Detalles del post: Estas casas de pisos, pisos, pisos

21.01.10


Estas casas de pisos, pisos, pisos
Permalink por Saravia @ 02:17:06 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

10. El bloque

Bloques de ladrillo (archivo imagen031ju4.jpg, cargado el 9 de abril de 2007 en img108.imageshack.us)

La palabra bloque trae con ella otras 22 palabras más: vecindad, vivienda, piso, ladrillo, medianera, portal, farola, bar, escalera, rellano, ascensor, estar, cocina, baño, pasillo, dormitorio, balcón, terraza, patio de luces, tendedero, noche. Y también perro. Veamos qué sugieren para entender mejor cada una de ellas algunos poetas.

[Mas:]

Bloque. Es un invasor del territorio: “A ruiseñores y olivos / los han barrido bloques de viviendas” (Séferis). E igualmente, más intensivo: “Justo donde la casa, el hormigón que gira / levantándose, las piedras / y el ladrillo obediente, estuvo, no hace mucho, / la selva” (Ángel García López). No es bienvenido en el campo. Vecindad. Colaboración y ayuda, es cierto. Pero también repetidas molestias, cierta violencia contenida. “El vecino de arriba se pasea todo el día / entre los muros de su encierro. / Cruje el edificio / con la violencia inútil de sus pasos. (…) / Lo más terrible es el lamento incesante; / muge, gime y aúlla / en un lenguaje incomprensible. / A veces pone música: / tambores que repiten la misma nota obsesiva. (…) / Estoy casi seguro: / el vecino de arriba es Segismundo” (José Emilio Pacheco). Vivienda. La poética de la vivienda mínima: “Esta humilde morada donde el alma insondable se repliega, / donde se inmola sus sombras / y se va” (Olga Orozco). Piso. Más poético aún que la vivienda, bosque de sueños y recuerdos: “Habla de cosas dulces y pequeñas, / de tu vida, tu casa, / tu piso, bosque umbroso de sueños y recuerdos, / -tú eres la cierva blanca en su espesura-“ (José Mª Valverde). Ladrillo. Siempre carnoso, reinante en el suburbio, tantas veces injuriado. José Mª Souvirón ha hablado alguna vez de “la rosada carne del ladrillo”. Carlos Barral, en alguna ocasión se refirió también al “reino del ladrillo”. Y Gil de Biedma escribió: “vuelvo a ver esquinas de ladrillo injuriado”. Medianera. Se dice del muro que está en medio de dos casas (o de sólo dos parcelas), pero también de quien intercede por otro. En Barcelona se decoran las medianeras con poemas (y Papasseit, por ejemplo, intercede por nosotros). Los ventanucos de reglamento suavizan la presión.

Portal. Lugar crítico (eternas despedidas): “Mi vida a cambio del fuego en un portal” (Jaime Siles). Farola. Guillén se refirió a las luces de la ciudad: “Estas casas de pisos, pisos, pisos (...) conformes / con su cielo resisten, ya tenues, las fachadas / en tantos vanos tan iluminadas”. Pero Tsvetáieva advertía expresamente sobre las farolas somnolientas: “Se duermen las farolas”. Y Joan Margarit nos entregaba una curiosa lectura de las farolas rotas: “Una farola rota y apagada. / Su cometido no es iluminar la acera, / sino ser ese poste / de hierro puesto en pie en la oscuridad”. Farolas rotas, contenedores quemados, donde “todo pierde su pobre misión”. Todo acaba siendo desperdicio, pero de nuestro afecto por ese paisaje deviene nuestra fuerza (algo parecido sigue diciendo Margarit): del dolor desordenado y frío. Bar. A Luis Hernández le gusta referirse a “la paz de los bares”. Y también son de él estos versos: “Yo vi en un bar un arco iris / Y la grandeza de la noche / próxima a cubrir el sol / con un abismo azul” (un arco iris visto desde un bar). Según cree Luis Antonio de Villena en cualquier bar podría encontrarse algún mundo perfecto: “En el rincón penúltimo de un bar de esos, sentados, / la espalda se acarician y se besan después, muy lentamente. / La historia que hay detrás no es difícil saberla. / Días con sol y trenes sin nombre hacia el futuro, / y el mundo (ya lo ves) erguido en realidad perfecta”.

Escalera. Está “llena de pequeños paréntesis” (García Montero). Rellano. Veamos lo que ha encontrado Jorge Teillier: “Un rayo de sol ha quedado encerrado / en el rellano de la escalera”. Ascensor. Sabemos que con frecuencia “el ascensor te reconoce” (Ángeles Mora). Pero otras veces la experiencia de subir en él puede resultar brusca: “Como un minero / que sale de un pozo, me subirá / desde el silencio de toda la casa, brusco, / el ronquido del ascensor. Me detendré a escuchar / el abofeteo de las puertas de metal” (Gabriel Ferrater). Estar. Un cuarto abierto a todo; también –naturalmente- a la tristeza: “Una tristeza insólita / me invade algunas tardes. / La de hoy es una de ellas. / En el sombrío cuarto de estar / triste, / permanezco a la espera / de que la luna certifique la defunción del día” (Ángel González). Cocina. Para esta dependencia, leamos a Neruda: “Qué generosa eres / con tu fuego / ferviente / en la cocina”. Por su parte, Martínez Sarrión se pone en la voz de una niña de siete años, que exclama, recordando, jubilosa: “qué tiempo en la cocina!”. Y Olvido García Valdés nos completa la imagen: “Juntas en la cocina sin apenas / hablar, un lugar no exclusivo / de mujeres, que sigue al parecer siendo / exclusivo (…). Nos enmarca este espacio / al que creemos ya no pertenecer. De ellos / el mundo y la sala grande, conversación / de lengua reductora, el chiste sexual, / la perspectiva hollada, cierto / poder, risas, el mundo. Al mundo / salgo que es único consuelo, campos / y árboles”. En la cocina generosidad y júbilo, pero también prisión. Baño. Manuel Padorno (en el poema “El baño”) nos cuenta su experiencia. Allí, “al final del día, y de la noche / voy a dejarme caer en la bañera”. El cansancio es total. Por eso “me sumerjo. por entero. / Caigo desde lo alto del cansancio / hasta dejarlo desaguar, allí”.

Pasillo. Un espacio extraño: “Yo andaré insomne por algún pasillo careciendo de ti toda la noche” (Félix Grande). “O un eterno pasillo sin ventanas” (María Cinta Montagut). Vinculado a recuerdos oscuros: “Si en los lóbregos pasillos / del recuerdo torno a verte” (José Mª Valverde insiste en esta misma idea en varios poemas). Blanca Andreu también escribe sobre los “pasillos de la memoria”. Y Goya Gutiérrez los ve como animales pulposos que “extienden sus largos tentáculos a orillas del breve reposo”. Dormitorio. Margarit, una vez más, en el poema “Dormitorio”: “Desde la habitación se pueden ver / las sombras del laurel sobre los muros” (y en ese punto, desde esas vistas, reflexiona sobre la vida, el amor y la muerte). Para García Valdés es aún más sencillo: “Un dormitorio, un nido”. Balcón. José Mª Valverde recordaba “el balcón donde ves pasar las nubes”. Porque por los balcones puede llegar el cielo. Pureza Canelo los ve como reflejo de quienes los habitan: “mi balcón abierto, mi blusa, mi ventana”. Por eso reverberan: “estas calles donde a veces los vidrios de los balcones reverberan” (Gimferrer). Terraza. Aquí se da, con mayor fuerza, el juego del adentro y el afuera, la brisa y el calor de casa. Oigamos a Brines: “Saliste a la terraza / pensando que la brisa de la noche / podría devolverte al que eres siempre. / Mas la tibieza que en tu cuarto había / era un ámbito, allí, bajo la calma / de alejadas estrellas”. Sánchez Robayna la ve como espacio de quietud: “En la terraza del sol quieto y vacío una hoja dibuja su sombra y ésta le devuelve su presencia”. Y Jenaro Talens lo subraya: “Esta lenta penumbra con que muere noviembre / se posa en la terraza, junto a la enredadera”.

Patio de luces. El patio no es la calle, y las relaciones visuales tienen su propia historia: “Siempre por el patio asomas / a buscar el rostro de alguien” (Teillier). “En seguida ¡plaf! los curiosos, como les llama ella, se asoman a la ventana de enfrente, del patio. Los curiosos. / Algo así como los ovnis, los curiosos” (Leopoldo Mª Panero). Tendedero. Así ve Octavio Paz esa ropa tendida que aletea: “ropa tendida, fantasma inocuo que el viento echa a volar”. Noche. Enfadado, Claudio Rodríguez (“Noche en el barrio”) reclama a la noche que por fin actúe: que denuncie “la agria pobreza bronca / de este bloque en silencio que está casi / en el campo y aloja / viva siembra vibrante”. Quiere que actúe ya: “Acusa. Y que la casta, / la hombría de alta cal, los sueños, la obra, / el armazón desnudo de la vida / se crispen…” Que entre en el barrio “enloquecida de justicia”. Perro. Los perros completan la imagen del bloque. Y deberían gustarnos. Efraín Bartolomé se pregunta qué puede hacer a los perros hermosos y agradable el tono melancólico del barrio. Contesta: tu mirada. “Éste es el canto de tu mirada que hace danzar los árboles / que hace hermosos a los perros y al aire triste de la ciudad”. Recordémoslo, si nos es necesario, pues “soy de la opinión –nos dice King, el perro que nos habla desde Una historia de la calle, de John Berger- de que un recuerdo agradable protege la herida más que hurgar en ella”.

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