Detalles del post: Nunca vemos, amigo, lo que no está profundamente oculto

13.12.09


Nunca vemos, amigo, lo que no está profundamente oculto
Permalink por Saravia @ 10:46:46 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

16. El monumento

Una imagen del Sahel (procedente de viajeaafrica.com, original de Vonbergen.net

Los monumentos son como los domingos. Se levantan para poner en valor las cercanías, los sábados, los viernes. Si hemos entendido correctamente los versos de Luis Antonio de Villena (en “Los monasterios más ocultos”), sirven en primer término para poder gozar profundamente de todo lo demás. Así las catedrales y las venecias, lo mismo que el desierto y la música de Wagner. “La perfección está justo antes de la perfección. / Igual que el placer y la dicha brotan, maravillosos, / la víspera del festivo. / Pues nunca vemos, amigo, lo que no está profundamente oculto”.

[Mas:]

De ahí que en la ciudad como su nombre levantemos monumentos, o los reconozcamos y cuidemos si ya se hubieran erigido. Los acogeremos de buen grado. Pero no como eje de la vida urbana, organizando el espacio y dándolo sentido. Sino como una sombra, la música callada de un contrabajo al fondo. Voluminosos, necesarios, pero muy pocas veces protagonistas. Y también pocas veces alegres.

Mas viene bien así. Porque si somos hábiles jugando con la sombra los monumentos nos pueden dar también cierta forma de paz. “Aquí encuentran la paz los hombres vivos, / paz de los odios, paz de los amores, / olvido dulce y largo, donde el cuerpo / fatigado se baña en tinieblas”. Aquí “la paz perdura postrada entre la sombra” (Cernuda, “Atardecer en la catedral”).

Y viene bien así. Porque en los monumentos se evidencia, en su sombría presencia, la resistencia inquietante al paso de los siglos. Guardan la huella de quienes los hicieron, pero también la “huella del eclipse lunar” (Ullán). Resisten, se oponen a la decadencia. “Tú, resistiendo, / como si fueses basa / columna, catedral, / como si fueses arco” (Bousoño). Apuntan, cuando son poderosos, al origen y al final del tiempo y del espacio. Y así a los monumentos, a las catedrales, que reposan “a la sombra de los siglos” (Cernuda, nuevamente) se les puede oír cómo “gimen de infinito” (Pedro Casariego).

Y viene bien que el monumento sea excesivo. O que lo haya sido alguna vez. Porque en sus lujos y en su demasía, en su exageración (de mármol o de estrofas: “mis estrofas serán tu monumento”, escribió Shakespeare), pone de manifiesto el acierto, la intuición de Góngora: “sin exageración no hay paisaje” (nuevamente Ullán). Orgullo sin sentido, por eso mismo se vuelven entrañables: “Te quiero, país tirado más abajo del mar, pez panza arriba, / pobre sombra de país, lleno de vientos, / de monumentos y estamentos, / de orgullo sin objeto” (Cortázar).

Y viene bien el monumento así, sombrío, viejo y excesivo, para cumplir esa función callada del domingo. “Sobre los monumentos de los dioses y héroes / el pastor pasa y silba y desvía los ojos” (Lamartine). Memoria inmemorial (“el tiempo anterior al génesis / se llamaba domingo”: Marin Sorescu), hecha de barro (“el pasado es la arena y el agua es el futuro”: Benjamín Prado), para poder reconocer la paz del prado o del racimo en el desierto cercano a Tombuctú.

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