Detalles del post: El arquitecto unidimensional

04.02.10


El arquitecto unidimensional
Permalink por Saravia @ 01:04:11 en Lugares imaginarios -> Bitácora: Mundos

Qué bonito es Linealandia

Imagen de la U.S. 78 (Bankhead Highway), en la salida 153 (foto de 2005, procedente de southeastroads.com)

Localización: No está clara. Existir existe, pero ¿dónde exactamente? Descripción: Linealandia es un país que, como su propio nombre indica (gracias, bautizador), sólo tiene una dimensión. Es una línea recta, y por tanto su horizonte se reduce a un punto. Aunque la tentación es fuerte, no debería confundirse con la madrileña “ciudad lineal”. Informador: Firmó con el seudónimo A. Square, pero el nombre real de nuestro informador era Edwin Abbott Abbott (sus padres eran primos), quien dio cuenta de este lugar en Flatland (Nueva York, 1884; hay edición reciente en castellano: Planilandia: una novela de muchas dimensiones; ver caps. 13 y 14). Tema: el pensamiento unidimensional.

[Mas:]

Argumento. En Flatland se cuentan las aventuras de un cuadrado (sí: el firmante A. Square) al visitar Lineland y Spaceland. Realmente Abbott, matemático y teólogo (vaya mezcla) pretendía explicar y difundir nociones de geometría. Pero ya de paso también se dedicó a la sátira social del fin de siglo inglés del XIX. La vida en Linealandia es singular. Se valora mucho la vecindad: "Como cada individuo ocupaba el total del, digamos, estrecho sendero que constituía su universo, y nadie podía moverse hacia la derecha o la izquierda para dejar paso a los transeúntes, resultaba que ningún linealandés podía pasar a otro. Una vez vecinos, vecinos para siempre. Entre ellos la vecindad era como el matrimonio entre nosotros. Los vecinos siguen siéndolo hasta que la muerte los separa".

Derivaciones. En 1969 Herbert Marcuse publicó El hombre unidimensional (Barcelona, Ariel, 1970; or. de 1955), donde se denunciaba el carácter represivo de la sociedad (y, por extensión, de la ciudad) contemporánea. Señala los excesos de propaganda que crean nuevas necesidades, “falsas necesidades”, la utilización de la psicología y la sociología al servicio del poder, las miserias de la sociedad del bienestar (la unión “del Estado de Bienestar y el Estado de Guerra”), que reduce a las personas a una sola dimensión, “alienado en una sociedad que no conoce otros valores que la eficacia y el poder” (Miguel Siguán). La técnica, que nace de la voluntad de poder, nos permite dominar a la naturaleza, pero “a base de reducir toda la realidad a una sola dimensión: la cantidad”. Una sola filosofía (el positivismo) y una sola verdad (la científica). “La bondad y la belleza dejan de tener relación con la verdad y desaparece toda idea de finalidad en la interpretación de la realidad. Así, la realidad, y con ella el hombre, son plenamente analizables, pero dejan de tener sentido”. Los que han quedado al margen del sistema –los desheredados- son los que mejor advierten su injusticia. Pero “aquellos cuya vida es el infierno de la sociedad opulenta son mantenidos a raya con una brutalidad que revive las prácticas medievales y modernas”.

Ejemplos. En lugar de buscar propuestas urbanas unidimensionales, el problema reside, más bien, en encontrar alguna que no lo sea. Los proyectos urbanos que persiguen la rentabilidad (la “cantidad”), de los que se valora su eficacia y se acomodan al poder, sólo pueden entenderse como bellos o buenos de acuerdo con las pautas de bondad y belleza que aquella misma rentabilidad propugna y extiende. ¿Es buena y bella esta estación?

Opinión. Marcuse escribió sobre “la liberación de la sociedad opulenta” (Ensayos sobre política y cultura, Barcelona, Ariel, 1970), proponiendo el surgimiento de una realidad transformada a partir “de la sensibilidad y la sensualidad, la imaginación creadora y el juego”. Actuarían como fuerzas de transformación, y “como tales dirigirían, por ejemplo, la reconstrucción total de nuestras ciudades y del campo; la restauración de la naturaleza tras la eliminación de la violencia (…), la creación de espacio interior y exterior para la esfera privada, la autonomía individual, la tranquilidad; la eliminación del estrépito, de los auditorios esclavos, de la compañía forzada, de la polución, de la fealdad”. Advertía (“nunca lo repetiré bastante”, insistía) de que no se trataba “de exigencias románticas o snobs”. Más aún: “Creo que solamente en un universo así puede ser el hombre verdaderamente libre y se pueden establecer relaciones auténticamente humanas entre seres libres”. No está mal este programa. Aunque habría que superar la condición unidimensional que antes nos señalaba el mismo autor, el culto a la cantidad, la técnica y la eficacia.

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