Detalles del post: Nunca más un mundo más completo

01.11.09


Nunca más un mundo más completo
Permalink por Saravia @ 21:51:33 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

38. El barrio

Para datos

Un barrio es esto. Exactamente lo que se ve en el vídeo. Sí: es una calle; pero refleja un barrio. Gente mirando y gente moviéndose, de aquí para allá; tranvías, coches, bicicletas, caballos, carros; casas, viviendas, comercios, oficinas; vida urbana, animación; el cielo al fondo, y sobre todo calle, mucha calle. Sensación de unidad. Sí: es una línea, pero parece una plaza redonda. Como el de Flores para Oswaldo Rossler, el barrio es un mundo saturado, entero. Más mundo y más completo que la ciudad misma. “Nunca más volví a hallar un mundo más completo”, dejó escrito el poeta.

[Mas:]

El barrio tiene una dimensión amigable. Digamos que entre 10 y 100 hectáreas (una amplia horquilla), por ejemplo; donde se acogen de dos a veinte mil personas (una amplia horquilla, que aún podría ampliarse). Vecinos y hectáreas que se relacionan con una “lealtad oscura”. Suele estar medianamente bien definido. En torno a él pueden señalarse algunos límites, bordes, fronteras. No en todo el perímetro, pero sí en tramos suficientes. Una vereda que distingue ambos lados, un río que corta, un edificio que marca un final. El barrio es por definición mixto y complejo. Cuenta con viviendas, desde luego, que le dan el peso y la sustancia. Pero también se ven en él espacios de trabajo y de servicios. Gabriel Alomar, en su Sociología urbanística (Madrid, Aguilar, 1961), lo definía como un ámbito “a ser posible delimitado y diferenciado y en el que los contactos de los individuos y grupos menores que lo integran son más o menos frecuentes y personales”.

Se ha querido ver en los barrios una identidad propia. Se ha pretendido que cada barrio cumple un papel en la ciudad y que por su morfología, historia y sociedad tiene una identidad en el mundo. No está claro. Son lugares totales, y como tal se bastan. Papeles e identidades son cosas de las personas, si se quiere; pero el barrio no los necesita. Por eso se ha dicho que de alguna forma acaban siendo (parafraseando a Neruda) “patria sin abrigo”. Una patria constituida entre esas “calles desganadas del barrio, / casi invisibles de habituales”. Acostumbradas, casi invisibles, nunca protagonistas. En el “barrio característico” (así se titula un poema de Baldomero Fernández Moreno) “una pereza gris de mayorales / se dobla vulgarmente en las esquinas”. Gris y vulgar. El barrio, que “no es tuyo ni mío”, acaba siendo “lo que ignoramos y queremos” (Borges). Ignorado, pero a la vez querido. Tal es, ahora sí, la identidad genérica del barrio, de cualquier barrio.

Aunque estuviese en el mismo centro, su condición es periférica. Ya lo sugiere su etimología árabe: procede del vocablo barri, cuyo significado espacial “hace referencia a exterior, a lo que es propio de las afueras o los arrabales” (B. Calderón y L. J. Pastor, “Sobre el concepto de barrio: una aproximación”). En él la gente “establece entre sí aquellos intercambios culturales o espirituales que nacen de la propia condición humana” (Pastor y Calderón), y que hacen referencia a la vida medianera, apartada, lateral, nunca del centro. Avivan allí “sentimientos de pertenencia”. Y es siempre intensa la relación con las afueras, con los bordes. Siempre directa. Por eso “el día era más largo” en las veredas de Palermo “que en las calles del centro, porque en los huecos hondos se aquerenciaba el cielo” (nuevamente Borges). Y por eso Lugones también pudo decir que “el arrabal solitario tiene la noche a sus pies”.

No le demos demasiadas vueltas. El barrio es al espacio lo que la generación al tiempo. Somos hijos de nuestra generación y no podemos, por más que lo queramos, ser contemporáneos de Juana la Loca. Y de la misma forma tampoco podemos eludir ser compañeros o vecinos de quienes viven a nuestro lado. El barrio se forma con la gente que está en un lugar determinado, buena parte de su tiempo: así de sencillo. Por eso todos los barrios son barrios. Todos condicionan la vida urbana de la población que los integra. Y aunque se diferencian por las tipologías arquitectónicas y urbanísticas, por el contenido social, por las dimensiones de la propiedad, por el tono vital, por tantas cosas, todos se parecen en lo fundamental: comunidad de vida urbana.

Hay barrios muy antiguos, que ya en la antigüedad eran antiguos, muchas veces degradados en la ruina de su historia, que siguen constituyendo el marco residencial de un grupo de población que en ellos desarrolla buena parte de su vida urbana. Hay barrios extraordinariamente transformados (como San Nicolás, la antigua judería de Valladolid), y otros que se resisten a la transformación. Atacados por “el sueño húmedo capitalista”, parecen capaces de resistir hasta el final (poseen en grado sumo lo que Manuel Delgado ha llamado la “resistencia de la urbe”): Cabanyal en Valencia, Raval en Barcelona. Hay barrios con una vida larga, que han conocido de todo. Como el de San Andrés de Valladolid. Poblado inicialmente por artesanos (de ahí las calles de Labradores o Panaderos), siempre lo caracterizó la pobreza. Luego el ferrocarril marcó sus límites y provocó su expansión. Atrajo a los inmigrantes, se hizo obrero y proletario. Más tarde “las nuevas generaciones, ya nacidas en el barrio en mayor proporción, introducen otro contenido profesional”. Se va convirtiendo en “un barrio de modestos empleados”. Y así, “en el espacio de cuatro siglos se ha ido conformando un barrio con gran homogeneidad, tanto desde el punto de vista social como fisionómico” (Eloisa Fernández de Diego, El barrio de San Andrés de la ciudad de Valladolid, 1971).

Otros barrios menos afortunados “sufren –todavía- de caos”. Hay barrios que provienen de la marginalidad, o que son fruto de parcelaciones ilegales. Otros barrios llamados “vulnerables”, donde parece que “la desesperación se mira en los charcos”. También barrios burgueses, barrios de los mejores sectores del ensanche, como Salamanca en Madrid (que formaba parte “de la lógica expansión del núcleo aristocrático de la Castellana”: Rafael Mas, El barrio de Salamanca, Madrid IEAL, 1982); y Uría en Oviedo (creado como “área de expansión de las clases acomodadas”: J. A. Pérez González, El Barrio de Uría en Oviedo, 1977). Barrios pensados para las vacaciones, para chalets y casas de campo (El Pinar de Valladolid). Hay barrios construidos de una sola vez, que reproducen las mismas pautas morfológicas hasta el agotamiento. “Conjuntos morfológicamente completos”, decía Luis Moya (Barrios de promoción oficial. Madrid 1936-1976, Madrid, Coam, 1983); “monótonos recuerdos repetidos de una sola manzana”, decía Borges. Grandes conjuntos de los años 60 que hoy están presos de una pauperización y degradación progresiva (ver ejemplos muy significativos en L. E. Friquart, Les Quartiers de Toulouse, Accord, 2006). Hay barrios nuevos, en fin, extremadamente jóvenes, que se multiplican "con ingenuidad" (“Hacia los barrios que se multiplican ingenuamente / avanzan las gentes preocupadas, presurosas de su propia vida”: Winétt de Rokha). Ingenua o interesadamente, siguen brotando nuevos barrios.

Una enorme multiplicidad en las formas del barrio, y sin embargo unidad de fondo. Los vecinos comparten el barrio y el barrio articula socialmente a sus ciudadanos. En “la ciudad como su nombre” los barrios serán amistosos, necesariamente. Y el planeamiento cuidará de equilibrar sus condiciones, al menos aquéllas en las que el planeamiento pueda incidir: distribuir los usos públicos, promocionar el equilibrio de las viviendas, oficinas y comercios, proteger los espacios de trabajo allá donde estuviesen, crear parques y plazuelas, urbanizar las calles. Se cuidará con extraordinario celo evitar la promoción, ni directa ni indirecta, de la expulsión de los vecinos: esa vecindad que tanto cuesta formar y construir. Y así se cuidará también de mantener activo su recuerdo. “Barrio mío (...) hoy, que en esta quiniela del vivir voy sobrado, / tu recuerdo me abuena como un verso sentido” (Carlos de la Púa). Algo que confirma Joan Salvat-Papasseit en su poema titulado “Tot l´enyor de demà” (“todo el recuerdo de mañana”). “He aquí lo que me espera: Unas plazas resplandecientes de luz, / y unas verjas con flores / bajo el sol, / bajo la luna al anochecer”. Y la chica que trae la leche, "con su cabecita ligera y su delantalillo"; y el chiquillo que voceará el periódico y se sube al tranvía y baja corriendo; y las mujeres del barrio, madrugadoras, que cruzan hacia el mercado con sus cestas amarillas; y el tendero, y las muchachas, “y toda la chiquillería del vecindario / que armará tanto ruido porque será jueves / y no irá a la escuela”. Y los “caballos sensatos”, y los carreteros, y el vino, y el pan, y la sopa rubia. “Y vosotros, amigos”.

¿No era todo esto lo que veíamos en el vídeo inicial? Pero acabemos con Salvat: “Todo esto me espera, / si me levanto / mañana. / Si no me puedo levantar / nunca más, / he aquí lo que me espera: / -Vosotros permaneceréis, / para ver lo bueno que es todo: / y la Vida / y la Muerte”. Vosotros permaneceréis para ver lo bueno: tal es el barrio.

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