Detalles del post: Con su espaciosa soledad

09.11.09


Con su espaciosa soledad
Permalink por Saravia @ 08:05:15 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

31. El aeroplano, el tren, el barco

Puente de ferrocarril en Poughkeepsie, sobre el río Hudson, en el estado de Nueva York, 1889 (imagen procedente de Wikipedia)

Trasatlánticos, expresos o aeroplanos llegan (imponentes, siempre) al aeropuerto, a la estación, al puerto. Siguen llegando, son las mismas especies, aunque ahora luzcan otros nombres. Se nos aparece el avión entre las nubes, el barco sobre el agua (desde el horizonte), el tren a través de los campos (de la lejanía), acompañado de algunas líneas de árboles. Acceden desde un paisaje abierto que parece separar nuestra ciudad de otras gentes y lugares. Pero quizá no deba verse así: “El mar, la tierra, el cielo, que parece / que tanto nos separan, / con su espaciosa soledad nos cercan / como si nos juntaran” (Bergamín).

[Mas:]

Por de pronto, ese espacio exterior que recorren las distintas naves puede verse como una sola y la misma entidad. El campo es mar. “Es como mar tembloroso el campo / de almoradujes y clavellinas”, nos canta Agustín García Calvo (AGC, de quien hemos de citar reiteradamente aquí su libro de poemas Del tren. 83 notas o canciones, Lucina, 1981). Los trenes son barcos: “El tren industrial se hace a la vela” (Pedro Casariego). Y todos los caminos de ese espacio común son vívidas arterias: “Ferrocarriles, aeroplanos, barcos, / vías subterráneas, / arterias de la vida del mundo” (Luis Cardoza).

Tales medios de transporte interurbano, al llevarnos dentro nos sumergen en una extraña irrealidad. Una extrañeza que para Alberti era ocasión de juego: “¡Oh qué tarde / para irse en avión, / en volandas, / por el aire!”. Y para Gil de Biedma, de recuerdo: “esta ligera sensación / de irrealidad. Algo como el verano / en casa de mis padres, hace tiempo, / como viajes en tren por la noche”.

Ver pasar, llegar o partir a cualquiera de esos grandes artefactos del transporte público era (y es) una fiesta, un espectáculo. Bonnefoy lo recordaba en sus “Relatos en sueños”: “Todo el pueblo iba a la estación temprano para `ver pasar´ el tren, volvía al acabar la tarde para saludar su regreso”. Y García Calvo se fijaba primero en los niños: “Niños diciendo adiós: / ¡eh! bajo el puente en oscuro arroyo / desnudos niños nadando gritan; / dicen adiós al tren, que pasa / sudando de la envidia”. Pero también repara en la clamorosa llegada final a la estación: “Bajo los hierros / y los cristales / centelleantes / de la estación / grita el tren al entrar”.

Se les ve llegar de lejos. Concha García, en su libro de poemas “Acontecimiento”, nos sugiere “la lejanía como un acto de presencia” (poema “Soñando en la llegada”); para recordar después esa misma llegada en la visión del viajero: “La ciudad aparece a través de la ventanilla. Una extensión sin límites que brilla y parpadea”. Las despedidas junto al tren o al barco siempre son intensas. Especialmente expresivas en el sencillo gesto (ya caduco) de agitar el pañuelo: “Así ella quedaba / en el largo andén de la tarde / flameando el pañuelo”. Los trenes antiguos, que se remataban en la cola con un farol rojo, podían acentuar el dramatismo de la partida: “Según se hunde el sol poniente (de cobre), / sube la luna creciente (de plata). / El último vagón del tren / lleva un farol, / temblante la llama” (AGC). Pero lo más duro será si tú no llegas. Porque entonces habrá “ración extra de noche” (Celan).

Trenes, aviones y barcos, esos artefactos, forman un mundo propio, con sus espacios, su imagen e incluso sus específicos sonidos. Motores: “Yo que canté un día / la belleza violenta y la alegría / de las locomotoras y de los aeroplanos, / qué serpentina loca le lanzaré hoy al mundo / para cantar tu arcano...” (Juan Parra del Riego). Un horizonte larguísimo al que consiguen llegar “largos trenes y rieles infinitos” (Fernando González-Urízar), porque “la línea del ferrocarril parecía interminable” (Gastón Baquero). Túneles: “Del túnel el tren; / de los álamos el susto de pájaros” (AGC). Chirridos: “En la estación del alba / suena el chirrido de los frenos agrios / de esta centella asmática” (AGC); que, no obstante, puede atenuarse (¿con tu silencio?): “tu silencio junto al mío, / sofocando el aullido de los trenes” (Nélida Salvador). Traqueteo: “Singla singla / singla el tren” (Casariego). “Oleaje removido / por un vaivén de clamores. / `Nunca llores, nunca llores´ / dice la rueda del ruido. / Mece el dulce traqueteo. / Como dulzura acompaña” (Guillén).

Por las ventanillas se conecta la gente de viaje y la del lugar, que se miran desde la calle adentro y desde dentro afuera. Y también por ellas se vuelca hacia el interior el panorama. “Por la ventanilla / mete la aurora su primera ráfaga, / brisa de trigos y rocío, / ¡primer aire imprevisto de la entreazul mañana!” (AGC). Tras el cristal nos llega al interior del tren la blanca luna de la tarde. Y ahí están las “miradas / asomándose a vernos, figuras diminutas / que se quedan atrás para siempre, en la memoria, / como peones camineros” (Gil de Biedma). Comprobamos desde el interior del tren “que al margen de la vía se despega el paisaje. / Paisaje cuyos bordes fueron mal engomados” (Rega). Si viajamos en barco veremos “la lluvia sobre el mar / en la abierta ventana”. Y si volamos, lo observaremos todo con mirada insaciable: “He viajado por la mitad del mundo. / Desde el avión miraba, insaciable, el mar, la tierra” (Dámaso Alonso).

El buen funcionamiento de estos mecanismos y máquinas ofrece sensación de paz. “Y cruza el llano, / el llano en paz, el tren, / mi tren”. A su paso se hacen amables los paisajes: “Allá, como quieta nave, / en el mar verdeciente anegado / de trigos y olivos / y chopos, higueras y pitas / y prado y praderas, / el pueblo blanco!” (AGC). Unos paisajes que se dan generosos al viajero. Como Machado, a quien gustaba mirar los árboles en movimiento: “Si es de noche, porque no / acostumbro a dormir yo, / y de día, por mirar / los arbolitos pasar, / yo nunca duermo en el tren, / y, sin embargo, voy bien. / ¡Este placer de alejarse!”. O como a García Calvo: “Aquel entretejerse vivo / de troncos derechos / de abedules en zarabanda”.

Nos gusta a veces también humanizar esas máquinas y mecanismos. Eugénio de Andrade nos decía: “Inseguras navegan: / barcos o besos, / las aguas se estremecen”. Y más adelante: “Los navíos existen, y existe tu rostro / apoyado en el rostro de los navíos” (leámoslo en su idioma original: “Os navios existem, e existe e teu rosto / encostado ao rosto dos navios”). García Calvo dice saber que las locomotoras lloran: “Echa en las soledades / la locomotora / su sollozo, y no / se espanta por ello nadie”. Y Lorenzo Gomis las ha visto enfadadas: “el tren que llegaba enfadado de humo”.

Para Galeano, los trenes tienen brazos: “Y entonces, de los vagones brotan brazos, brazos que salen por las ventanillas o cuelgan desde los techos, y ayudan a trepar a los rezagados. Y esos brazos del tren no preguntan al que viene corriendo si es extranjero o nacido aquí”. Según Carrera Andrade, hay “trenes equilibristas / sobre los puentes afilados de la noche”. Y a Guillén le parece que se escapan: “Pasan huyendo los trenes. / Huyen de su violencia”. Machado se refiere al tren como “el jamelgo que montamos”. Y García Calvo sugiere algo parecido al escribir que viajaba “a lomo del tren”. Pero a José Luis Rivas siempre le ha parecido más bien una oruga: “Un tren cruzaba trepidando por el puente herrumbrado / como una oruga sobre la rama de un helecho”.

En la ciudad como su nombre intentaremos (aún no sabemos cómo) que el mar parezca un campo y en el campo floten los aviones. Aún no sabemos cómo, pero barcos, aviones y trenes ofrecerán un espectáculo que podrá verse desde muchos puntos. Nada de túneles en la ciudad. Nada de soterrar. Si estas instalaciones se acomodan al paisaje, incluso muchas veces con ventaja, qué no podrán hacer en la ciudad. Líneas de árboles subrayarán los recorridos, enmarcarán las vistas, tamizarán el horizonte. Los trenes, los barcos, los aviones llegan y se van. Y seguirán marchándose. Pero se llevarán con ellos, donde nosotros vayamos, la ciudad: “Más, cada vez más honda / conmigo vas, ciudad, / como un amor hundido, / irreparable / A veces ola y otra vez silencio” (Gil de Biedma, quién si no).

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