Detalles del post: Se alimenta del canto de los pájaros

16.09.09


Se alimenta del canto de los pájaros
Permalink por Saravia @ 00:10:54 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

8. El jardín

Jardín de la Rubenshuis, la casa-taller de Rubens en Amberes (imagen de gardenvisit.com/assets/madge/rubenhuis_belgium)

En las ciudades hay jardines, y muchos son jardines de delicia. Pero en la ciudad como su nombre serán también estos lugares (¿lo son ya?) “hervor de pájaros”.

[Mas:]

El jardín es un espacio breve, vegetal, que acompaña a la casa. Con él se pretende formar, entre límites precisos, un mínimo vergel donde se nos entregue, desprendida, la “vida benigna de las plantas” (Borges). Una comunidad de plantas que manifieste la generosidad de la naturaleza; que nos deje en las pupilas “una impresión de selva” (Fernán Silva) y nos recuerde, por ejemplo, “lo buena que es la yerba silenciosa” (Rilke). Es tal, en el jardín, la presencia y el protagonismo de lo verde que “sólo podrían horas tan íntegras y dulces / con hierbas y con flores ser contadas” (Andrew Marwell, “The Garden”, s. XVII). Se dispone el verdor de tal manera que al verlo y al sentirlo, al estar allí, nos llegue cierta música, una leve conmoción, un chisporroteo. “No es temblor el de las hojas / de los árboles, que, al viento, / cuando sacude sus ramas, / parece que están riendo: / es música sin palabras / luminoso centelleo / del aire, rumor, murmullo, / susurro, chisporroteo” (Bergamín).

El jardín es un lugar placentero, para dormir o soñar despiertos. Tendrá paz, será tranquilo y nos habrá de parecer delicioso. Por eso lo vemos tantas veces como un lugar perfecto, aunque su diseño fuera torpe. Sólo con que nos resulte agradable la estancia será para nosotros “fresquísima perfección”. Aurora Egido recuerda que “la idea de remedar el Paraíso se respira en todos los jardines del mundo”, y aquí entendemos esa emulación de manera muy poco mística y mucho más placentera. Será el jardín un lugar de secreta delicia donde en la noche “es muy dulce el silencio”. Acogido entre muros, “bien ceñido” (la palabra jardín deriva del francés jart, huerto, y ésta del franco gartu: cercado, soto), el jardín es, casi siempre, “bien gozado” (Guillén). Cernuda nos transmite (en “A propósito de flores”) las últimas palabras de un amigo: “Ver cómo crece alguna flor menuda, / El crecer silencioso de las flores, / Acaso fue la única dicha / Que he tenido en el mundo”. De hecho, un mínimo gesto pudiera ser jardín. “Claro, como llegó la primavera, / Sobre las pobres casas / De latas y maderas / De los subsurbios, buen rosal que trepas, / Te has cubierto de rosas” (Alfonsina Storni, “Rosales de suburbio”). Porque, en efecto, el jardín está allí donde “las rosas acuden sin descanso” (Gastón Baquero).

En el jardín hay “otro tiempo en el tiempo” (Octavio Paz). Allí “los paisajes del día lo navegan lentos” (Alfonsina Storni, “Mundo de siete pozos”). En él el tiempo “escapa entre sus rosas”. Porque el jardín es lugar “donde se consuma la reunificación del hombre y las cosas, la naturaleza y la cultura (…). Salir del jardín es entrar en el tiempo, empezar a caminar en el plano de la historia” (Valente). Entrar en el jardín es volver a la infancia. Y con ella “las cochinillas de humedad, las mariquitas de San Antón, también vagaba la lombriz y patinaba el caracol” (Alberti, “Infancia mía en el jardín…”). Allí todas las tardes se reúnen y se tornan transparentes: “transparencia de muchas tardes, para siempre juntas” en los jardines, donde reencontramos “tu niñez, ya fábula de fuentes” (nuevamente Guillén, en “Los jardines”).

En el jardín no estamos nunca solos. Las cosas cobran vida, y la flora y la fauna nos hacen amable compañía. Por eso son tan propicios al haiku: “En el estanque / la hierba flotante se mueve. / Noche fresca” (Takahama Kyooshi). O también: “Revolotea / la mariposa amarilla / sobre el agua” (Masaoka Shiki). Su mismo perfume nos parece amistoso: “Es aroma que tiene halago amigo” (Cernuda otra vez). Sus adornos nos hablan (sus “luces vegetales”, sus “lunas accesibles”). Siempre con algún “ingrediente de ternura”, y hasta las mismas estatuas, cuando las hay, “sugieren un alma” (Guillermo Carnero, “Jardín inglés”). No es lugar de soledad, “sino lugar de un diálogo apacible generado en estancias de soledad” (Valente en el “Elogio del calígrafo”). Lugar, en fin, de “besos comunicantes” (Ory, “Aerolitos”).

El jardín es, de alguna singular manera, espacio primigenio. Como lo es el mar (“El mar es mi jardín”, escribió José Hierro). Por eso el jardín que queremos es “un hervor de pájaros, un sollozar de fuentes, (…) la verde luz extraña” (Dámaso Alonso). Que no se alimenta ni del sol ni del agua. Los jardines “se alimentan del canto de los pájaros, de nada más que el canto de los pájaros” (Gastón Baquero). Se nutren de los cantos de los pájaros y nos hablan con su misma lengua. “La lengua hablada en el jardín del origen era la lengua de los pájaros” (J. A. Valente, por tercera vez). Y por eso Cernuda nos recuerda (ahora en “Jardín”): “Un mirlo dulcemente / canta, tal la voz misma / del jardín que te hablara”. Mas ¿cómo nos modifica, cómo actúa sobre nosotros, siquiera en el momento de la siesta o en el “instante azul”, cuando “lo breve nos basta”? Juan Ramón Jiménez nos lo dice claro: “Haciéndonos jardín”.

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