Detalles del post: Tensión (intrascendente/incandescente) en las calles

14.11.09


Tensión (intrascendente/incandescente) en las calles
Permalink por Saravia @ 23:40:46 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

14. Los juegos

Muchachos jugando en una calle de Baltimore (foto de Harry B. Leopold, 1920-1940, procedente de library.jhu.edu/about/news/exhibits/leopold.html)

Un barrio donde no quepa el juego es espacio fallido. ¿Se piensa, al hacer urbanismo, en que la gente ha de poder jugar con espontaneidad, sorpresa, libertad y cierta desmesura, en el espacio abierto de la gran ciudad? “El afán de juego es tan general como el hambre o la sed. Y en circunstancias, no menos apremiante” (F. J. J. Buytendijk, El juego y su significado, Madrid, Revista de Occidente, 1935). Por supuesto es así para niños y jóvenes. Pero también, aunque de otra manera, para cualquier persona ya de cierta edad. “¿No es el juego la auténtica vida y no entramos en un estado de imperfección y de incapacidad de perfección cuando dejamos de jugar?” (Paul Moor, El juego en la educación, Barcelona, Herder, 1981).

[Mas:]

El juego encierra un fondo poco conocido, aunque parece que fundamental. Sigamos con el viejo libro de Buytendijk: “Al contemplar el juego de un niño o un animal nos encontramos ante una puerta que conduce a u jardín desconocido. O mejor: es como la fachada iluminada de una vieja casa, llena de habitaciones y pasillos donde antaño hubo animada vida. O como si en la montaña nos asomamos a una barranca. En el fondo murmura algo: un arroyo, una vida escondida. Así es el prodigioso juego, banal, sencillo, de los seres vivos. Si nos asomamos al interior, vemos como una gran hondura”. Los fenómenos que designamos con la palabra juego son muy heterogéneos. Un grupo de perros “juega” en la plaza. Pero también decimos jugar a una serie de actividades, de niños o adultos, ordenadas según reglas: el tenis o el fútbol. E igualmente consideramos como tal a los juegos de cartas, de damas o de ajedrez. En cualquier caso, el juego parece tener algunas facetas comunes a todas sus versiones: espontaneidad, libertad, desmesura, plenitud, ausencia de miedo, juventud, vinculación a objeto, posibilidad de sorpresa, práctica agradable. “Se desarrolla en un espacio y un tiempo ficticios y paralelos a la vida real,(…) crea cierta tensión y tiende a una resolución (María José Martínez Vázquez de Parga, Juego, figuración, símbolo. El tablero de la oca, Madrid, 451 editores, 2008: un libro extraño donde los haya).

La idea de ligereza que acompaña al juego, “no sólo quiere decir `desatender lo serio de la vida´, sino también la propensión positiva hacia el riesgo y la aventura. Es igualmente afirmación de lo ligero, de lo dinámico, de la broma y de la alegría”. Una forma de enfrentarse a un mundo incomprensible y amenazante: “El juego es el sistema más conveniente de enfrentarse a un mundo-ruleta o un mundo-laberinto” (Alfredo Aracil, Juego y artificio. Autómatas y otras ficciones en la cultura del Renacimiento a la Ilustración, Madrid, Cátedra, 1998). “El origen del juego se encuentra en la conducta instintiva; pero se hace posible sólo cuando las coacciones instintivas se relajan. Este relajamiento se le garantiza al animal joven por el cuidado de la cría, y al hombre por la seguridad social. Es esta seguridad la que le proporciona el margen en el que tiene su sede la libertad”. Lo dice Gustav Bally (en El juego como expresión de libertad, FCE, México, 1964), quien continúa: “La eliminación de los sentimientos hostiles y de miedo constituye el supuesto del juego (…). El hombre, a través del juego, se muestra a la altura de la libertad; le asegura y le proporciona durabilidad”.

No sabemos muy bien para qué jugamos. Pero lo hacemos sin parar. Unos dicen que la finalidad del juego es el recreo (re-crear: Schaller). Otros que se trata de disipar el exceso de energía (Spencer). Alguno más piensa que el juego busca la catarsis, que en él ciertos impulsos preexistentes que pueden ser peligrosos obtienen una salida inocente (Groos). Claparède entiende que el juego persigue fines ficticios (es el paraíso del “como si”). Y para Kohnstamm el juego refuerza el sentimiento del yo. Quién sabe. En cualquier caso nos interesan, sobre todo, los aspectos de relación con el espacio. Porque en el juego se vive el espacio donde se desarrolla de una forma no habitual. Predomina lo “pático” (relativo tanto a la pasión como al padecimiento). “En ocasión del baile –de nuevo Buytendijk-, en su calidad de movimiento no orientado espacialmente ni limitado, pierde toda relación con los objetos, con distancias espaciales o temporales. Marchamos a través del espacio, bailamos en un espacio. Este espacio se halla unido a nosotros por el movimiento pático, pero no se enfrenta a nosotros”. La ausencia de miedo por el espacio, que es “una propiedad de la dinámica juvenil”, también caracteriza al lugar del juego. “El niño y el animal joven no conocen miedo espacial alguno, no sólo en razón de su ignorancia de los peligros, sino en razón de su unión más íntima con el espacio”.

Se dice que la afición al juego está muy influenciada por el clima y el ambiente, por la luz, el espacio, la superficie, la altura, que todos estos aspectos influyen en la extensión del juego. “También el adulto propende fácilmente al juego en una playa, en una pradera, en la montaña, en el agua”. Podríamos recordar lo que decía León Felipe sobre el juego: “El hombre es un niño laborioso y estúpido / que ha hecho del juego una sudorosa jornada. / Ha convertido el palo del tambor / en una azada, / y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo / se ha puesto a cavarla”. Por eso, para abrir la ciudad al juego, pensamos que deberían proponerse, conscientemente (pensando en el juego, queremos decir), espacios libres, abiertos, amplios, dispersos por toda la ciudad. Frontones, pistas y canchas regulares, pero también praderas y arenales, superficies abiertas, láminas de agua para el juego y el baño. Espacios verdes protegidos y seguros para el juego de los niños, que puedan recorrerlo con cierta libertad. Lugares visibles, atractivos, invitaciones permanentes a entrar en juego. Y también, por supuesto, boleras y billares, salas de baile, piscinas y locales dispuestos para el juego de cartas (esos antiguos clubs de ancianos, por ejemplo). En todo ello habrá que pensar.

En todo habrá que pensar, decimos, porque jugar es una de las necesidades que la ciudad debe atender. Y porque su cumplimiento está vinculado a la calidad urbana. Porque el juego acerca y anima. Pero también, por qué no, porque allí donde se desarrolla el juego, donde se despliega su movimiento y se aprecia su plenitud, “frecuente, pasa, tentadora, la Belleza”. Lo sugiere Luis Antonio de Villena en su poema sobre “La piscina”, pero lo reclama expresamente en el “Homenaje a Catulo de Verona”: “¿Qué extraño don es la Belleza? ¿Lo / sabe quien la tiene? ¿De dónde procede, / cómo surge, por qué es tan oscuro su / nacer, por qué tan diversos sus poseedores? / ¿En qué consiste su hechizo? ¿Y cómo / puede surgir en el denso olor de unos billares?”.

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