Detalles del post: Andarín y delgado

09.02.10


Andarín y delgado
Permalink por Saravia @ 01:38:04 en Una ciudad como su nombre -> Bitácora: Mundos

3. La senda, el camino

Sendero del Jabuguillo, próximo al río Múrtiga, cerca de Jabugo, Huelva (imagen procedente de zinaztli.blogspot.com)

Las sendas están ahora refugiadas en los parques, y lo demás es carretera o calle. O caminos técnicos. Pero antaño, allá en el origen, la senda era la salvación. El camino tradicional, “andarín y delgado” (Pedro Leandro Ipuche), trazado sin velocidad, que atravesaba los bosques, subía las montañas, conectaba el mundo, los lugares, los pueblos y los mares, es una especie en extinción. Mas en nuestra ciudad (como su nombre) lo conservaremos. Guardaremos ese camino que nos aproxima, ese “camino secreto que iba acercando tus pies a los míos” (Neruda).

[Mas:]

Mantendremos cualquier sendero que invite a andar. A emprender la marcha. “Ancho camino para la partida, / para el regreso, súbita calleja” (Horacio Rega). Al fin y al cabo, caminar y camino se complementan: “Cada vez que camino, mis caderas mecen la cuna del mundo” (Carmen González Huguet). Pero la pretensión de andar no tiene grandes exigencias, tan sólo marcar una dirección, evitar obstáculos y suavizar el recorrido. Y poco más.

Conservaremos los caminos que resultan sugerentes. Especialmente porque proponen soledad: “Oh los gozos profundos, los inviolados gozos, / Agua de soledad / Que guardan los caminos!” (Jacobo Fijman). Porque, en mayor grado que las calles, se embeben del cielo: “los caminos son temblores de dicha / bajo la llamarada azul de tanto cielo” (Norah Lange). Porque la tierra entera vibra en su discurso: “Que el pie caminante siente / la integridad del planeta” (Guillén, en “Perfección”). Protegeremos, de alguna forma (abriendo de alguna forma el territorio), la facultad de trazar esos caminos que parecen personales, propios, que semejan “sendas nunca usadas” (Cervantes), que “se hacen al andar” (Machado), que están “siempre en los pies empezando” (Leopoldo Mª Panero).

Conservaremos todas las bifurcaciones, consustanciales al camino y al sendero. “No esperes que el rigor de tu camino, que tercamente se bifurca en otro, tendrá fin” (Borges). Retendremos esa forma de sierpe tan habitual. Y su naturaleza lenta (“el agua lenta el camino lento”: Carlos Moro). Y su condición alargada (“el camino se alarga, como el miedo a estar vivo”: Carlos Sahagún). Evitaremos que desaparezca o se desvirtúe ningún camino, tanto los vertebrados (estructurados en el sistema viario) como los invertebrados (“en el duro camino invertebrado caminaban descalzos los sentidos”: Nicolás Guillén).

Defenderemos algunos signos menores que habitualmente le acompañan. La “endiablada lealtad de amapolas” (Pedro Casariego), la arena que lo constituye (la “arena fina bajo mi pie cansado”: Foppa), la ausencia de luminarias (sólo la luz de la luna, cuando proceda). Algunas piedras, algunas flores, bastantes árboles (“árboles del camino y árboles del idioma, compañeros seguros de una ardiente jornada”: David Escobar). Protegeremos “la senda amiga” (Rosalía de Castro) como metáfora de la vida. Extremaremos el cuidado para mantener “la presencia del camino en la luz de la mirada” (José Mª Valverde).

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