Detalles del post: Lo que queda de la fábrica de Martí i Pol

28.11.09


Lo que queda de la fábrica de Martí i Pol
Permalink por Saravia @ 15:02:01 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

23. La fábrica

Trabajando en una maquila (imagen procedente de hondudiario.com)

No nos referimos, desde luego, al edificio donde trabajó el poeta catalán desde los 14 años; a lo que queda de las instalaciones de la textil La Blava, junto al Ter, en la comarca catalana de Osona (que, por cierto, ha sido recientemente comprada por el Ayuntamiento de Roda de Ter). Al encabezar el post con ese título, “Lo que queda de la fábrica de Martí i Pol”, queremos aludir a sus poemas, a lo que se mantiene de ese peculiar espacio de trabajo que late en sus dos libros de un mismo y contundente título: La fàbrica (el primero de 1959, el segundo de 1971).

[Mas:]

La fábrica de Miquel Martí i Pol era una textil. Y resulta tentador empezar trayendo a colación el cuadro de Velázquez “Las hilanderas”, recientemente analizado por Ignacio Gómez de Liaño (“Recorridos simbólicos”, en La variedad del mundo, Siruela, 2009). Según este autor la pintura representa un obrador mitológico donde la materia prima de que está hecho el mundo (“copos de lana no labrada”) va dando lugar a los distintos bienes “del mundo inferior”, en diversos procesos generativos “sometidos a la rueda” (las mutaciones cíclicas). Transformación de materias primas, producción, ruedas: o sea, la fábrica. Pero, más allá del mito, también viene enseguida al pensamiento la imagen actual de las maquiladoras mejicanas, donde no parece que hayan evolucionado mucho las condiciones de trabajo desde las fábricas de hace al menos un par de siglos. Podíamos incluso recordar los libros de Herta Müller, que también expresan la vida diaria en una fábrica en las décadas centrales del siglo pasado. O las últimas publicaciones de Richard Sennett sobre las transformaciones en el trabajo en el “nuevo capitalismo”.

Vamos a ceñirnos, sin embargo, a los poemas del autor catalán (donde, por cierto, nos será de gran utilidad el estudio del geógrafo Joan Tort, “El mundo de la fábrica en la poesía de Miquel Martí i Pol”, en Scripta Nova, agosto de 2002), que ofrecen una visión personal derivada de su experiencia directa del mundo de la fábrica. Que para él no era, y seguramente tampoco podía ser, un espacio agradable. No lo era, en primer lugar, por lo que ya sabemos del trabajo industrial: deshumanización, alienación, explotación, agotamiento. El trabajador soliviantado de su fábrica no tejerá con el mismo énfasis de aquellas hilanderas: “Con algodón egipcio / hilaremos angustia; / con algodón español / hilaremos paciencia; / con algodón americano / hilaremos prosperidad” (“Orden de fabricación”). Pero aunque el tajo sea duro, en la compañía bulle la solidaridad, la cooperación entre los trabajadores para su defensa común. Y un entramado de relaciones vitales, dentro y fuera de la fábrica. Porque el sufrimiento hermana. “Tenemos el miedo metido en el cuerpo”. Mucha gente “ignora que el mundo recomienza cada mañana”, y algunos movimientos cotidianos adquieren mayor significado en el entorno de la fábrica. El “gesto de envolverse con la bufanda / o bien de encender el primer / pitillo del día, / forman parte de algún solemnísimo rito / que vivifica la siempre remota / posibilidad de establecer la paz / entre los hombres de buena voluntad” (“La gente”).

El paisaje de la fábrica es singular, característico, inconfundible. “La sirena gorda y el reloj eléctrico de la portería (…). Los relojes eléctricos (…), los motores y las correas. / Las máquinas, el hilo, los fluorescentes (…).El ruido y los vidrios helados de las ventanas”. Los horarios, el pulso, la eficacia, la producción, el despótico ritmo. “Los horarios tan rígidos (…). No estamos nunca solos. Hay siempre gente; pero la gente no cuenta. / Lo que cuenta es el espacio que ocupan / y el ritmo sin tregua”. Los ritmos del interior fuerzan, por oposición, los de la calle. “A mediodía, / cuando salimos a la calle, / reencontramos la quietud perdida”. Y siempre “la presencia / lejana y mortecina de las máquinas / como música de fondo”. “La tarde de los domingos / llena a tope las dos salas / de cine del pueblo”. La gente, “al salir del cine, / tiene la mirada blanda y amortecida / como un niño cansado”. En verano, cuando “la fábrica es un avispero”, “añora la quietud de su casa, el cántaro / de agua fresca y la mecedora de linde (…), y el lento / paseo de cada tarde de domingo.” Habrá que trabajar “hasta que el último / toque de sirena os libere”.

Y tanto se extienden las pautas de la fábrica, que acaban alcanzando a toda la ciudad. “No hace falta que os preocupéis (…).La fábrica es un vientre enorme (…). La fábrica os resuelve todos los problemas / excepto el de la muerte, al menos por ahora”. “Vale más que lo sepáis bien pronto: / la fábrica limita consigo misma / por cualquier lado”. Y en efecto: las descripciones de ciudades-fábrica menudean en las décadas centrales del pasado siglo. “Oh ciudad toda tensa / de cables y de esfuerzos, / sonora toda / de motores y alas (…). Oh ciudad fuerte y múltiple, / hecha toda de hierro y de acero. / Los muelles. Las dársenas. / Las grúas. / Y la fiebre sexual / de las fábricas (subrayado suyo, MM). Oh ciudad / musical / hecha toda de ritmos mecánicos” (Manuel Maples). “Id conmigo a la fábrica-ciudad: venid, que quiero / contemplar con los pueblos las creaciones violentas, / la gestación del aire y el parto del acero, / el hijo de las manos y de las herramientas (…). “Fragor de acero herido, resoplidos brutales, / hierro latente, hierro candente, torturado, / trepidando, piafando, rodando en espirales, / en ruedas, en motores, caballo huracanado (…). “Una extensión de furias (…) Chimeneas de humo largo, sordo, grasiento (…). Hornos de fogonazos: perspectivas de lumbre (…). Laten motores como del agua poseídos, / hélices submarinas, martillos, campanarios, / correas, ejes, chapas. Y se oyen estallidos, / choques de terremotos, rumores planetarios” (Miguel Hernández, “El hombre acecha”).

¿Qué queda hoy de todo esto? Pensamos que demasiado todavía. Desde luego, en las fábricas de los llamados “países en desarrollo” la imagen no debe ser muy distinta a la dibujada por Martí i Pol. Pero incluso en los países ricos, donde se han modificado muchas de las pautas laborales, la tensión, inseguridad y desasosiego derivados del trabajo de buena parte de la población no suponen menos dolor que entonces, sino distinto. El canto a esa “ciudad musical” que acabamos de describir no se aleja demasiado, según creemos, del marketing empresarial y urbano que tantas veces hemos de oír en estos días. Por eso aún nos conmueve el sencillo deseo de Ángela Figuera Aymerich: “No quiero / que el labriego trabaje sin agua / que el marino navegue sin brújula, / que en la fábrica no haya azucenas, / que en la mina no vean la aurora, / que en la escuela no ría el maestro”. Se nos antoja, de tan inocente (azucenas en la fábrica), igualmente pertinente. Ojalá, para saberlo cumplir, “tengamos suerte, y encontremos todo lo que nos faltó ayer”.

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