Detalles del post: 800 kilómetros bajo la superficie terrestre

09.01.10


800 kilómetros bajo la superficie terrestre
Permalink por Saravia @ 22:46:53 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

El continente de Pellucidar

Cueva de la Sibila en los volcánicos Campi Flegrei de Nápoles (imagen procedente de viatraveldesign.com)

Localización: El continente de Pellucidar, que visitó Tarzán, está situado a 800 km bajo la superficie de la Tierra. Descripción: Raro. Un territorio que nos resulta raro. Tiene la forma de una gran isla, rodeada de distintos mares, a la que se accede desde nuestro mundo a través de un túnel construido en el polo Norte. La percepción del espacio y del tiempo están allí muy distorsionados a nuestros ojos. El suelo parece curvado, pero no de forma convexa, como nuestros mares, sino cóncava, dando la impresión de encontrarnos en el fondo de un gran cuenco. La línea del horizonte es, por tanto, una curva ascendente a izquierda y derecha. Lo ilumina un gran sol que al parecer se encuentra en el centro mismo de la Tierra. No hay días ni noches, y todo está bañado en una perpetua luz. Su geografía es variada, con importantes sistemas montañosos (las Montañas de las Nubes, por ejemplo), comarcas (como la Selva de la Muerte, la Sombra Terrible, a la que oculta la luz un satélite del sol interior, y otras), algunos ríos, unas pocas ciudades (como Korsar), islas (Amiocap, Tandar, el archipiélago de Luana). La flora de las regiones cálidas parece tropical, y la fauna selvática o incluso prehistórica, muy peligrosa. Está poblado por seres más o menos parecidos a los humanos. Informador: Edgar Rice Burroughs, que escribió sobre este continente en media docena de libros. Los dos primeros están disponibles en la red: En el corazón de la tierra (original de 1914) y Pellucidar (de 1923). Tema: la fascinación de las cuevas subterráneas.

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Argumento. Muy simple. Los humanos que se adentran en ese mundo (David Innes, Perry, el mismo Tarzán de los monos) recorren parte del continente y describen lugares, animales y plantas con detalle. Les suceden muchas aventuras con las distintas tribus pellucidarianas, que les obligan a correr, luchar y participar en diversos horrores (hay esclavitud, torturas, canibalismo). La mayoría de los pobladores del continente se encuentran en la Edad de Piedra y viven en cuevas, aunque otros residen en unas pocas ciudades. Korsar, un puerto de pescadores y piratas que parece una pequeña población morisca, es la principal. Tiene casas de teja, y se ven en ella cúpulas y minaretes. En el centro está el Palacio del Cid. Curiosamente, todas las tribus hablan una lengua común, que los americanos que llegan hasta allí aprenden con gran facilidad.

Derivaciones. La literatura (y después el cine) sobre mundos subterráneos llenos de túneles y espacios claustrofóbicos es muy amplia. Algunas de esas historias son muy conocidas, como las de Julio Verne (Viaje al centro de la Tierra) o H. Rider Haggar (Las minas del rey Salomón). Otras, menos divulgadas, también tienen su interés, como The caves of steel, de Isaac Asimov; o la novela de James de Mille de 1888, titulada A Strange Manuscript Found in a Cooper Cylinder, donde se describe un país situado bajo la Antártida, llamado Kosekin. Este tipo de habitats aluden de alguna forma a los enclaves trogloditas y rupestres, tanto de la prehistoria como próximos (cuevas en Capadocia, Irán, Arizona, Malí, Andalucía y muchos otros países y regiones). Igualmente viene al caso la espeleología, que en origen es la ciencia de las cavidades subterráneas, y que también se considera deporte. En cualquier caso exige una notable capacidad de adaptación al medio oscuro. Porque la tensión del subsuelo es siempre elevada: el pánico a ser enterrado vivo, que han sabido explotar autores como Edgar Allan Poe o Hichkock, está siempre presente en aquellos ambientes. Y hay que citar algunos libros sobre los habitantes del subsuelo de las ciudades. El primero, las Memorias del subsuelo, de Dostoyesvski, ambientado en el San Petersburgo de 1864, donde relaciona las metáforas del subsuelo con la marginación y el peligro (“el hombre del subsuelo es capaz de permanecer silencioso en su cobijo durante cuarenta años; pero si sale del subsuelo, empieza a hablar, y ya no hay modo de detenerlo”). También Los Miserables, de Víctor Hugo (París, 1862). O también alguno más reciente, como el de la periodista Jennifer Toth, The Mole People: Life in the Tunnels Beneath New York City, que presenta la vida de un grupo de habitantes del subsuelo (hombres topo) de Nueva York de 1993.

Ejemplos. Pero nos interesan sobre todo los casos en que se han construido espacios urbanos de gran dimensión en el ámbito subterráneo. Con distintas finalidades (bodegas para guardar y criar el vino, por ejemplo), aunque generalmente de carácter defensivo. Las catacumbas de Roma son posiblemente la obra más conocida. Pero también hay que citar las construcciones subterráneas de Nápoles, París u Odessa. Los túneles de Guanajuato o Buenos Aires (con muy diversas interpretaciones). De hecho, las leyendas sobre túneles urbanos son innumerables y afectan a casi todas las ciudades. Hay, por tanto, una enorme tradición subterránea, desde tiempos lejanos.

Sigue vigente, por otra parte, cierta especialización de la arquitectura que también podía llevar la denominación de subterránea. Y desde luego, los trabajos de un urbanismo subterráneo, en todas sus vertientes: para infraestructuras (túneles, metros, grandes colectores, etc.), aparcamientos, nuevos equipamientos (ampliación de universidades, como la de Minnesota, con túneles entre los edificios; o de museos como el del Louvre, o incluso extensión de los cementerios), almacén, centros de investigación, búnkeres militares y refugios antiaéreos o nucleares. Nuevas áreas subterráneas incluso para el desarrollo de ámbitos residenciales, como la propuesta de Alice City, para el subsuelo de Tokio. (Las complejidades jurídicas de la ocupación urbanística del subterráneo ya se comentaron en un post anterior). En cualquier caso, como decíamos, el urbanismo subterráneo está en auge. No nos llevará al disparatado mundo de Pellucidar; pero sí a vivir bajo la permanente tensión e inquietud del subsuelo, del túnel, de la cueva. Que enseguida se relacionan con el infierno, la noche y la muerte. Giménez Frontín comenzaba un poema titulado “El artista y la ciudad” de esta forma: “Atrévete –me dijo-. /Desciende a los infiernos / por la boca de un túnel suburbano. / Ven a matar tus muertos. / Ven a hurgar las raíces / de este bosque de piedra”. Y más adelante: “Por mí conocerás todo afán en su noche /y efímeros dominios en tu propia memoria / -ciudadela de instintos soterrados”.

Opinión. El urbanismo subterráneo tiene futuro, sin duda. Pero no nos gusta (de esto tampoco hay duda). Más peligro, peor ambiente, jugar con fuego y no ver ni la luz del cielo ni las estrellas de la noche: ¿dónde está la gracia? Preferiríamos dejar a Pellucidar tranquilo e ignoto. Siempre ha fascinado el subsuelo, y sobre él se han desarrollado historias fantásticas. Si al afán de dominio y de jugar con el riesgo le añadimos las posibilidades económicas de extender hacia abajo el suelo urbano, aquella seducción se acrecienta aun más en los espíritus sensibles (al dinero y a las obras públicas). Con todo, seguimos preguntado. Si no eres un gusano, ¿realmente tiene gracia vivir bajo tierra?

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