Detalles del post: Adina piensa en el Danubio

24.10.09


Adina piensa en el Danubio
Permalink por Saravia @ 16:57:43 en Urbanismo con nombres -> Bitácora: Plaza

La ciudad desolada y sórdida de la juventud de Herta Müller

Tranvías rumanos (imagen de tramways-romania2007.blogspot.com)

Herta Müller describe en La piel del zorro (Barcelona, Plaza y Janés, 1996) la ciudad donde vive Adina, la protagonista. Una permanente y minuciosa descripción de una ciudad terrible, que se adivina la misma que habitó en su juventud la autora, en los años 70 del pasado siglo. Recogemos algunas descripciones del mundo desolado, sórdido y abyecto que nos presenta la novela, donde sólo parecen tener algún sentido los ínfimos detalles.

[Mas:]

Árboles. “Los álamos cortan el aire caliente. Los álamos son cuchillos verdes (…). Muy arriba, donde tampoco llegan los cuchillos verdes, un hilo de aire caliente se va tensando hasta el interior del ojo. De él cuelga el peso de la ciudad”.

Clemátides. “Al final de la calle está la escuela, al comienzo de la calle hay una cabina telefónica destrozada. Los balcones son de chapa ondulada y herrumbrosa y no sostienen nada excepto geranios cansados y ropa blanca que aletea en un cordel. Y clemátides, que trepan y se cuelgan de la herrumbre. No florece allí ninguna dalia. La clemátide desfleca su propio verano, fingido y azul. Allí donde hay escombros, donde todo se oxida, se rompe y se deshace, ella florece espléndida”.

Suburbios. “El suburbio estaba enganchado a la ciudad con cables y tubos y un puente sin río. El suburbio estaba abierto en ambos extremos, igual que las paredes, los caminos y los árboles. En uno de los extremos del suburbio chirriaban los tranvías de la ciudad, y las fábricas soplaban humo sobre el puente sin río. El chirriar del tranvía abajo y el humo arriba eran a veces lo mismo. En el otro extremo del suburbio, el campo devorador se extendía hasta muy lejos sobre hojas de remolacha”.

Gente en la calle. “Al amanecer, cuando aún estaba oscuro, cantaban los gallos. Se paseaban por los patios interiores grises como los hombres extenuados lo hacían por la calle. Y tenían la misma mirada adusta”. “Un hombre mayor arrastra una bombona de gas en un carrito. En la llave de la bombona hay una tapa, de la tapa cuelga una bolsa con pan. El asa del carrito es un palo de escoba, sus ruedas provienen de un triciclo infantil, son angostas y se atascan en las grietas de las baldosas (…) Se sienta en la bombona y arranca un trozo de corteza del pan. Mientras mastica, desliza la mirada por los troncos de los álamos y luego por las ramas”.

Tranvía. “Las cruces, tubos de estufa y regaderas temblaban cuando pasaba el tranvía. Pero no se caían”. “Los rieles chirrían, el tranvía pasa zumbando por debajo de las casas. Luego pasan las ventanillas iluminadas, todos saben dónde se abre la puerta cuando las ventanillas se detienen. Los codos presionan. El sueño también hace el viaje, el sudor invernal tiene un olor amargo, la luz se apaga y se enciende dos veces en la curva, es amarilla y débil y, sin embargo, salta de lleno en la cara. Dos gallinas marrón rojizo miran desde la cesta de una mujer”. “Sobre los rieles del tranvía hay una sandía aplastada, unos gorriones picotean su pulpa roja”.

Grietas. “Tras una lluvia de verano que no enfrió las piedras, negras hileras de hormigas se refugiaron entre las grietas de las piedras del patio interior”.

"Bloques. “Sobre el bloque de casas hay una nube blanca y revuelta. Los viejos que mueren en verano se quedan un rato encima de la ciudad, entre la cama y la tumba”. “Ante la entrada del bloque de viviendas, las rosas entretejen un techo agujereado, un colador de hojas y estrellas mugrientas. La noche las expulsa de la ciudad”. “La oscuridad está encerrada en la caja de la escalera. Huele a col hervida”.

Junto a los bloques. “Allí donde el polvo vuela más alto, la calle es angosta y los bloques de viviendas son tortuosos y compactos. La hierba se torna espesa junto a los senderos, e indolente y chillona cuando florece, siempre desgarrada por el viento. Cuanto más insolentes las flores, más grande la miseria”. “Detrás del hospital hay un bosque. No es tal. Es un vivero abandonado donde prolifera la maleza. Más viejo que los bosques de viviendas de la periferia, más viejo que el hospital”.

Paisaje en la mañana. “El sol se cuelga de cada autobús; viaja con él. En las esquinas aletea como una camisa abierta. La mañana huele a gasolina, y polvo, y zapatos desgastados por el uso. Y cuando alguien pasa con un pan en la mano, la acera huele a hambre”. “Al final de la calle hay un gran rollo de alambre; se está oxidando. Alrededor la hierba es amarilla. Detrás del rollo de alambre se alza una valla, detrás de la valla hay un patio y una barraca de madera. En el patio, un perro arrastra su cadena por la hierba. No ladra nunca”.

Paisaje en la tarde. “La mujer se sienta, la sombra se queda de pie. No pertenece a la mujer, como la sombra de la pared tampoco pertenece a la pared. Las sombras han abandonado las cosas a las cuales pertenecen. Sólo pertenecen al declinar de la tarde, que ya ha pasado”. “El sol está muy alto, encima de la ciudad. Las cañas arrojan sombras, la tarde se apoya en las sombras de las cañas de pescar. Cuando se vuelque, piensa Adina, cuando el día se resbale, abrirá profundos fosos en los campos que rodean la ciudad y el maíz se quebrará”.

Paisaje en la noche. “Delante de Adina camina un hombre, lleva una linterna en la mano. En la ciudad muchas veces no hay fluido eléctrico y las linternas forman parte de las manos al igual que los dedos. En las calles oscuras la noche es de una sola pieza, y un peatón no es más que un ruido bajo la puntera iluminada de un zapato”.

Riberas. “Junto al río no camina nadie, aunque es un día de verano y podría ser un verano para caminar sin razón junto al río”.

Barrio del poder. “Detrás del tejado plano del bar queda el parque, y detrás se ve tejados puntiagudos. Son las calles de los directores, inspectores, alcaldes, agentes del servicio secreto y oficiales. Las silenciosas calles del poder, en las que el viento, cuando tropieza, siente miedo. (…) Allí los peatones no quieren llamar la atención, caminan inclinados y a paso lento. Sin embargo, corren con la angustia incrustada en el cuello. Cuando llegan al puente, la ciudad los cubre de ruidos despreocupados. Respiran aliviados, el tranvía chirría y libera la frente y el pelo, sacándolos del silencio”.

El campo. “La madre de Adina se dirigió a través de los campos de remolacha a la aldea cuyas paredes blancas relucían hasta el suburbio”. “Detrás de la ciudad no hay dirección. Rastrojos de trigo sin fin, hasta que los ojos dejan de ver ese color pálido. Sólo la maleza y el polvo sobre las hojas”.

La plaza. “En la plaza de la ópera no hay álamos, en la plaza de la ópera la ciudad no tiene rayas. Sólo manchas arrojadas por las sombras de los transeúntes y de los tranvías que pasan". "En los bancos hay ancianos sentados; buscan sombras que duren. (…) Los ancianos abren el periódico, el sol brilla por entre sus manos (…). Los ancianos no se sientan juntos. No leen. (…) Aquí sentado y nada más”. “En la plaza hay cinco policías, llevan guantes blancos y confunden los pasos de los transeúntes con sus silbatos. (…) Desde el mercado, las mujeres cruzan la plaza llevando la verdura en bolsas de plástico transparentes. Los hombres llevan botellas”.

La fábrica. “Por la mañana, entre las seis y las seis y media, aquel altavoz emite música. Canciones obreras. El portero las llama música matinal. (…) Aquel cuyos pasos no llevan el compás al caminar, aquel que se dirige a su telar por ese patio a través del silencio, es anotado y denunciado”. “En el patio de la fábrica, la gata es de óxido y tela metálica. Sobre el techo de la fábrica, la gata es de chapa ondulada, frente a las oficinas, la gata es de asfalto. Ante el lavadero, de arena. En las naves de la fábrica, la gata es de barras y ruedas y aceite lubricante”. “La bandada de gorriones se disuelve. Los cristales de las ventanas de la fábrica están rotos, los gorriones encuentran los agujeros en el vidrio”. “En la nave de la fábrica los gorriones avanzan a saltitos. Tienen las patas y los picos negros por el aceite lubricante. (…) Cuando la nave se vacía, las letras de las consignas parecen enormes. TRABAJO y HONOR y PARTIDO, y la luz tiene un largo cuello en la puerta del guardarropa. (…) Y el polvo vuela sin motivo. Y la puerta chirría”.

El bar. “El bar está a oscuras, las cortinas de los ventanales son de un rojo oscuro, los manteles también son rojo oscuro y devoran la escasa luz. Y los abrigos y las gorras son negros. Las bombillas iluminan para sí; más claro es el humo, suspendido como un sueño impulsado por palabras”.

El estadio. “La puerta del estadio está abierta. En el aparcamiento aguarda policías y perros. Una apretujada multitud de hombres sale por la puerta cantando y gritando. (…) Desde el terraplén del estadio suben luces hacia el cielo, como si la luna se hubiera extraviado”.

Adina piensa. “Adina piensa un momento que la ciudad nunca se acaba porque la canción prohibida se ha difundido; que las calles se adentran cada vez más en el campo y por todas partes son ciudad; que en algún punto del campo oscuro, en algún recodo del camino, las campanas repican porque el bosque detrás del maíz congelado es un parque; que detrás se alza la torre de la catedral y el campo vacío no está nada vacío, porque el río se arrastra por en medio”. Adina “piensa en el Danubio”.

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