Detalles del post: Cuatro infinitas distancias

04.10.09


Cuatro infinitas distancias
Permalink por Saravia @ 17:48:03 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

4. La encrucijada, la esquina

Rue de Paris, desde la esquina con la calle Anciens Fossés, en Arcis sur Aube, Aube, Champagne-Ardenne, Francia (imagen procedente de cards.geneanet.org).

En el proyecto del edificio se miman las esquinas. Pero en el plano urbanístico se ignoran: surgen solas, como la mala hierba. Son sólo la consecuencia de pensar en las calles y en las casas, lo que resulte de hacer estas calles y esas casas. Y sin embargo acaban teniendo un enorme vigor y un alma propia. “En toda esquina vigila el sueño / y es tu recuerdo la única pena / que humilla la altivez de las aceras” (Norah Lange).

[Mas:]

Tienen carácter las esquinas, porque en toda esquina vigila el sueño. Nuevos o viejos. Algunas veces los sueños ya usados se sustituyen por otros nuevos, a estrenar. “Tiempo destruye a tiempo (…). Sueño destruye a sueño”, dijo Gimferrer. Pero en otras ocasiones todos se superponen a la vuelta de la esquina. “Pasaban de las doce de la noche cuando regresaba a casa, y juro que no bebí, pero allí estaban los dos, jugando a cartas a la vuelta de la esquina. Eran dos sombras para siempre enamoradas: Bécquer y Ché Guevara” (Ana María Moix). O dicho de otra forma: allí se conservaba “la relación establecida entre tus ojos / y Ernesto `Che´ Guevara para siempre” (José Mª Álvarez). Borges, el principal adorador de esquinas, lo expresaba así: “Aquí habrá la figura de una esquina cualquiera de Buenos Aires. No me dirán cuál es. Puede ser la de Charcas y Maipú, la de mi propia casa. La imagino abarrotada por mis fantasmas, inextricablemente entrando y saliendo y atravesándose” (en “Esquinas”). En los cruces aparecen, o se dejan ver de nuevo, los signos de la lejanía: el castillo distante (Turégano, en muchas de sus calles), el mar azul (Cartago), los montes de los alrededores (Bilbao). Por eso son tan pertinentes esas cuatro fuentes con que alguna vez se ha vestido alguna encrucijada: para multiplicar los sueños que desde allí se evocan (Bachelard, El agua y los sueños).

Tienen carácter, porque la esquina es un lugar de cambio. Al doblar la esquina, la lluvia cambia y el viento es diferente. La noche se acelera, el borde de la luz se modifica. Contrastan en el ángulo los planos del diedro. El suelo, incluso, vibra de otra manera. “Contigo el ronco viento de la esquina / y el tierno y largo jadear del suelo” (Pedro Garfias). El mismo sol, como el agua y el viento, también juega con la esquina. El poeta libanés Adonis (Ali Ahmad Said) hablaba de “la cara musgosa de la roca del mundo”, y todas las esquinas, como si fueran mundo, tienen también su cara soleada y su cara musgosa. La esquina es “república de viento” (Bocángel), y si hubiera algún árbol en ella, si hubiera algún pino, su manifestación no tendría tregua. Pues “los pinos / retienen la figura del viento / cuando el viento ha huido y ya no está” (Séferis). La esquina refleja la luz del atardecer y del ocaso, refuerza “la angustia obsesiva del fluir de las horas hacia la muerte” (Ana María Barrenechea). Se hacen extrañas las casas en esa hora: “De qué modo extraño nos miran de improviso las casas, crisoles de los hombres, cuando un resplandor las acaricia” (Séferis, de nuevo). Pero a veces se puede ver en ellas “una sonrisa enorme como una ciudad atardecida” (Vázquez Montalbán). Y finalmente llegará la noche a las esquinas antes que a ningún otro sitio: “Después habrá un misterio en cada esquina, un silencio de tilos y de sombras. Descenderá la noche saltando como un gato de ojos brillantísimos” (García Montero). Juego de luces y de sombras, de viento, sol y lluvia: tengámoslo presente.

Tienen carácter las esquinas, porque sirven, han servido siempre para la ocultación y la sorpresa. Para llegar de pronto. “Algo se dijo también / de una esquina y un cuchillo”. Para la pelea: “El Tango crea un turbio pasado irreal que de algún modo es cierto, el recuerdo imposible de haber muerto peleando, en una esquina del suburbio” (Borges). Ibargoyen hablaba del sobresalto “en cualquier esquina / de una calle sorprendida”. Y Lorca de las posibilidades de ocultación y de refugio: “En las últimas esquinas toqué sus pechos dormidos” (Lorca). El urbanismo del siglo XIX estaba obsesionado con esta posibilidad de ocultación y asalto, violencia, robo, peligro. Y las esquinas fueron consideradas sospechosas. Se multiplicaron los chaflanes, los retranqueos, los espejos.

Tienen carácter, pues cada esquina es una encrucijada, una decisión sobre el camino en curso. Seguir o quebrarlo. Cruzar o doblar. Incluso desdoblar: “Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera / y el grito de la estatua desdoblando la esquina” (Xavier Villaurrutia). La esquina prototípica es la del encuentro en cruz, con sus cuatro calles y sus infinitas distancias: “Las encrucijadas oscuras que lancean cuatro infinitas distancias en arrabales de silencio” (nuevamente Borges). Para Lorca “todo es encrucijada”; y en la confluencia “se anudan cuatro calles”. En la confluencia derivan “¡calles en el quid del cruce!” (Guillén). Para ordenar los movimientos, para facilitar los recorridos, se juega con los pavimentos y con los pasos; se clavan los rótulos de las calles, se hacen indicaciones. Y también se instalan esas malditas barandillas que torturan el lugar sin ventaja alguna. En todo caso, incluso en esa penosa condición de las barandillas que nos separan de los coches, la encrucijada tiene pulsión de origen: “Hay una encrucijada que siempre nos devuelve / al vientre silencioso del primer despertar” (Carmen Aladrín).

Tiene la esquina carácter por ser el lugar propio de la espera. Por de pronto, sigue vigente la expresión “hacer la esquina”. Pero no sólo nos encontramos con tal acepción. “De acuerdo a los relatos de los libros viejos, por allá por los mil ochocientos durante los tiempos de Cecilia Valdés, era la moda entre los jóvenes habaneros pararse en una esquina y ver el tiempo pasar” (se cuenta en guije.com). Sigue siendo habitual, y no sólo en La Habana. Pero también se mantiene la esquina como lugar de espera, confiada o resignada: “He pasado por tu casa tantas veces, / tantas veces me he parado en las esquinas / como un hortera imbécil que a su novia espera, / como un burgués grasoso que también espera / a una mujer cualquiera” (Nicolás Olivari).

También tiene la esquina carácter por ser un lugar de perros. Cuando no es pujante, vital, alegre y bullanguera, se concentran en ella los desechos de la vida urbana y se ahonda el deterioro. Le llega entonces lo peor de la calle. “En una esquina, el espectro de un perro” (Octavio Paz). Frío, frigidez. “Rincones que se enfrían / como un cadáver” (Fijman). Al fin y al cabo la esquina vive de prestado. Es un espacio en negativo, formado con lo que dejan otros. De ahí que necesiten de la actividad de otros (esa panadería, ese comercio, el bar) para sentirse vivas. La esquina hace interiores los espacios cóncavos de las casas. Por eso siempre la amenaza el rumor frío de la calle, “un horizonte de perros” (Lorca, de nuevo).

Pero sobre todo la esquina es un lugar de encuentro. Manuel de Solá-Morales e Inés Sánchez de Madariaga han escrito sobre el valor de las esquinas en el urbanismo. Allí se encuentran las calles que, como ríos desembocan: “en esta esquina donde / como ríos parecen despeñarse las calles” (William Ospina). Allí encontramos “los edificios abrazados” (Aragon). Pero también la gente: “alguien silba en la esquina en la casa de enfrente se enciende una ventana ¡Qué extraño es saberse vivo! (Octavio Paz). La ternura de la ciudad no se da ni en el parque ni en la plaza. Nos llega en las esquinas. Oigamos a Juarroz: “El encuentro y la separación / usan el mismo espacio, / que despierta a veces hacia un lado / y a veces hacia el otro, / como un hombre en su lecho, / compartido o a solas. / La ternura disuelve / esa línea ilusoria / que divide las aguas / de la separación y del encuentro”. Cerca y lejos no existen –continúa-, “los crea la ternura / como el mar crea la playa / con el borde inasible / de sus sabias mareas”. Lugares para soñar, para esperar, para cambiar, para sorprender y simplemente para seguir nuestro camino. Pero ¿sabremos construir esas esquinas como lugares para un encuentro vívido, para la separación cortés? ¿Sabremos hacer esquinas para vivir?

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