Detalles del post: Tan amable

28.11.09


Tan amable
Permalink por Saravia @ 14:48:46 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

40. El nuevo espacio

Terrenos de Villamuriel de Cerrato, Palencia, donde se va a construir una nueva área logística. Foto de MS, 20 de noviembre de 2009, al atardecer.

Jaime Sabines le decía: “Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo”; pero “ya ves; ¿quién podría quererte menos que yo, amor mío?” (en “Te quiero a las diez”). También es fácil que al diseñar un área urbana nueva no estemos atentos demasiado tiempo a la poética del lugar. Dedicamos la atención a las cuestiones técnicas, sociales, económicas, ecológicas, funcionales. Mas también, en medio del proceso, en ocasiones, nos ocupamos de esas otras “cosas” que despiertan “unas misteriosas sensaciones, que yo llamo poéticas, porque no hay otra palabra para nombrarlas” (Onetti). Y aunque intermite, también lo es, en esos momentos, a raudales. ¿Quién podría buscarte, poética urbana, ciudad nuestra, menos que nosotros?

[Mas:]

¿Qué podríamos señalar de la poética de esos momentos digamos creativos? Al menos cuatro cosas.

Lo primero, la entrega. La poesía es un acto de intensidad que “cumple una función exaltadora de la vida” (Brines). Porque aunque la sabemos a la vez bella e inútil, seguimos entregados a la vida (“cuán bella fue la vida y cuan inútil”: Cernuda). Nos consta que envejecer y morir “es el único argumento de la obra” (lo dijo tantas veces, eso o algo muy parecido, Gil de Biedma), pero por alguna razón que desconocemos queremos ganar altura. Y para tomar vuelo posiblemente sólo quepa entregarse: “Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así en cada lago la luna toda / brilla, porque alta vive” (Pessoa, en “Oda”, un poema recomendado por Saramago). Volcarse todo entero en la cesta del globo para ganar poética en la altura. Para ganar estilo propio, para atisbar un tema conveniente. Pues tanto el tema (el “contenido del contenido”) como el estilo (la “forma de la forma”) se mueven en el ámbito de la convicción: una forma diferente de racionalidad. Si ésta, para ser sensata, está relacionada con la experiencia, con el oficio, el tema y el estilo se mueven en el orden de la obsesión, en el ámbito de lo personal.

Es inevitable, hablando de la obsesión, de la “idea fija”, citar a Valery (La idea fija, 1932. Madrid, Visor, 1988); para quien “la clase de dolor que siente un pensamiento obsesionado” cultiva el pensamiento mismo. En cierta manera se perfecciona; se hace cada vez más sutil, más hábil, más poderoso incluso. Sabemos que ningún proyecto puede escapar a su singularidad, al caso único. Las peculiaridades del momento y del lugar lo marcan decisivamente. Pero también lo condicionan las personas irrepetibles que en él participan. Bastará un ejemplo conocido: el diseño de Bath por John Wood, el Viejo (1704-1754). Viejo, pero precoz: proyectó su Bath imperial con sólo 21 años. En el verano de 1725 ya tenía definido su esquema para el Royal Forum, Grand Circus e Imperial Gimnasium. Y ése fue el leit motiv de su actividad en la ciudad en los años que siguieron. En él desarrollaría Wood sus propias obsesiones. Y no le quedó mal.

Lo segundo, el reconocimiento (para ganar también profundidad). Aceptar de la tierra de buen grado, aunque ya no nos quiera, “el regalo fugaz de su hermosura” (Felipe Benítez Reyes). Reconocer y valorar esa “bóveda de laurel y un esplendor de helechos”, y otras ramas que acaban provocando “amables heridas en los brazos”. Esa pequeña presa donde el agua duerme “su sueño verde”. Esos árboles blancos junto al viejo molino. Esa humedad del suelo (verduras de las eras, rocío de los prados), los arroyos, las “islas de juguete”, los senderos estrechos y sombríos (Manuel Rivas, en “Trámite”: conviene leerlo). Lo que a veces sucede y hay que capturarlo (José Agustín Goytisolo, “A veces”). Ver todas esas cosas con la “mirada configuradora” que reclamaba Claudio Rodríguez. Intentar entenderlo de forma que pueda darse entonces “un orden, tan ficticio como suficiente, al mundo” (Brines).

Saber, en definitiva, “ver el paisaje”. Para lo que hemos de conocerlo de primera mano. Redefinir nuestra percepción en cada palmo de la tierra. Y pasarlo a un plano. Trasladar todo lo que sea posible a un plano propio. Comentó Stevenson que su libro La isla del tesoro surgió después de dar vueltas al mapa de una isla que él mismo había ido dibujando. Absorto en la contemplación de ese mapa vio cómo aparecían los futuros personajes de su libro. Con ese mismo mapa como guía pudo transitar con seguridad por el territorio imaginado. Y así pudo decir que "quien permanece fiel a su mapa, quien lo consulta frecuentemente y extrae de él su inspiración, cada día, a cada hora, encontrará en él una base de apoyo (...). La historia encuentra ahí sus raíces: crece en ese suelo y crea así una columna vertebral detrás de las palabras" (A la luz de la linterna, Valladolid, Cuatro ed., 2002). Algo parecido podemos decir del plano que proponemos de trabajo. El esfuerzo de dibujar la información y experiencia acumulada, lo que nos ha sugerido el lugar, etc., se demostrará particularmente útil. Un plano dibujado, intencionado, personalizado, con retoques sucesivos, que irá adquiriendo complejidad, y que no nos abandonará en todo el trayecto.

La novedad es lo tercero (para seguir los ciclos, volver a los veranos). Hacer algo para que la nueva ciudad, esa parte urbana que pronto se estrenará, huela a madera fresca: “Del hacha y de la lluvia fue creciendo / la ciudad maderera / recién cortada como / nueva estrella con gotas de resina” (Pablo Neruda, “El primer viaje”, Donde nace la lluvia). Que la ciudad en ese enclave se nos presente “nueva, como una novia no besada” (esta cita es de Borges, que también nos dice: “La ciudad está para mí como un poema / que aún no he logrado detener en palabras”: “Vanilocuencia”). Hablamos de la creación, de ser creativos en el proyecto. George Steiner, en sus Gramáticas de la creación, relaciona la creación con el acto de originar, idear algo por primera vez. Con los comienzos de una obra de arte, con la restauración de la vida que comporta siempre, la "libertad afirmada" en un momento, en una acción que exige soledad. La invención, en cambio, tendría que ver con el uso de un material existente, elementos previos que han de ser ensamblados, encajados. La invención reconoce la "soberanía de lo prefabricado", y se refiere con frecuencia a aquéllas cuestiones técnicas, sociales, económicas, ecológicas y funcionales de que hablábamos antes. El ars combinatoria señala su camino, porque todas las construcciones humanas son combinatorias: hasta el más grande de los poetas trabaja en y con medios lingüísticos preexistentes. En la creación, por el contrario, las soluciones son mendigos (así lo señala Steiner) comparadas con la riqueza del problema. Una creación que habrá de ser explicada, argumentada, narrada. Pero creación al fin.

Lo cuarto, la amabilidad (para recuperar el aire que sopló allí en los días felices). Una creatividad amable, respetuosa con el lugar, con la escala de las cosas. Con los usos de la gente. Que lo que allí se haga resulte al menos agradable. Sin demasiado protagonismo de las construcciones. Intentar un programa ciertamente leve, pero a la vez exigente: que podamos responder a quienes nos pregunten qué hemos hecho allí, en esa nueva zona, frente a los tremendos males del urbanismo actual con la modestia que sugería Camus (respecto a los males del mundo): “para empezar, no agravarlos”. Por eso nos conformaríamos, casi, con lograr un aire sosegado. El que decíamos de los días felices. “Toda operación poética consiste, a sabiendas o no, en un esfuerzo por perforar el túnel infinito de las rememoraciones (…) para situarlas de algún modo en el principio” (Valente). Aquel principio no será la arcadia. Pero sin duda tendrá una cara amable. Habrá que volver a hacer “ciudades olorosas a frutas” (Gerbasi). Con los pertrechos de un artesanado. Frente a cualquier tendencia mística o sacralizadora (tan frecuentes entre los arquitectos), “la actitud poética no es un sacerdocio sino un artesanado” (Guillermo Carnero). Definitivamente: so nice, tan amable.

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