Detalles del post: Ahora toca decir no

02.01.10


Ahora toca decir no
Permalink por Saravia @ 10:38:34 en Valladolid -> Bitácora: Plaza

Artículo publicado en la revista En taquilla (octubre de 2009)

La calla de Miguel Íscar, de Valladolid, el 8 de diciembre de 2009, por la tarde (Foto: MS).

Valladolid. La ciudad se mueve. Se transforma. Mucho o poco, mejor o peor. ¿Cómo valorarlo? Hay obras de pequeña escala, pero muy significativas, que te reclaman un inmediato: “perfecto”. Obras de urbanización que llevan al ensanchamiento de aceras o la disposición de “pavimento de botones” para servir de guía a los invidentes, por ejemplo, que también quieren que des rápidamente el sí. Hay obras casi ocultas, pero de enorme importancia para el funcionamiento de la ciudad, como la sustitución del colector de la margen izquierda del Pisuerga, que a quien estudia la ciudad a más largo plazo le dan buena impresión: se prevé el futuro, y parece que se atiende a actuaciones poco vistosas para la galería, poco rentables en popularidad, pero necesarias. Parece que actuamos responsablemente. Y de ahí un nuevo aplauso. Otras, desde luego, están a la vista y se inauguran con orgullo: paseos, plazas o equipamientos, aquí o allá. Otras actuaciones más están todos los días en los periódicos y ya se encargan en la prensa de jalearlas (quizá con alguna crítica, pero se ve que andamos, que actuamos): así las rondas, la transformación de la avenida de Salamanca o los nuevos aparcamientos. Y también, por último, están las grandes operaciones de planeamiento que, ahora sí, diseñan la ciudad del futuro: en este paquete deberían comentarse los famosos proyectos del Valladolid-Arena, o el de soterramiento, o la aprobación de las llamadas “áreas homogéneas” (¿quién no ha oído hablar de Valdechivillas?). Pues bien: ¿cómo evaluar el conjunto de estas operaciones?

[Mas:]

No es fácil hacerlo. Ni siquiera es fácil comparar la actual situación con la de otras ciudades u otras épocas, ya que las circunstancias no son homogéneas, ni en el espacio ni en el tiempo. Comparar Valladolid con Burgos o León, sin un análisis ponderado y bien documentado, no nos parece completamente legítimo, por cuanto Valladolid se ha aprovechado del efecto capitalidad, por ejemplo. Y respecto a otras épocas, ¿cómo medir el mérito de unos u otros, más allá de unas primeras impresiones que siempre benefician al último gestor? Qué bonito está Valladolid, se oye decir. Mas cómo no habría de estarlo, cuando en los últimos años ha entrado dinero en grandes cantidades. Todas las ciudades han mejorado, y es difícil comparar la gestión de unas u otras, cuando las dimensiones a considerar son muy numerosas. Y sin embargo, algunas veces hemos de tener una idea general y de conjunto de la marcha de la ciudad.

Es cierto que en la mayor parte de las ocasiones se tiende a calificar las actuaciones de uno u otro gobierno municipal en función de las simpatías ideológicas o personales; o tras un análisis selectivo, de algunas actuaciones concretas a las que damos importancia. Lo cual nos vale para las tertulias, cuando de esas valoraciones no se derivan consecuencias. Pero no es el caso de las críticas que puedan hacerse en foros públicos. No es el caso, por ejemplo, de la toma de postura de los medios, que cargan las tintas en uno u otro sentido y condicionan significativamente la opinión pública. Ni el caso, tampoco, de determinados ámbitos formativos, como la universidad, donde se espera más rigor en los comentarios. O, más grave aún, cuando se valoran algunas actuaciones en las ponencias técnicas o en las comisiones políticas, cuyos dictámenes y acuerdos no se agotan con las referencias al cumplimiento de la ley. Ahí entramos ya en un terreno sumamente peligroso. Repitamos, pues, la pregunta: ¿cómo tener una opinión general de la marcha de la ciudad, suficientemente contrastada, suficientemente segura, que nos permita responder adecuadamente?

Creo que habría que considerar tres cuestiones importantes. Por de pronto, un asunto crítico son las afecciones. Las decisiones que comprometen el futuro de la ciudad para muchos años han de mirarse con mucha precaución. Y más aún si la marcha atrás es tan complicada que ni siquiera parece una opción factible. No pueden, por tanto, meterse en el mismo saco las decisiones sobre la urbanización de algunas calles y las aprobaciones de planes para cientos de hectáreas, por ejemplo. Muchas calles se reurbanizan en veinte años. Pero Parquesol no lo mueve ya nadie. Poco sentido tendría en los años 70 mezclar la valoración de la urbanización de la plaza de Zorrilla con la aprobación del sector de Parquesol. En segundo lugar, debe saberse en manos de quién se deja la ciudad, a quién se la entregamos, y tomar posición en consecuencia. No es lo mismo un plan en el que queda el control del desarrollo en manos municipales que otro en el que el municipio se desentiende y las principales decisiones pasan a estar en manos de grandes operadores, que lógicamente buscarán su beneficio. En tercer lugar, es fundamental la atención a los temas sociales y de sostenibilidad, sobre los que es necesario ir construyendo una cultura mucho más exigente, para la ciudad del mañana. Se trata de elecciones críticas que juegan con el futuro de todos, como sabemos. Este tipo de cuestiones eclipsan, en mi opinión, el interés que puedan tener muchas de las obras concretas citadas en el primer párrafo.

¿Qué sentido tiene aplaudir la urbanización de Duque de la Victoria cuando se aprueban simultáneamente las áreas homogéneas? ¿De qué nos vale congratularnos de los autobuses a gas cuando estamos construyendo más aparcamientos rotatorios que en ninguna otra ciudad semejante, con lo que supone de impulso al tráfico rodado y rechazo de los presupuestos de sostenibilidad? ¿Para qué dedicarnos a apoyar operaciones como la rehabilitación de 1.000 viviendas en Rondilla cuando simultáneamente se está promoviendo suelo para 40.000 viviendas en las nuevas áreas, cuya población necesariamente habrá de llegar de la Rondilla y otros barrios de la misma época? ¿Por qué valorar el nuevo colector cuando habrá que recomponer el sistema de saneamiento al poner en marcha los cientos de hectáreas de las nuevas áreas urbanizables? Llegados a este punto hay que dejar los aplausos de lado y poner el acento en la crítica. Nos jugamos mucho y no conviene despistar. No. Definitivamente ahora toca decir no.

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