíso. Todo allí sería más que hermoso, sublime. “Lo que en Berlín es feo, lo suprimiremos. No habrá nada que nos parezca demasiado bello para adornar Berlín. Quien entre en la Cancillería del Reich debe experimentar la sensación de que entra en la morada del dueño del mundo (…). ¡Debemos construir en tales dimensiones que, en comparación, San Pedro y su plaza parezcan de juguete! (A. Hitler, en Conversaciones secretas, Nápoles, 1954; cit. en P. Sica, Historia del urbanismo, s. XX, Roma, Laterza, 1980). No se quería valorar el cielo sobre Berlín, sino construir el Cielo en el mismo Berlín. Un cielo ario y sólo para alemanes, naturalmente. (Aunque esa es otra característica del cielo: siempre es sólo para los elegidos).

Y efectivamente, en el Plan de Berlín de 1937-1943, de Albert Speer (Lars Olof Larsson, Albert Speer, Le Plan de Berlin, Bruselas, 1983), nos encontramos todos sus componentes: la ciudad, el gran palacio, el parque, la avenida y los castillos de la madre Gerardesca. Un inmenso arco triunfal de 120 m. de altura, con los nombres de los centenares de miles de soldados alemanes caídos en la Primera guerra mundial daba inicio a La Gran Avenida, que seguía la dirección Norte-Sur y tenía una sección de 156 m (el eje Este Oeste aprovechaba el trazado de Unter-den-Linden). Luego, en el cruce con la Postdamerstrasse, se formaba una gran plaza circular de 210 m. de diámetro, con numerosos edificios representativos (los castillos). Después, un poco más allá de la Puerta de Brandenburgo, un enorme pabellón destinado a la celebración de los congresos del partido, La Gran Cúpula, frente a la plaza de las Asambleas, sobre el meandro del Spree y rodeada de un gran parque (Tiergarten), aún estando en el centro de la ciudad. Tenía 400 m. de lado y una altura total de 290 m (puede verse su proporción en la maqueta de 1939). La sala del edificio debería alcanzar una capacidad suficiente para 150.000 personas (cabrían, por ejemplo, los 144.000 judíos a que se refiere el Apocalipsis), y habría de estar coronada, siguiendo una ramplona idea del propio Fürhrer, por una gigantesca cúpula de 250 m. de diámetro, capaz de contener varias veces dentro de sí a la misma basílica de San Pedro de Roma. Luego, un poco más allá, una enorme superficie de agua, las instalaciones deportivas, las del Regimiento de Guardia, etc. (más castillos de la madre Gerardesca).

También nos podría servir la referencia de Nüremberg, ciudad elegida como sede oficial de las periódicas concentraciones masivas del partido nazi, que nos ha dejado algunas de las imágenes más inquietantes de la degradación "extática". Allí también se decidió la construcción de un complejo unitario de carácter monumental para constituirse como marco escenográfico de los desfiles de las juventudes hitlerianas, para evoluciones gimnásticas y militares y para los gritones discursos del Führer. Un gran paseo de 2 km de longitud y 60 m de anchura enlazaba los diversos equipamientos: el Campo de Marte, el campo Zeppelin y la Luitpoldarena, para reuniones de masas al aire libre, el palacio de congresos y el Estadio Germánico (previsto para 400.000 espectadores: aquí cabían no sólo los 144.000 judíos, sino también los 144.000 célibes). El planteamiento escenográfico de las tribunas, con un larguísimo pórtico horizontal interrumpido en el centro por el podio del dictador, con el contrapunto de los grandes mástiles verticales con estandartes y esvásticas. En 1923 se llevó a cabo en esta ciudad la primera marcha de las antorchas. Y en 1935, en el Zeppelinfeld, el congreso del partido en el que el propio Speer organizó otro efecto dramático nocturno, con reflectores hacia el cielo que formaban lo que se llamó “catedral de la luz”. (Reflectores hacia el cielo: ¿no hemos visto eso mismo en la "Zona Cero" de Nueva York?). Insistimos: un cielo de masas enardecidas, extasiadas, iluminadas, conmovidas, embriagadas, embrujadas: “Las manifestaciones de masas no solamente refuerzan al individuo, sino que lo cautivan y convencen” (A. Hitler, Mein Kampf).

Opinión. Pues va a ser que no. Construir un infierno no es lo más deseable (y además, suele salir sólo, no nos necesita). Un purgatorio y un limbo, aburridísimo. Y un cielo, algo más que peligroso. Hay demasiadas vinculaciones entre el éxtasis colectivo y el totalitarismo. Vicente Aleixandre escribió un poema titulado “Ciudad del Paraíso”, y la ciudad era Málaga. Ahí estamos, en esa versión del Paraíso que nos gusta más: “Calles apenas, leves, musicales (…). Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable, y donde las rutilantes paredes besan siempre / a quienes siempre cruzan”. Pero entre todos los paraísos imaginados nos quedamos con el de José Luis Cuerda en Así en el cielo como en la tierra (1995). Ya saben: el cielo que corresponde a España (el que, literalmente, “queda justo encima de España”) es un pueblo castellano en fiestas. San Pedro es el cabo de la Guardia Civil (Paco Rabal), Dios se parece mucho a Fernán Gómez y Jesucristo a Jesús Bonilla. Hay gallinas y banderines de España en las calles, y la taberna se llama “La Vizcaína”. Allí, nos dice Matacanes (Luis Ciges), “está uno como en la gloria”. Pues eso.

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