Detalles del post: Casas destartaladas las estrellas

26.12.09


Casas destartaladas las estrellas
Permalink por Saravia @ 12:47:02 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

9. La casa

Una casa al comenzar la noche (imagen procedente de stockvault.net. Foto de Fabio Grande publicada el 11 de agosto de 2007)

“Sólo por su luz la casa es humana” (Bachelard, en La poética del espacio, México, FCE, 1965). Un poeta nos dice: “Veré vuestras casas como luciérnagas en el hueco de las colinas”. Otro considera a las casas que brillan en la noche “estrellas de hierba”. Uno más sugiere que la lámpara de una casa es una “estrella prisionera prendida en el hielo del instante”. Estas citas, recogidas por Bachelard, son expresivas. Las estrellas del cielo vienen, por medio de las casas, a habitar la tierra. En nuestro suelo nacen y brillan las estrellas. Y también se apagan.

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Veamos cómo son estas estrellas de la tierra. Según creemos, la casa, la luz de la casa, es signo de estabilidad y vitalidad, de personalidad, de lo privado y lo íntimo.

La casa es siempre imagen de resistencia, “un instrumento para afrontar el cosmos”. Frente al frío y la lluvia, frente a la tempestad, el viento o el huracán, la casa resiste. Abriga, da cobijo. Como una madre: “La casa se estrechó contra mí como una loba, y por momentos sentía su aroma descender maternalmente hasta mi corazón. Aquella noche fue verdaderamente mi madre” (Henri Bosco). Marco de tranquilidad, es preciso que dure. Las casas requieren y otorgan estabilidad. Una estabilidad de esfera propia: no ya la de los siglos, pero tampoco la escuálida de la década. Una estabilidad en cierto modo intergeneracional.

Las casas son elementos vivos. Mucho más que objetos, que cosas inanimadas. Aunque estuviesen en ruina, abandonadas o vacías, son signos de actividad. “Ciego, desesperado, / hasta que un punto brilla: / es una casa. / Estoy vivo de nuevo” (Neruda). Ornadas siempre, de una u otra forma, “tú sabes que las casas se enojan en seguida cuando las desnudas” (Séferis). Albergue de recuerdos (y por lo tanto en penumbra, resistiéndose a la descripción), lugar de sueños (“En tu casa / de piedra gris, tú duermes tu sueño en un costado / de la ciudad”: Storni). La casa protege al soñador y nos permite soñar en paz.

Es inevitable que la casa refleje la personalidad de sus moradores. En el espacio abierto “sólo la música de la sangre / asegura residencia”, escribió Pizarnik. Pero las casas interactúan con los habitantes: “Algunas casas aún esperan / en el umbral las voces, la sonrisa creciente / del morador que vuelve fatigado / del bullicio del día” (Dámaso Alonso). De ahí que algún poeta haya podido escribir: “¡Si supieras cuánto, cuánto / la casa y yo te queremos!” (Enrique Banch). Algunas que siguen las ordenanzas parecen educadas y serviciales (“casitas peinadas y limpias / como sirvientas educadas”: Jorge Carrera Andrade). Pero en su interior siempre hay plenitud: “La casa del pobre es como un sagrario. / En su interior lo eterno se cambia en alimento, / y al anochecer regresa suave / hacia sí, en un anchuroso círculo, / y se acoge en sí, lento, pleno de resonancias” (Rilke). Múltiple o sencilla, si cuenta con cuartos y pasillos, sótanos o buhardillas, los recuerdos encuentran refugios más caracterizados. Pero también tiene gran potencia expresiva la choza o la cabaña, el bohío. Al fin y al cabo, nos recordaba Baudelaire, los palacios, con todas sus estancias, pueden tener carencias de habitabilidad: en ellos “ya no hay rincones para la intimidad”.

La casa crea un mundo susceptible de cerrarse que contrapone, contrasta o sirve de contrapunto al del espacio público, por definición abierto. Alberga mundos privados. Pero nunca acaba de definirse completamente el ámbito de esa privacidad de cada uno. Como el vapor, se condensa o se extiende. Veamos esta cita de Georges Spyridaki: “Mi casa es diáfana, pero no de vidrio. Es más bien de la misma naturaleza que el vapor. Sus paredes se condensan y se relajan según mi deseo. A veces las estrecho en torno mío, como una armadura aislante (…). Pero otras, dejo que los muros de la casa se expandan en su espacio propio, que es la extensibilidad infinita”. Para Bachelard “la casa de Spytidaki respira. Es revestimiento de armadura y también se extiende hasta lo infinito. Huelga decir que vivimos en ella la seguridad y la aventura por turnos. Es celda y es mundo. La geometría se trasciende”.

Pero la casa es siempre y definitivamente intimidad. Espacio de intimidad con esas estrellas a las que, como dijimos antes, se parece. Su luz, es obvio, proviene de las vidas que allí arden. “Toda casa es un candelabro / donde las vidas de los hombres arden / como velas aisladas” (Borges). Arden, es cierto. Pero siempre en soledad. Pues en la casa finalmente rige la soledad. Leamos una vez más a Bachelard: “Por muy cósmica que se vuelva la casa solitaria iluminada siempre por la estrella de su lámpara, se impone siempre como soledad”. Por eso en “la ciudad como su nombre” no sólo las casas nos parecerán estrellas. También las estrellas, espectacularmente solitarias, serán entonces casas. Probablemente desvencijadas, quizá ruinosas. Pero habitables, con seguridad. Nuestra ciudad será amplia, muy amplia. Y en ella serán para nosotros, conforme al verso de Alfonsina Storni, “casas destartaladas las estrellas”.

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